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Chuck Berry: El más grande de los clásicos del rock and roll

Chuck Berry: El más grande de los clásicos del rock and roll

La despedida a una figura que influyó a todo un género
Jueves 23 Marzo, 2017
Chuck Berry: El más grande de los clásicos del rock and roll

Chuck Berry es -tal vez por fallo fotográfico, convengamos- el más grande de los clásicos del rock and roll. ¿Por qué? ¿Por una dedicación que llegó a rayar en lo absurdo del freak? Es cierto que no fue sino hasta hace muy poco -y no por mucho dinero tal vez- que el viejo Chuck seguía aplanando carreteras para seguir tocando un poco más del viejo y querido rock’ n roll, estilo musical -su propia canción- que ayudo a definir en varios sentidos. Este 2017 nos toca despedirlo, con 90 años en el cuerpo de los cuales más de 60 fueron dedicados profesionalmente al mundo del entretenimiento. Lo cierto es que Chuck Berry fue un evento cultural tan impresionante como extraño, un triunfo magnífico y totalmente pertinente al que a partir de ahora denominaremos “tradición épica-heroica-a-la-…Chuck Berry”.

No se habla de él tan sólo como el más grande de los del rock and roll, se trata de que aquí no hubo nada ni nadie como él. A menos que de alguna manera podemos revisar el concepto del “gran artista” para que Chuck Berry quede en igualdad de términos con Beethoven por ejemplo. Como rezan los evangelios según Chuck: “Cuéntenle de las novedades a Tchaikovsky, el rock ’n roll ha llegado para arrollar incluso al buen Ludwig Van”.

Tal como en el caso de The Beatles, la grandeza de Chuck no se mide únicamente en la profundidad u originalidad de su trabajo. En rigor su gran obra no es tan abundante, más bien un respetable par de docenas de canciones que tienen la gracia de mezclar dos tradiciones intrínsecamente relacionadas, el blues y country. Aunque en algunos aspectos, el rock’ n roll de Chuck Berry es aún más simple y básico que sus componentes, su sencillez (y hasta vulgaridad) son defendibles en los términos más artísticos del llamado “arte”. El valor de sus creaciones es la riqueza de su relación -activa- con el público. Una relación compleja que cambia cada vez para quien la escucha en un diferente contexto social. Una relación que muchos han articulado con la reveladora sentencia “Mi rock’n roll y yo”. Así de definitorio.

It’s a long way to the top (if you wanna...)

Chuck Berry nació en una familia de clase media de color en St. Louis en 1926. Fue tan ambicioso y desmedido que terminó en el reformatorio, luego se hizo de un título en peluquería y cosmetología antes de dedicarse a trabajar de tiempo completo en una fábrica de automóviles. Sin embargo, su motivación persistió. En 1953, aun trabajando como esteticista, ya lideraba un grupo de blues que tocaba casi todos los fines de semana, donde y cuando se podía. Su truco era cantar el blues con influencias country proveyendo sus melodías con letras cercanas a una narrativa casi humorística. Aquello no era muy común en la música negra, aunque Louis Jordan, un héroe de Chuck, había estado haciendo algo parecido frente a público blanco durante un tiempo ya.

En 1955 Berry grabó dos canciones, ‘Wee Wee Hours’, un blues al que él y su pianista Johnny Johnson le tenían harta fe y una canción country adaptada llamada ‘Ida Red’. Viajó a Chicago y conoció a Muddy Waters, que a su vez lo refirió a Leonard Chess, de ahí su relación con Chess Records. Al empresario le gustó ‘Wee Wee Hours’, pero alucinó con ‘Ida Red’, que fue re-bautizada como ‘Maybellene’, por el nombre comercial de un producto para el cabello. Fue la misma canción que luego envió al DJ y productor radial Alan Freed quien -aparte de misteriosamente quedarse con el 25 por ciento del crédito de composición- pinchó ‘Maybellene’ al punto del cansancio y por tanto al de convertirla en uno de los primeros éxitos de rock and roll a nivel nacional.

El dilema, ser o no ser

Este es el momento clave: un músico de blues llega a un sello de blues para promover una canción de blues pensando en su público racial. Al artista le gusta ‘Wee Wee Hours’ pero el dueño de la compañía grabadora decide que quiere ir por la otra, la novedad: la del gran ritmo y de narrativa liviana, la de escapar, de los autos y del amor joven. Luego el ejecutivo disquero cede una cuarta parte de la propiedad creativa del cantante para regalársela al gerente de la oscura payola (pagar por tocar) que convierte la canción en un éxito comercial y al mismo tiempo deja al artista en un dilema. ¿Se aferra a su arte, renunciando así al primer reconocimiento real que ha tenido alguna vez, o sigue de ahí alentando el gusto popular?

La pregunta es odiosa en todo caso y llama a engaño. ‘Ida Red’ es creación de Chuck Berry tanto como lo era ‘Wee Wee Hours’, que en retrospectiva suena hasta poco inspirada. Tal vez el problema de la integridad de la música de género negro fue por otro lado. Quizás Johnny Johnson -a quien muchos creen que Chuck terminó dedicándole ‘Johnny B Goode’- tenía miedo de que las innovaciones de ‘Ida Red’ (las líneas de guitarra country adaptadas al estilo blues, con el incesante legato de su propio piano añadido al constante quehacer rítmico del back-beat) eran una cosa demasiado desaforada para vender algo.

Lo que ocurrió en cambio fue que el limitado pero brillante vocabulario de riffs y floreos de guitarra de Chuck Berry se convirtió rápidamente en el epítome del rock and roll. En última instancia, todos los grandes grupos de guitarras blancas y principalmente británicas de los primeros años sesenta, imitaban el estilo de Berry y de pasada la técnica de piano de Johnson. Tanto así que puede ser dicho que guitarristas como Keith Richards y George Harrison aprendieron a tocar a distancia trasatlántica sin que Chuck Berry si quiera se enterara.

The Blues had a baby and they named it rock & roll

La evidencia es que Chuck no era bluesman en lo absoluto y su audiencia lo entendería mejor que los músicos mismos. La apuesta de este Leonard Chess, capo del blues de Chicago, funcionó simplemente porque hizo como deben hacer los hombres de negocios: plantear la ecuación entre valor y penetración, abrazando de lleno la nueva música y asegurándose de que recibiera la exposición suficiente para que todos los demás también pudieran escucharla.

Chuck Berry no estaba atormentado por el tema del compromiso artístico. Un buen blues podía vender diez mil copias, y un hit R&B podría llegar a cientos de miles, pero ‘Maybellene’ rompió la barrera del millón y Berry había logrado un arrastre en el público blanco y el sólido futuro musical y financiero que avizoraba no había diluido en absoluto su genio primal. Por el contrario, esa era su buena estrella, nunca se habría escrito esta historia, ni prefigurado la épica de ‘Johnny B Goode’ si Chuck no hubiera explorado en primer lugar su relación con el mundo blanco.

Berry fue el primer intérprete de música blues que hizo propios los trucos de guitarra que los “innovadores” del country-western habían tomado de los mismos negros. Al añadir el tono de blues a la velocidad de aquellas figuras de country y a su vez contenerlas en un beat R&B, creó un estilo instrumental con atractivo suficiente para superar el tema de la raza. Los acordes de la guitarra solo enfatizaban el ritmo mientras que una voz de tono hasta insolente, reconociblemente afroamericana en acento, se mantenía alejada del sufrido cantar de inflexiones blues gospel.

Si hubo detractores en aquel entonces eran los que se quejaban de lo repetitivo del estilo, pero eso es no entender el punto crucial. La repetición que no agota es la columna vertebral del rock and roll y los componentes de la música de Berry son tan duraderos que todavía provocan entusiasmo instantáneo casi 60 años después. Si bien es cierto la repetición instrumental existía esta fue contrapesada por una riqueza lingüística sin precedentes y prácticamente no igualada hasta que el hip hop entrara en escena en la década de los ochenta.

It’s only Rock ’n Roll...

A pesar de que acuñó  muchas canciones que tuvieron relativa repercusión, Chuck Berry solo compuso tres singles de categoría Billboard en los cincuenta: ‘Rock and Roll Music’, ‘Sweet Little Sixteen’ y ‘Johnny B. Goode’ y cada uno resultó ser la proyección del asertivo, optimista y simplón “Chuck modo rock-n-rollero On”. Para estos artistas la audiencia puede ser como una droga, tan solo un poco de ese adictivo estímulo es tan bueno, que suponen que mucho de lo mismo sería aún mejor y para Chuck Berry, el anhelo de una popularidad abrumadora resultó ser un tanto peligrosa.

Pero su búsqueda del mercado era también un acercamiento con su público, con quien parecía tener una relación instintiva, notable en un negro de treinta y tantos años. Porque también hay una lectura en el que el artista popular es una droga para el público y la industria también tiene que saber cuánta de esa esencia vital puede administrar en cierto momento en la, llamemos, psiquis americana. Berry fue capaz de excursiones tan profundas en el segmento adolescente  que logró transmitir un valor estadounidense crucial: la revuelta teen debía sonar como pura y franca diversión, ese era en definitiva el único valor practicable en la utopía del sueño americano. Debido a que la música negra siempre había prosperado en la exuberancia esta se convirtió en el vehículo perfecto para la rebelión adolescente. Los músicos negros, sin embargo, nunca habían sido capaces de tanto optimismo tanto cultural como personal.

Hacia finales de 1959, la divertida revuelta se acabó

Chuck Berry se implicó en un oscuro asunto con una prostituta apache que trabajaba en su discoteca de St. Louis por lo que fue acusado bajo la Ley Mann, razón por la que después de dos juicios, el primero descaradamente racista, fue condenado a dos años de presidio. Cuando salió, en febrero de 1964 The Beatles, The Beach Boys y The Rolling Stones le habían rendido un tributo tan explícito y apropiado que su carrera probablemente estaba en mejor pie que antes de su condena, pero lamentablemente no pudo volver a capitalizar del todo. No hacía falta, el daño estaba hecho.

Back to The Future

Una canción como ‘You Never Can Tell’ -que conocimos por formar parte del film “Pulp Fiction” a mediados de los noventa- viene resonando directamente desde aquel pasado lejano, del verano de los Beatles de 1964, año en que los ingleses que habían ya previamente grabado ‘Rock n Roll Music’ y ‘Roll Over Beethoven’ coincidieron con Chuck no solo en persona, sino en las listas de popularidad. The Beatles haciendo su entrada en grande, Chuck Berry, de salida por la puerta trasera, habiendo en una década hecho todo lo que había que hacer. Una tarea sobrehumana.

De eso se trató la historia de su vida en este último medio siglo. El ícono del forajido en tour, un tipo de malas pulgas, disparando sus balas de plata a diestra y siniestra. Un espectáculo feroz. Nada menos, nada más.

Alfredo Lewin

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