Preparan libro con la historia de los chilenos que tocan con Charly García

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Desde hace muchos años que la música de Charly García cuenta con toques y manos chilenas.

"Toño" Silva, Kiuge Hayashida y Carlos González son parte de The Prostitution, la banda del argentino, participando en sus conciertos y discos, siendo parte de la historia, una que Emiliano Aguayo ha querido plasmar en un libro.

"Ellos debieran ser portada a cada rato acá, pero no pasa. Me gusta descubrir nuevas conversaciones en este ámbito", comentó el escritor de "Maldito sudaca... conversaciones con Jorge González" sobre este proyecto, que aún no tiene título pero se espera un lanzamiento durante la temporada. En Futuro presentaron un extracto, que te presentamos a continuación.

LA PRIMERA BATERÍA

Es 1975 y Toño tiene apenas 12 años. Está en Loncura, en una playita al lado de Quintero, en la región costera chilena más visitada en verano.

Algunas calles separan su casa de verano de la playa. En el trayecto hacia la arena y las olas del mar, no sólo pasa por fuera de otras viviendas, sino también por restaurantes y quintas de recreo que presentan música en vivo. El “Carolina” y “La Cabaña” son sus favoritos.

Cada vez que pasa por ahí, mira de reojo y, sobre todo, pone oreja a lo que suena ahí adentro.

La historia es casi siempre la misma. Las bandas siempre tocan cumbias y rock. Lo que pida el público, la verdad.

Toño es un preadolescente aún, que ve esos músicos como adultos, aunque estos apenas tengan unos 20 años.

Son sólo ratos los que puede mirar y escuchar, porque las bandas tocan, principalmente, en la noche y él sólo sale a esa hora cuando salen a pasear o a cenar con su familia, de vez en cuando.

Queda maravillado ese verano con todas esas canciones, pero especialmente con los instrumentos, sus sonidos y los distintos estilos que se pueden conseguir con ellos, por lo que apenas terminan esas vacaciones, llega a su casa de Recoleta en Santiago a armar una pequeña batería, a punta de lo que sirviera para improvisar una de verdad. Usa un pandero de cuero, cajas de zapato de cartón y hasta una pequeña cajita plástica de tintas, que le sirve de cencerro.

En el catre de su cama amarra un platillo, la caja de zapatos es el tom y con el pie al piso, marca el bombo, que suena potente, porque el suelo es de madera.

– Toqué la batería por primera vez y de inmediato me sentí cómodo. Además, toqué bien. Lo traía en la sangre.

Nada lo para. Con ese intento de batería saca sus primeras canciones que, por supuesto, son mayoritariamente cumbias, porque es lo que más ha escuchado en vivo hasta esos días. Son nada menos que 20 canciones las que se aprende de memoria.

Generalmente, los niños comienzan por la guitarra y luego prueban con otros instrumentos, como la batería. En el caso de Toño, este fue amor a primera vista y jamás hubo infidelidad.

No es un gusto pasajero ni menos algo que deje tirado por salir a jugar con sus amigos del barrio. Al revés, deja de escaparse cada tarde a la calle por quedarse tocando batería.

Su hermano mayor ya es músico, percusionista, y quizás dejó alguna vez unos platillos en el entretecho que no recuerda, pero que Toño encontró y agregó a su set casero.

Son días en que no es llegar y tener un instrumento, por lo que su batería hechiza lo acompaña 3 años, hasta que le dan un dato sobre la venta de una usada, que ni siquiera es profesional, sino para niños, casi de juguete, pero con un bombo chico, una caja, un tom y un platillito, más el pedal del bombo, se ve muy atractiva. Y, al no existir muchas opciones de conseguir otra, pide que le compren esta y le va bien.

– Mis padres siempre fueron un gran apoyo, desde el comienzo. Mi mamá era la fan número uno junto a mi papá. Me habían comprado esa batería y me veía chistoso con ella, porque era chica y yo ya calzaba como 41, entonces, mi pie era súper grande para ese pedal de bombo tan pequeño.

Pero, eso le da lo mismo. Toño es feliz y punto. Eso es lo importante.

– Recuerdo que me senté y era, absolutamente, más batería que la tenía antes. Me senté y toqué de inmediato. Me sentí cómodo y empecé al tiro a sacar ritmos, sin haber jamás recibido clases ni haber estado sentado ante una batería de verdad.

Es raro, pero me sentía tan bien ahí que nunca lo vi como una profesión, sino como una necesidad. Yo necesitaba tocar y si eso era mi trabajo, genial.

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