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Andrew Wood: el primer mito del grunge

Andrew Wood: el primer mito del grunge

Los avatares de “Apple”, un disco fundacional
Miércoles 19 Julio, 2017
Andrew Wood: el primer mito del grunge

Principios de 1990. Nirvana no existía en los términos que existió después. El grunge era apenas un concepto que se repetía como fetiche entre críticos ilusionados con un poco de “rock de verdad”, entre tantos sintetizadores y rockstars más preocupados por las groupies y la peluquería, que por remover los cimientos emocionales de la sociedad con letras flagelantes y un sonido denso. En ese contexto, la atención estaba puesta desde hace un tiempo en lo que estaba sucediendo en Seattle, ciudad costera del extremo noroeste de los Estados Unidos, famosa por su clima siempre lluvioso, sus bosques tupidos y deprimentes, sus cafeterías, y por la Space Needle, una torre futurista que cumple cierta función totémica-urbana.

Salvo Jimi Hendrix (que igual tuvo que emigrar a Inglaterra para tener éxito y ser reconocido), nadie realmente famoso en el rock había surgido de aquella ciudad. Hasta Andrew Wood, el mayor mito después de Kurt Cobain. “Fue una estrella de rock desde que nació. La única verdadera estrella de rock que alguna vez conocí”, comentó en una ocasión Chris Cornell, amigo de juventud de Wood, con el cual compartió habitación a fines de los 80.

“La pérdida de la inocencia no fue cuando se pegó un tiro Cobain, sino unos años antes, cuando perdimos por una sobredosis a Andy. Hasta ese momento, la vida había sido bastante buena con nosotros. Habíamos logrado generar esta escena en Seattle alentada por la sana competencia y la camaradería entre bandas. Hacíamos música con mucha libertad y frescura. Y Andy era como una gran luz sobre todos”, profundiza el fallecido cantante de Soundgarden, que mira hacia la cámara y se queda en silencio. La cita es del documental “Malfunkshun, la historia de Andrew Wood”, material que reconstruye su vida y su obra. Dirigido por Scot Barbour, fue estrenado en festivales en 2005, pero lanzado formalmente en 2011, debido a disputas legales. Y en él, se puede vislumbrar el potencial de un frontman completamente distinto al prototipo grunge: su apariencia y su voz se asemejaban más a otro tipo de cantantes, como Freddie Mercury y Marc Bolan.

Wood estaba predestinado a ser una estrella de rock. Lo fue por un tiempo. Pero su adicción a la heroína pudo más. El 16 de marzo de 1990 fue encontrado inconsciente en su cama, y a pesar de los esfuerzos por reanimarlo, fue declarado muerto tres días después. Tenía 24 años. Jamás pudo ver las repercusiones de su trabajo, que se editaría cuatro meses después.

Por sobre figuras que ciertos medios han establecidos como “padrinos del grunge”, como Neil Young, Pixies, Melvins y hasta Sonic Youth y Meat Puppets, fue Andrew Wood el genuino patriarca del árbol genealógico del grunge. Tras la silenciosa disolución de Malfunkshun en 1988, se reunió con dos miembros de otro proyecto diluido de la escena underground de Seattle: Green River, otra leyenda del grunge. Los aludidos fueron el guitarrista Stone Gossard y el bajista Jeff Ament, que junto al baterista Greg Gilmore (de Skin Yard) y al segunda guitarra, Bruce Fairweather, forman Mother Love Bone, una banda de espíritu glam que, curiosamente, influyó más en pleno caos del impacto grunge. En el punto medio entre el destellante rock de los 80 y la explosión alternativa de los 90. Luego de 'Shine', un EP que generó cierto ruido, la banda lanza su debut “Apple”, estando ya disueltos por la muerte de Wood.

Aquel disco se transformó en el testimonio de una efímera carrera. Fue lanzado al mercado el 19 de julio en el primer lustro de los 90. Un debut sólido, con himnos intensos, que junto a baladas como ‘Man of Golden Words’, ‘Gentle Groove’ y la eterna ‘Crown of Thorns’, forman parte de los momentos más inspirados de la novata banda de Seattle. La riqueza de este disco es que el quinteto combina sus influencias. Tiene cosas del blues a lo Led Zeppelin, como la guitarra acústica impulsada en ‘Stargazer’ como gran homenaje a los ingleses, y con Wood emulando la bravura vocal de Robert Plant. Tiene el carisma glam, sin la pompa de dudosa calidad en la que cayó el hair metal a finales de los 80, en favor de algo más espiritual, rescatando la salvaje actitud y entrega evocadora a Axl Rose en ‘Holy Roller’, por ejemplo. Y tiene la potencia desinhibida del hard rock, con cosas como el groove a lo Jane’s Addcition en ‘Stardog Champion’. Sin dudas, “Apple” presagiaba el enfoque del grunge con estas prematuras manifestaciones, que en poco tiempo dominarían la industria y la cultura rock.

Pero el disco, inicialmente, quedó ahí, a la sombra del mismo fantasma de Wood. Como testimonio de su existencia, valorada luego de la explosión del grunge y del homenaje que comenzaron a gestar sus compañeros Ament y Gossard con Temple of the Dog, banda tributo que se completó con Mike McCready, y con Chris Cornell y Matt Cameron de Soundgarden.

Mother Love Bone tenía gran potencial, y tristemente nunca sabremos lo que hubiera ocurrido con ellos. El resto es historia: Gossard y Ament formaron parte de una de las bandas más importantes de los noventa y una de las más importantes de la actualidad: Pearl Jam. “Hay gente a la que quieres y por las que harías cualquier cosa, y todos queríamos que Andy se convirtiera en una estrella de rock, y le decíamos que queríamos estar cerca de él”, dice Gossard en “PJ20”, el documental de Cameron Crowe sobre la banda, que dedica todos sus primeros veinte minutos al ascenso y caída de Andrew Wood.

Y acá se viene la macabra reflexión: sin la sobredosis de Wood, no habría “Ten”, ni Vedder convirtiéndose en uno de los máximos referentes de la generación grunge. Porque la primera vez que Vedder visitó un estudio de grabación fue cuando Cornell lo convenció de hacer coros y acompañarlo como un solista más en ‘Hunger Strike’, la canción más profunda de aquel homónimo disco de Temple of the Dog. Así las cosas, podemos considerar a “Apple” como el triste final de una historia que fue el comienzo de otra, que ha tenido una vida fértil y un relato de éxito y trascendencia. Sin héroes no hay épica, y Andrew Wood fue el primero de la descorazonada Generación X.

César Tudela

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