Raúl Zurita: "Somos hijos de la muerte"

Los escombros de una batalla que hemos perdido
Raúl Zurita

En una era de cambios vertiginosos y discusiones entre sordos, la figura de Raúl Zurita se alza imponente, no solo como uno de los poetas activos más significativos de la tradición literaria chilena sino que, también, como un ineludible referente pensante de nuestra cada vez más compleja e interconectada sociedad.

Fueron dos amenas sesiones de conversación en su casa, en las que viajamos por sus impresionantes visiones sobre el arte, la muerte, la naturaleza, la poesía y el lenguaje, pero siempre teniendo presente la realidad actual y las problemáticas que aquejan al humano en el mundo contemporáneo. La monumental y desbordada obra poética de Zurita está, por supuesto, en libros cruciales de la literatura de habla hispana como “Purgatorio”, “Anteparaíso” y “La vida nueva”, pero también en aquellos gigantescos gestos que han transformado las palabras en parte de la naturaleza a través de escritos en el cielo, el desierto y los acantilados.

Usando un recorrido literario por textos e ideas de escritores y filósofos, desentrañamos los pensamientos que el poeta nos entregó con generosidad y compasión, en una entrevista que tuvo momentos para hablar sobre su obra, su pasado, sobre música y, lo más importante, sobre la condición de existir y el estatuto del arte. Zurita tiene la certeza de que sin sueños y sin la poesía -que es la expresión de aquellos sueños- la especie humana desaparecería en segundos y que el asesinato de una sola persona es el fracaso de toda la humanidad. Una entrevista histórica, compleja, profunda, por momentos dolorosa, pero también en extremo esperanzadora. «La poesía es la posibilidad de lo que no tiene absolutamente ninguna posibilidad», nos dice.

- Me gustaría comenzar hablando a través de Paul Celan, pues su historia es tremenda. Al escribir poesía en alemán, de algún modo, se sentía traidor de su familia, que había sido asesinada en los campos de concentración nazis. Su poesía la escribía en el idioma de sus asesinos. Su poema más conocido es “Fuga de la muerte” (“Todesfuge”), por su estructura que se basa en una fuga de Bach y habla de manera impactante del infierno de los campos de exterminio. Es conocido su encuentro con el filósofo alemán Martin Heidegger, a quien Celan admiraba y para quien era de vital importancia el lenguaje y la poesía para el futuro de la humanidad. Celan estuvo en la cabaña del pensador en las montañas de la Selva Negra, al sur de Alemania, y al poco tiempo se suicidó, tirándose al río Sena. Escribió un poema sobre su encuentro, en el que dice «la línea escrita de una esperanza, hoy, en la palabra venidera». ¿Cuál es para usted, Raúl, la palabra venidera? ¿Existe una palabra venidera? ¿La palabra puede darle esperanza a la humanidad o es un esfuerzo vano, un intento vacuo?
- No creo en la palabra. No creo en esa cosa como sacralizada, en eso de hablar de «La Palabra», que tanto les gusta a los poetas. En lo que sí creo es en el lenguaje en el poema. Somos hijos de la muerte del poema. Hay una fábula, un cuento al respecto. Narra que en un momento inmemorial, un ser levanta sus patas del suelo y ve las estrellas en la noche. Después las ve apagarse al amanecer, al otro día las vuelve a ver y así sucesivamente. Pero de pronto, se da cuenta que esas estrellas que aparecen y desaparecen, ya no las verá. Ese es el descubrimiento más crucial de la humanidad, de lo humano: el tomar conciencia de la muerte. Inmediatamente, la primera respuesta frente al descubrimiento de la muerte, es el poema, es la constitución del lenguaje. El lenguaje es la historia de los exorcismos que nos vamos haciendo unos a otros para contener a la muerte, en una secuencia permanentemente perdida. El lenguaje, el poema, son los conjuros que nos hacemos frente a la muerte, para retrasarla, para tratar de domesticarla. No creo en la palabra. Creo que tenemos sueños, fábulas e invenciones que, de alguna u otra forma, nos están recordando constantemente ese primer momento frente a las estrellas. Somos hijos de la muerte. De ahí nace el ser humano. Por lo tanto, la poesía se apagará cuando el último de los seres humanos contemple por última vez un atardecer.

- Aterrizando un poco el tema de la esperanza, de la poesía, vemos que los discursos neofascistas han ganado un importante espacio en la sociedad, con gente que no respeta a su prójimo por su raza, condición sexual o lo que sea. ¿Cuál es su visión o qué reflexión puede hacer sobre el avance de estos discursos de odio en el mundo, con Jair Bolsonaro en Brasil y, acá en Chile, con unos exponentes bastante ejemplares?
- Creo que, como primera cosa, al fascismo hay que entenderlo como una agrupación de gente, como una cosa colectiva. Son sectores de personas que se agrupan, que establecen lazos entre ellos que son bastante fuertes, y que surgen debido a todas las frustraciones, las esperanzas fallidas, las derrotas y las traiciones de una sociedad que, definitivamente, se basa en la explotación del trabajo de ellos. En las raíces del capitalismo y de sus sociedades, se constituyen estos grupos. Entonces, los carentes, los que no son considerados por la élite partidaria, son el caldo de cultivo para el fascismo. El fascismo explota relaciones de camaradería que son súper intensas. Todos estos grupos, desde los skinheads hasta los grandes movimientos políticos, establecen lazos que se basan en el odio a determinadas cosas, en el odio al diferente, el odio al socialista. Pero sus raíces están en la necesidad de los seres humanos de agruparse en función de un enemigo común. Y los grupos fascistas son agrupaciones asesinas. Pero nunca hay que olvidarse que son grupos humanos, que son gente del pueblo.

- ¿Usted cree que la poesía, la literatura o el arte en general, pueden hacer algo contra esto, contra la injusticia, contra el odio, contra la violencia, contra el abuso de poder?
- Creo que el arte no tiene ningún poder. No puede modificar nada, no puede impedir el desastre de Honduras, no puede darle un abrazo a ese niño que va llorando en brazos de la madre en medio de la multitud, no tiene ningún poder para desbaratar los ejércitos, no tiene ningún poder en contra de los narcos ni en contra de ninguna pesadilla de la vida humana. Y, sin embargo, si quitas el arte y la poesía del medio, la sociedad se derrumba en cinco minutos. Porque la poesía y el arte en general, es lo que nos entrega los estándares, nos da una imagen -aunque sea muy débil- de que vendrá un nuevo día. Tenemos que levantarnos día a día, y un poeta en un mundo de víctimas debe ser la primera víctima. Debe ser el primero que se hunde en la barca que naufraga en las costas de Turquía, que es acribillado en una marcha, pero también debe ser el primero que se levanta para seguir adelante e indicar que hay nuevos días. Entonces, si se acaba la poesía, quiere decir que se acabaron definitivamente los sueños. Ningún ser humano resiste cinco minutos sin sueños. Puede resistir 72 horas sin agua, pero sin sueños no resiste. La poesía es el fundamento de lo humano. Si la quitas, se acaba todo.

- En la misma senda, es impactante la muy conocida frase del filósofo judío alemán Theodoro Adorno: «Escribir poesía después de Auschwitz, es un acto de barbarie», porque no tiene ningún sentido, no ayuda en nada...
- Es una frivolidad...

- Las personas murieron como esclavos en los campos de concentración y nada pudo hacer la palabra. ¿Es un acto de barbarie escribir poesía después de los asesinatos, las torturas, las violaciones y los vejámenes de la dictadura? ¿Qué piensa de aquella afirmación de Adorno?
- Después de la destrucción de Troya, sus habitantes fueron asesinados y convertidos en esclavos. No solo fue una destrucción física, sino que también de la dignidad humana. En ese sentido, la poesía es el intento más extremo y desesperado por construir obras para que los seres humanos no cometan las mismas locuras, las mismas barbaries, las mismas atrocidades. Para que dos jóvenes no tengan que morir víctimas de un conflicto que no les concierne se escribió “Romeo y Julieta”. Sin embargo, a principios de la década de los 90, circuló una foto en todos los diarios del mundo que mostraba en primer plano a una joven musulmana y a un joven croata, muertos a la salida de un puente en Sarajevo. Ellos estaban enamorados y querían casarse, pero pertenecían a los bandos contrarios que estaban masacrándose. Todo el mundo decía que eran los «Romeo y Julieta de Sarajevo», pero paradójicamente, ese libro fue escrito para que no existieran nunca más unos Romeo y Julieta. Entonces, la literatura es la gran compasión que pretende preservar a los seres humanos, que busca salvarlos de las locuras, las demencias, las tragedias de un acto que se siente en la obligación de dar vuelta, de no permitir que se repita. La tarea no era escribir poemas ni pintar cuadros ni construir novelas sino que, en realidad, la tarea era hacer que la vida fuera algo decente. Todo el arte, “La Ilíada”, los poemas de Paul Celan y los infinitos libros que se han escrito, no son sino los escombros de una batalla que se ha perdido, que se sigue perdiendo.

- Lo llevo a este tema, porque aún hay personas que hablan de que había un contexto para estas violaciones a la dignidad del ser humano, el cual haría justificable asesinar. Al parecer o, al menos así lo creíamos muchos, el desarrollo de la humanidad había llegado a la conclusión civilizatoria de que la dignidad del ser humano es algo sagrado, pero vemos que esto no es tan así hoy día, incluso después de Auschwitz, incluso después de la dictadura en Chile, incluso después de Sarajevo. ¿Cómo ve este problema ahora, qué futuro se vislumbra si un contexto puede justificarlo todo, hasta el asesinato?
- Asesinar a una persona no es matarla una vez, es asesinarla infinitas veces, es asesinarla en todos los lugares que podría haber estado y no pudo estar, en cada minuto de la existencia que no pudo vivir. Es, además, asesinarla en cada segundo de nuestra existencia que somos sus pares. Se le asesina para siempre, no tiene vuelta atrás. Es lo único que no tiene vuelta. No: lo mataste. Esa apropiación monstruosa del todo del ser humano, no tiene comparación con ninguna posible causa que lo haya originado. Ni el propio horror exime el horror de matar a un semejante. El homicidio de un ser humano es el homicidio de millones de seres humanos. Con un solo ser humano que se asesine, es la humanidad entera la que fracasa. Ahora, hay un problema, un conflicto central. El neoliberalismo es una especie de vulneración presente, actual, del capitalismo, porque es una doctrina que afirma la máxima individuación de las personas. Es un modelo que impone al individuo como alguien solo. Es exactamente lo contrario de una consciencia que debiéramos tener, de que pertenecemos a una humanidad. Entonces, si se comete un crimen en cualquier parte, ese crimen nos concierne a todos. Es como una familia que descubre que el padre era un violador de niños. Toda la familia se ve involucrada, toda la familia se ve profundamente afectada. El neoliberalismo es cerrar los ojos ante la posibilidad real de tomar conciencia de que cada uno es responsable por sí mismo y por todos los demás. Incluso, es responsable por los actos que se cometieron antes que él, es responsable del primer asesinato y también, por eso mismo, será partícipe de todo acto de liberación y de libertad. Es tan fundamental esta concepción de la humanidad como un cuerpo único, en la que, incluso, la muerte no existe, porque todo el conglomerado seguirá vivo después de que muramos como seres individuales. Somos como las olas de un océano. El mar es siempre distinto y, al mismo tiempo, es siempre el mismo. Las infinitas y millones de olas nunca van a ser iguales pero, al mismo tiempo, nunca dejará de ser el océano. Esa visión individualista que impone el neoliberalismo, atenta contra lo esencial de lo que constituye una humanidad. Creo que el arte y la cultura son expresiones de ese colectivo porque, por increíble que pueda ser la visión de un poeta, nunca será más increíble que la del pueblo en la que él nació.

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- Me gustaría pasar ahora a hablar de su obra. Siempre me impactó el asombro por la inmensidad de la naturaleza, del paisaje que está presente en ella. En su poesía, el hombre es pequeño, está supeditado a las fuerzas de la naturaleza que no puede controlar y que lo superan. La cordillera, el océano, las estrellas, el desierto. En el poema “El ascenso del pacífico” esto se refleja de una manera muy impresionante. «Se encumbró entonces el océano / y nuestras pupilas miraban el portento / sin todavía creerlo / Escuchamos de nuevo las rompientes / las infinidades de islas / subiendo igual que estrellas sobre el cielo / Allí está el Pacífico hombre, allí, encima / de nuestras cabezas / y no lo crees y tus ojos lloran / y no puedes entenderlo y tus ojos lloran / todos los que amamos son el mar / Todo lo que amamos es el mar / América es un mar con otro nombre». ¿Cómo se imbrican en su obra la palabra y el paisaje imponente, el discurso y la naturaleza desbordante, la poesía y el espacio geográfico? ¿Qué reflexión puede hacer sobre aquello, que es tan potente en su trabajo poético?
- La verdad es que no lo tengo tan claro. Le puedes preguntar a un Premio Nobel lúcido como Octavio Paz o T.S. Eliot sobre las estructuras formales o las teorías literarias y seguramente te van a dar una cátedra. Ahora, si le preguntas por qué cambiaron la palabra «verde» por la palabra «roja», no van a tener idea. No sé bien por qué me obsesionan los paisajes, las cordilleras que emergen, los desiertos, los océanos. Intuyo que los paisajes son como los grandes telones masivos que se van llenando con la aventura de vivir. Es la vida la que va llenando las montañas. Alonso de Ercilla escribe sobre la naturaleza chilena, que se le va apareciendo como estatuas. Por eso pensó en los bosques, porque ahí se escondían los araucanos que podían atacarlos o en los ríos, porque no podían cruzarlos. En sus escritos, todo aquello tiene una carga profundamente negativa, porque toda la naturaleza se resistía, se oponía a la conquista. Entonces, nosotros vamos levantando el mundo humano siempre en dependencia de la naturaleza. Hace poco estuve en Montevideo y fui testigo de uno de los atardeceres más lindos que he visto en mi vida. Había un montón de gente, incluso niños, jóvenes que son hip-hoperos, metaleros, mirando el atardecer y todos se emocionaron. Es decir, estás viendo algo junto a muchos otros y cada uno se siente conmovido con ese espectáculo. La historia del lenguaje es la historia de lo humano, es la historia de la lucha del ser humano frente a la muerte y, los paisajes, son los telones que se van llenando con nuestros relatos.

- Usted ha sacado -ha liberado- a la poesía del papel y, justamente, la ha llevado a la naturaleza, convirtiendo al mismo paisaje en el soporte de un texto. Me refiero, por supuesto, a su escrito en el desierto, «Ni pena ni miedo» -tiene 3.140 metros de longitud y solo puede verse desde las alturas-, y a sus versos en el aire de “La vida nueva”, hechos por un avión en Nueva York. Es un intento, sin duda, memorable y desbordado pero que, al mismo tiempo, no puede contra la fuerza de la naturaleza que va borrando las palabras, con mayor o menor rapidez. ¿Qué reflexión puede hacer ahora sobre estos intentos de cambiar el soporte, de convertir a la poesía en una especie de escultura de la propia naturaleza?
- Los escritos en el aire, en el cielo de Nueva York, fueron, por supuesto, absolutamente efímeros, el viento los iba disipando. El poema en el desierto, no es tan efímero y va a durar bastante tiempo. Yo no hago esas cosas para ensanchar los límites del arte o de la poesía, lo hago porque lo encuentro bello y urgente, porque es imprescindible hacerlo. Esas palabras son las más íntimas, las que viven en mí durante mucho tiempo, entonces cómo hacerlo para que no solo estén dentro de mí. Creo que con la poesía puedes hacer todo. Los escritos en el cielo y en el desierto, están también fotografiados en libros de poesía. Son dos cosas simultáneas. Una es el hecho mismo en la naturaleza y el otro es el registro en dos páginas de un libro. “La vida nueva”, que acabo de republicar, termina con la foto de la frase «Ni pena ni miedo» que está en el desierto. Son miles de páginas y la fotografía ocupa dos, que están al final. Trato de no restringirme, de no ponerme barreras, porque otros me las van a poner igual, entonces es tonto ponérselas uno mismo.

- El poeta estadounidense Ezra Pound escribió en su ‘Cantar CXX’, de su libro “The Cantos” o “Los cantares”, «He intentado escribir el paraíso». En inglés: «I have tried to write Paradise / Do not move / Let the wind speak / that is paradise / Let the Gods forgive what I have made / Let those I love try to forgive what I have made». ¿La poesía puede escribir el paraíso, Raúl? ¿La poesía puede contener, como pretendía Pound, la historia de la tribu humana? ¿Qué opina de aquella pretensión de escribir el paraíso a través de la poesía? ¿Existe alguna posibilidad?
- La poesía es, precisamente, la esperanza de lo que no tiene esperanza, la posibilidad de lo que no tiene absolutamente ninguna posibilidad. Es soñar con algo que es infinitamente inviable. Así que, aunque parezca paradójico, si hay una actividad humana que puede escribir el paraíso, es justamente la poesía. La poesía es el único lugar donde los hombres y todas las cosas realmente se aman. Las piedras con el pasto, con las galaxias, el diálogo general entre todas las cosas. Una hoja con otra hoja, el árbol con el tronco, nosotros que estamos acá… desde la realidad más tenue hasta la más compleja de las galaxias. La poesía es la posibilidad de participar en todo aquello, al menos por un segundo. Creo que en ese diálogo está el paraíso, en ese diálogo que tienen todas las cosas con todas las cosas.

- Usted narra en uno de sus libros de ensayo la impactante historia del poeta francés Robert Desnos, quien terminó un poema en el campo de concentración nazi y falleció. No estoy seguro si es exactamente este poema, llamado “A la misteriosa”, que es tremendo y que dice, en un fragmento: «Tanto he soñado contigo / tanto he hablado y caminado, que me tendí al lado / de tu sombra y de tu fantasma / y por lo tanto / ya no me queda sino ser fantasma / entre los fantasmas y cien veces más sombra / que la sombra que siempre pasea alegremente / por el cuadrante solar de tu vida».

- Desnos publicó ese poema en 1930 en la editorial Gallimard y, luego, lo corrigió mientras estaba en los campos de concentración.

-Tomándome de esta historia de referencia, porque me parece tan decidora de la importancia de la poesía para la existencia humana, alguien que estaba en el horror más tremendo creado por el hombre, en el infierno en la tierra, estaba preocupado de corregir un poema. ¿Cuál es el sentido de que existan poetas en el mundo? ¿Por qué, generación tras generación, vuelven a aparecer poetas? ¿Por qué no se extinguen los poetas? ¿Qué intuye usted?
- En la poesía las palabras están libres. El racionalismo es una de las mil posibilidades del discurso y el lenguaje. La poesía habla en un lenguaje de señas, a menudo fantasmagórico, con el que los seres humanos interpretan esta cosa tan impresionante que es el mundo y el universo. Creo que, incluso aunque la escritura pase, se acabe, la poesía va a seguir, pese a que las razones no son siempre tan felices. Se va a continuar haciendo poesía mientras exista al menos un ser humano que sufra sobre la tierra. Mientras exista sufrimiento humano, la poesía seguirá existiendo, así que tiene para rato.

- Otro tema que quisiera tratar con usted es la relación entre ética y literatura, entre ética y arte, entre ética y poesía. Siempre se pone el ejemplo del escritor francés Louis Ferdinand Céline, quien escribió novelas de la importancia de “Viaje al fin de la noche” o “Muerte a crédito”, pero que era misógino, antisemita, racista y colaborador de los nazis. ¿Usted cree que el escritor o el artista debe tener o imponerse una tarea moral? ¿Cuál es su opinión o visión de esta relación entre ética y arte o entre conducta moral y actividad artística?
- Opino que ojalá un escritor no tenga un imperativo moral extra literario. Encontraría funesto que se mezclara el comportamiento ético con la labor de escritor. El asunto es el siguiente: el pueblo le entrega al ejército el uso exclusivo de las armas para que lo defienda. Aunque muchas veces ha pasado todo lo contrario, pero ese es el objetivo. Así mismo, la sociedad les entrega a sus artistas, a sus escritores, el uso exclusivo de la libertad de decir todo, sin ningún requisito previo. Esa es la única forma en que se puede entrar en los abismos, en las complejidades, en las contradicciones, en los infiernos que habitan dentro de todos los seres humanos, pero que no escriben poesía. “Viaje al fin de la noche” de Céline es una gran novela y es una gran novela precisamente porque no tiene la marca del deber ser. Muestra una zona de la humanidad muchísimo más profunda y oscura que una novela de las llamadas bien intencionadas.

- Una de sus antologías poéticas se llama “Tu vida rompiéndose”. Me recordó el poema visual “Sión” de Cesárea Tinajero, el personaje de la novela “Los detectives salvajes” de Roberto Bolaño. Ulises Lima, uno de los «detectives salvajes», al tratar de interpretarlo, remite a un recuerdo de niño: «(…) cuando llegaba ahí lo más parecido que sentía en el interior de mi cuerpo era como si me rajaran, no por fuera sino por dentro, una rajadura que empezaba en el vientre pero que pronto experimentaba también en la cabeza y en la garganta (…)». Se habla de una «rajadura» que parte desde adentro y usted habla de «ruptura», en el sentido de estar «roto». ¿Qué reflexión podría hacer sobre este poema sin palabras y también sobre la «rajadura» o sobre estar «roto»?
- Tengo la sensación de que la vida es como despeñarse en un río, que vas arrastrándote por las aguas y que cada vez estás más cerca de la catarata final que te romperá definitivamente. «Por eso, madre, padre, río, bajaban con mi cuerpito a cuestas, rompiéndose amor entre las piedras», que es un verso de un poema que está en esa antología que me comentas. La vida es un constante despedazarse, y vas dejando en tus muñones las espinas y las piedras mientras te arrastras. Esa es mi visión. Es bonito el dibujo de Bolaño, es bueno. Es como una imagen del caudal de un río que va cada vez más rápido.

- Otro libro que usted publicó hace poco es su autobiografía o memorias, llamada “El día más blanco”. Un fragmento del epígrafe dice «Muero feliz porque muero en la belleza», que me parece es de una potencia sin igual. ¿Qué nos puede contar de estas memorias, cómo se ha dado en usted la prosa y cuál cree que es el sentido último de contar su biografía, de hacer de conocimiento público su vida? ¿Qué cree usted que aporta a la vida colectiva la vida individual de un poeta? ¿Qué intuye usted acerca de esto y qué lo motivó a escribir este relato biográfico?
- Es biográfico, pero al mismo tiempo es una escritura. No son memorias, porque siempre hablo desde el presente. Nunca narro como si estuviera atrás. Es un libro atravesado por el recuerdo y por el pensamiento que provoca ese recuerdo y, también, por una forma de escribir. Esa obra es un poema. Incluso pensé ponerle poema. Es un libro en el que la prosa tiene una respiración, un ritmo: «Muero feliz porque muero en la belleza. Uno habrá que nos recuerde el nacimiento: un río, el mar, la oscuridad de otras calles donde algo, tal vez algo semejante a nosotros, se levanta del sueño y camina». Es un poema y tiene que ver con el rescatar ciertas imágenes que guardo de mi infancia, de mi juventud. Las recordé y las escribí con la ilusión de que no fueran tan dolorosas, de que aquellas escenas a veces tan feroces, fueran más llevaderas. Pero la escritura no cura nada, sino que, al contrario, te hace más fuerte todavía. Entonces, entre la vida y la obra, entre la vida y la literatura, hay una distancia que no es de más de medio metro, pero que es de una profundidad infinita. Nunca una va a poder ser la otra. Hay un cuento de Borges que se llama “Del rigor de la ciencia”, que narra que un pueblo llega a ser un mapa, porque los mapas eran tan reales que eran del porte de las ciudades. Es paradójico, porque no hay nada más distinto a un mapa de las Torres del Paine que las Torres del Paine. Y, sin embargo, no hay nada más cercano. Entonces, las palabras, al mismo tiempo que te hacen presente, te alejan para siempre lo que estás evocando.

- Hablando de evocación y recuerdos, ¿cómo era, o qué memorias tiene de la bohemia literaria de Valparaíso a fines de los 60 y principios de los 70, donde usted compartió con autores como Juan Luis Martínez, Eduardo Embry, Sergio Badilla Castillo y Juan Cameron, todos con obras muy potentes y teorías literarias alucinantes, como la del «transrealismo poético» de Badilla o la obra de Martínez, que es muy particular y única en la literatura latinoamericana?
- Para ser honesto, no participé mucho en aquella bohemia de Valparaíso. Lo que sí, era muy amigo de Juan Luis Martínez. Andábamos siempre juntos, de hecho, vivíamos juntos. Yo me casé con su hermana y éramos muy unidos. Y claro, de repente, aparecían otros amigos como Juan Cameron o Eduardo Parra de Los Jaivas. Pero para mí no era una vida de cafés o de bares, entre otras cosas, porque era casado y tenía hijos. No tengo los mismos recuerdos que los que ha contado Cameron, son distintos, porque cada uno tiene su propia historia, su propia percepción de aquella época, pero sí era un grupo de buenas personas, con mucho sentido del humor. Juan Luis era el centro de todo, pero había figuras muy interesantes. Entre ellos, Eduardo Parra, que es un excelente poeta, o Gregorio Paredes, Tito Valenzuela y el mismo Juan Cameron, pseudónimo de Claudio Zamorano. Gente a quien le tenía aprecio y que, al igual que yo, estaban traspasados por la figura de Juan Luis.

- Pese a esta cercanía humana, siempre se ha hecho un contrapunto entre la obra de usted y la de Martínez, quien dejó una poesía muy ingeniosa y revolucionaria, muy distinta a la voz lírica de su obra literaria. ¿Qué reflexión podría hacer de ambas escrituras, teniendo en cuenta que eran tan amigos?
- Juan Luis fue una persona muy importante para mí, muy importante, y de quien aprendí mucho. Él era ocho años mayor que yo, diferencia que cuando uno tiene 18 o 20 años, es bastante. “La nueva novela” de Juan Luis y mi libro “Purgatorio”, los hicimos en la misma máquina de escribir que compartíamos. Creo que son tan similares pero, al mismo tiempo, son obras radicalmente distintas. Juan Luis tacha su nombre, que es la forma que él tiene de mostrarse, porque de todos modos se ve. En cambio, yo reafirmo el nombre: “Purgatorio” «de» Raúl Zurita. Nuestras obras corrieron por carriles absolutamente divergentes, pero creo que fue por el bien de la literatura chilena. Admiro mucho “La nueva novela” y lo que él publicó en vida, que también fue “La poesía chilena”, pero el libro que a mí me fascina es el primero porque, además de la escritura, tiene algo de trabajos manuales. Se lo dije en su momento a él, por supuesto. Con los libros que fueron editados de manera póstuma se produce algo curioso, porque está en duda la identidad de quién escribió esos poemas. Incluso, se especula que “Poemas del otro” –libro publicado por Ediciones UDP en 2003- era efectivamente de otro, cosa que encontré genial. Pero Juan Luis no los publicó en vida y nunca podremos estar seguros si lo hubiera hecho. También hay un libro que está construido de puras figuras y collages, en el que me cuesta reconocerlo. Ahora, salió una tercera edición de “La nueva novela” con las notas, pero parece que esas notas no eran de Juan Luis, sino que de un tal Cárcamo. Es muy divertido, porque se alaba su obra, justamente por la desaparición del autor. Él quería escribir un libro en el que ninguna frase fuera de él, lo que en cierto sentido hizo en “La nueva novela”. Pero, al mismo tiempo, se le castiga porque no deja en claro la autoría de las notas, cuando quien escribió esas notas hace un gesto consecuente, pues anula su personalidad. También creo que la viuda y la familia, que fueron el gran sostén de Juan Luis, tienen el sagrado derecho de publicar lo que ellos estimen.

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- Me interesa saber cómo ha sido para usted la experiencia de declamar su poesía con música, acompañado por la banda González y Los Asistentes.
- Ha sido fabuloso. Con González y Los Asistentes nos encontramos y armamos gracias a Marcelo Cicalli, el dueño del Liguria. Él buscaba hacer un proyecto, que pretendía unir rock con poesía, en el que participarían varios artistas de las dos disciplinas pero, finalmente, solo le resultó con nosotros. Los demás no se entendieron. No sé, tipos tan buenos como el poeta José Ángel Cuevas. Así que para mí, ha sido una experiencia muy fascinante, hecha con músicos que son extraordinarios como personas y con quienes me llevo de maravillas. Además, me siento muy bien cuando nos juntamos y tocamos. Lo hacemos una vez al año, pero siempre es una experiencia muy grata.

- ¿Usted cree que puede afirmarse, aunque muchas veces se cae en el cliché, que en las líricas del rock, se ha desarrollado, al menos, una veta importante de la poesía desde la década del 60 hasta nuestros días? Pienso, por supuesto, en Bob Dylan y otros grandes autores.
- Para mí, la música rock ha producido la mejor poesía y las mejores letras de la literatura de habla inglesa. Bob Dylan y Leonard Cohen son poetas fuera de serie, que están por sobre los poetas de los libros. Dylan es increíble como mezcla los tiempos, como usa las citas literarias. En una de sus letras, narra que va saliendo a una carretera y ve a tres carabelas que vienen en sentido contrario, ¡carabelas en la carretera! Y dice, «Le pregunté al capitán cómo se llamaba y que por qué mejor no manejaba un camión. ‘Porque Voy a América’, y solo le dije buena suerte». Sus poemas y sus imágenes, han sido claves para mí. Ya quisiera haber escrito poemas como algunas de las letras de Cohen, que son notables. En general, no comulgo mucho con los letristas hispanos, a excepción de los del tango, que los encuentro alucinantes. «De tanto andar sobrándole a las cosas prendido en un final, falló la vida». Cátulo Castillo es impresionante. Es bastante curioso y ridículo organizar tu funeral, pero cuando me muera me gustaría que pusieran una zamba argentina que se llama “Viene clareando”, que me vuelve loco. La escucho y la vuelvo a escuchar. «Vidita, ya me voy / Y se me hace que no hei volver / Malaya mi suerte tanto quererte». Es un tipo que se está despidiendo, que se va a morir. Funciono mucho con música, de un amplio espectro. Desde lo clásico a lo más popular. No podría vivir si no escucho música.

- El sello Lumen acaba de re-editar su importante libro “La vida nueva”, que fue publicado originalmente en 1994, pero que usted lo estuvo escribiendo durante largos años. Además, es el sucesor de “Purgatorio” y “Anteparaíso”, que conforman una trilogía crucial de su obra poética. ¿Cuál es la diferencia fundamental entre esta nueva edición y la anterior y cómo ve que aquella obra dialoga con sus dos primeros libros?
- Creo que el libro más importante que he hecho, es uno que se llama “Zurita”. Ahí me pongo auto afirmativo. Es un libro que me tomó entre 12 y 15 años en escribir. Paralelamente, seguía trabajando en “La vida nueva”. Son dos libros que son como el blanco y el negro. Tienen la misma estructura, son complementarios y forman un conjunto. “La vida nueva” termina con el «Ni pena ni miedo» del desierto y “Zurita” finaliza con la frase «Y llorarás», que es el proyecto de escribir 22 frases proyectadas sobre los acantilados, en el norte. «Verás un mar de piedras / Verás margaritas en el mar / Verás un dios de hambre / Verás el hambre / Verás un país de sed / Verás cumbres / Verás el mar en las cumbres / Verás esfumados ríos / Verás amores en fuga / Verás montañas en fuga / Verás imborrables erratas / Verás el alba / Verás soldados en el alba / Verás auroras como sangre / Verás borradas flores / Verás flotas alejándose / Verás las nieves del fin / Verás ciudades de agua / Verás cielos en fuga / Verás que se va / Verás no ver / Y llorarás». La idea es proyectar este poema con luces desde el mar en los acantilados, cuando empiece a atardecer. A medida que vaya oscureciendo, las palabras se verán cada vez más nítidas, hasta que cuando llega la última frase «Y llorarás», esa se queda fija ahí. Esa frase la borra la luz del nuevo día y es una metáfora de la muerte. Este es un final y el otro, es el final de “La vida nueva”, el «Ni pena ni miedo». No sé cuál será el final. No sé si «Y llorarás» o «Ni pena ni miedo», entonces este es el libro que pongo al lado de “La vida nueva”. “Purgatorio” y “Anteparaíso” son obras iniciales, que abren los caminos que seguirían en estos dos libros y que están en la base de lo que hago, pero creo que donde se desarrolla el asunto en toda su consecuencia es en “La vida nueva” y en “Zurita”.

- Usted también tiene un libro que se llama “INRI”, que es la inscripción que estaba en la cruz de Cristo y que ocupa como metáfora de los muertos por la dictadura. ¿Qué nos puede comentar de ese libro y por qué utilizó esa inscripción de la cruz como título?
- Porque ese libro pasa por el desierto, por el mar, por las cordilleras, por todos los paisajes. Los paisajes fueron la única bondad que tuvieron tantos cuerpos que desaparecieron, fueron los que acogieron esos cuerpos moribundos y que recogieron los gritos de Cristo en la cruz. Sobre todo me impresionó mucho una frase de la Biblia: «Si ustedes callan las piedras hablarán». Es decir, si el pueblo está mudo, las piedras son los testigos que dirán. Ese poema es una alegoría que compara la pasión de Cristo, su agonía y su muerte, con la pasión de los paisajes del pueblo de Chile.

- Es difícil insertarlo a usted en la tradición poética chilena. ¿Qué cercanía tiene, por ejemplo, con autores de obras muy distintas, como la de Jorge Teillier, Enrique Lihn o Gonzalo Rojas? ¿Se siente unido a esos poetas?
- Me siento más cercano a la gran poesía romántica de nuestro país. Pablo de Rokha, Vicente Huidobro, Pablo Neruda e incluso Nicanor Parra, quienes se plantearon proyectos totales. Más que de Teillier o Lihn que, claro, son distintos, pero son poesías que, en cierto sentido, renuncian al sueño, renuncian porque reaccionan a un mundo feroz. Así que mi visión de ellos es que son buenos poetas, pero que carecen de ambición artística, se resignan con su poesía. Y yo creo que la poesía es la experiencia fundamental de la existencia. Ellos levantan la idea de lo fragmentario, que derrumbado los socialismos reales y la importancia que tomó la ciencia, solamente se puede hacer literatura a través de partículas de realidad.

Se dice que se acabaron los metarrelatos, que se terminaron las grandes construcciones. Sin embargo, creo que más que nunca, hoy en día, son necesarios frente a un mundo despojado de los sueños. Pienso que la poesía naufraga en montañas de poemas autistas, que son reflejo de gente que solo se ve a sí misma. Si llegara un marciano y preguntara qué sucede en la tierra y lo único que tuviera fueran los libros de poesía que se han escrito en los últimos 50 años, no encontraría absolutamente nada, más allá de unos problemas de soledad y de angustia existencial personales. La poesía le ha dado la espalda al mundo y eso tiene su culminación más tremenda en Parra, cuando dice que los poetas abandonaron el Olimpo. Bueno, bajaron, se pegaron su buena farra, se lo tomaron todo, se lo bailaron todo, se lo sufrieron todo, se lo tiraron todo, ahora llegó el momento de volver para arriba a trabajar.

Héctor Aravena
Fotos: Peter Haupt

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