Luis Toto Álvarez: Fuera de toda convención

Extensa entrevista con el creador de Acéfalo y mítico músico de la Quinta Región
Luis Toto Álvarez: Fuera de toda convención

El guitarrista viñamarino Luis Toto Álvarez, es ya un clásico de la música chilena y se mantiene activo desde mediados de los 80, moviéndose en distintos campos como el rock, el jazz y la improvisación. Consecuente con su arte, ideas y forma de vida, siempre ha optado por tomar el riesgo, llevando a cabo a lo largo de estos años una serie de proyectos musicales que están fuera del sonido mainstream y que van desde su faceta como solista a su trabajo en bandas como La Floripondio, PocaSangre y Stalker, y en colaboraciones con diferentes improvisadores nacionales e internacionales. Paralelo a su trabajo musical, ha desarrollado un arduo trabajo en la producción y difusión cultural con Acéfalo, el cual partió primero como un sello para registrar y distribuir su propia música y colaboraciones, expandiéndose con el tiempo a la producción de conciertos y desde el año 2013, a un festival anual de carácter internacional.

Conversamos en extenso con el improvisador respecto de su historia, su quehacer musical, su experiencia y su visión en el mundo de la improvisación.

Vamos desde el comienzo, ¿cuáles fueron tus inicios en la música y en la guitarra como tal?

-Mi primera experiencia musical fue dentro de la familia tocando folklore latinoamericano. En la educación básica comencé a estudiar guitarra clásica en el conservatorio y, llegando a los catorce años, apareció en mi vida un cassette de Jimi Hendrix. Eso produjo un quiebre, empecé a escuchar otras cosas, abandoné la guitarra clásica, vendí un Atari que tenía para jugar y me compré mi primera guitarra eléctrica, hecha por el luthier Manuel Orrego. Tuve que esperar varios meses por ella. Eso fue como el año 85 o 86. 

En el colegio tuve una banda y  cuando estaba terminando la educación media conocí a unos jóvenes que estaban estudiando música. Ellos hacían blues y jazz y empecé a juntarme con ellos, tocábamos en un club de jazz en Viña que se llamaba Luna Jazz. Ahí tocaban los jazzistas de la ciudad, gente como Eduardo Orestes o Carlos Rossat, ellos eran los que tenían experiencia. Yo no me imaginaba en esa época que podía encontrar en la ciudad músicos de ese nivel. Ahí empecé a meterme en ese mundo, en una música que tenía cierto grado de libertad, veía que tocaban con partitura, pero no entendía cómo  podían tocar 10 o 15 minutos dando vuelta a la misma hoja, era un mundo fascinante. Así comencé a aprender, viendo tocar a varios músicos, sobre todo a Eduardo Orestes que era el guitarrista importante de esa época. Había varios otros, saxofonistas, pianistas, cantantes, una escena increíble que se extraña un poco. Hoy el jazz en la ciudad está de capa caída, antes, a fines de los 80, había una efervescencia.

Luego estudié música, pero no me sentí cómodo, así que deserté, pero ahí conocí muchos músicos y otro tipo de sonido que era distinto al jazz, me acerqué al mundo docto, pero no era el lugar acertado, no me satisfacía, estuve un tiempo y luego seguí por mi cuenta.

¿Cuándo y cómo llegas a la improvisación y a los sonidos más extremos?

-A principios de los 90, el Macha (Aldo Asenjo) me invitó a un grupo que estaba haciendo en Villa Alemana. Esa banda no tenía nombre en un principio, pero luego se llamó La Floripondio. Ellos tenían un estilo parecido a Sumo, más ligado a un rock mainstream, pero el Macha quería llevarlo por un camino más extremo, meterle un ingrediente experimental. En esa época yo venía escuchando cosas más piteadas y punk como Minutemen, rock experimental como DNA, la banda de Arto Lindsay. Me quedé en ese proyecto porque era un lugar donde podía experimentar. Fue la primera banda en donde pude tocar libremente, no estaba sometido al jazz por ejemplo, podíamos hacer cualquier locura, era un lugar fértil. 

Ese encuentro con La Floripondio, fue el primer viraje a lo que vendría después. Ahí comenzamos a hacer temas y ensayar mucho, grabamos un cassette que se llamó "Muriendo con las botas puestas" el año 1992. El grupo era bien demente, rayado y todo lo que rodeaba a la banda también: la gente y el momento, era el destape cultural chileno, bien intenso. Para mí fue un momento súper creativo, pude desenvolverme, tocar lo que quería tocar, había una energía y una potencia al momento de tocar y una catarsis que se vivía a través de la música. Cuando estábamos haciendo el primer disco me fui de la banda. 

A fines de los 90, comencé a encontrar nueva música, a investigar y a documentarme sobre la improvisación libre, escuché a muchos improvisadores, me di cuenta que había una especie de escena mundial, que si vinculaba con el free jazz, con algunos músicos que sobrevivieron a épocas del rock progresivo en Europa y que de ahí surgieron nuevos géneros. Músicos que siendo europeos que admiraban a los free jazzeros americanos, toda una retroalimentación y aprendizaje que se daba dentro de esto, un lugar en donde el auto aprendizaje y el mundo académico comienzan a fusionarse e incluso a desaparecer. Vi que era como una nueva forma de aprender, en donde desaparecen las escuelas formales, es arte puro, eres tú con tus cosas, no hay nada más que te respalde, sólo tú y tu experiencia. 

En esos años 98 o 99, conocí a Eva Moltchanova ,una cantante rusa que venía con una experiencia en la improvisación, había tocado en una banda experimental que se llamaba ZGA, que era muy importante en Rusia, estaban en compilados de Rer (Recommended Records), el sello de Chris Cutler. Ella venía con una escuela y una experiencia inédita para mí. Nos hicimos amigos y empecé a estudiar con ella composición e improvisación, hice también mi primer proyecto de improvisación con ella, la grabación se llamó Cuarteto Experimental, lo edité el año 2001 y ahí partió Acéfalo Records, primero bajo el nombre de El Silencio Records y más tarde como Acéfalo.  

Acéfalo es un sello que nace en un principio para publicar tus propios trabajos y proyectos, pero que con el tiempo ha colaborado con otros artistas desarrollando producciones, tours, residencias, distribución y  conciertos,  a la vez también es un festival anual que está activo desde el año 2013. Frente a todas estas facetas de producción cultural, ¿cuál es tu motivación o misión con Acéfalo?

-Acéfalo parte el año 2000 y se mantiene hasta la fecha haciendo grabaciones y conciertos. Es investigación, reflexión y música; es un trabajo intenso que ha costado mantener, porque no es algo rentable, pero creo que es algo que hay que hacer. El año pasado presentamos el festival diciendo que hacer este tipo de eventos en realidad no le importa mucho a nadie, son estas cosas inútiles, pero que son necesarias de hacer. Es como la ironía de la vida, por ejemplo, hay gente que después de haber trabajado cuarenta años en lo mismo, mira su vida y dice, no he hecho nada, nadie tiene la vida comprada y creo que hay que aprovecharla. Así parte la idea de Acéfalo, como una forma de producir música, es una forma de vida, está totalmente relacionada con mi vida cotidiana, toda la gente que viene y circula por Acéfalo son la mayoría mis amigos y a través de esto me he hecho nuevos amigos. La música y esta dedicación que uno sigue, es la que te une y te engancha con otros, es el común denominador de la vida de muchos. 

De acuerdo a lo anterior, según tú experiencia la improvisación y la forma ver y vivir de vida están ligadas, ¿qué me puedes decir al respecto?

-Uno hace empatía con algo, esta forma de enfrentar la música es también como enfrentas la vida. Para mi cada cierto tiempo la cosa cambia radicalmente, me enfrento a otras cosas y empiezo a aprender cosas nuevas, estoy siempre en un nuevo escenario. Es lo mismo cuando vas a dar un concierto de improvisación en donde no sabes que vas a tocar, es una forma de mantenerse vivo, de estar siempre descubriendo y aprendiendo, el no sentirse dueño de nada, estar siempre en esa expectativa de descubrir y aprender de otras personas. Eso es lo que me motiva. La improvisación es búsqueda tras búsqueda, cuando eso se apague y se vuelva mecánico, esto se va a terminar para mí.

Me he encontrado con un montón de gente que está en la misma que yo a lo largo del mundo, es una especie de cofradía mundial, personas que están trabajando en estas cosas fuera de toda convención, esto tiene un trasfondo y una forma de vida que involucra nuestra política. Es político el trabajo que hacemos, por ejemplo el free jazz y la improvisación tuvieron un contexto y una génesis con ideas políticas, no es un arte vacío, viene de un contexto y  de procesos históricos y sociales.

A lo largo de estos años, Acéfalo ha tenido una gran cantidad de músicos internacionales invitados, ¿cómo se han creado las redes o cómo se han gestado estas visitas?  

-Lo que se ha dado en Acéfalo, se ha construido en parte porque me he dedicado a tocar mucho. Al salir de Chile a tocar, empecé a conocer gente, con el tiempo la gente te empieza a ubicar y resulta que después tienes un amigo en común y en realidad todo sale solo. La verdad es que yo no invito a nadie, sino que se ha dado que me dicen ‘quiero ir a Chile’, me mandan música, yo hago una curatoría y veo las posibilidades de poder hacer algo acá. Es como una especie de máquina que funciona sola, no hago ningún esfuerzo por contactar a los músicos, todos llegan por alguien. En el fondo es como que existieran todos estos puntos alrededor del mundo y todos saben para donde hay que ir. Por ejemplo, quiero ir para algún lado y pregunto quién está ahí, son redes autogestionadas que funcionan, porque hay una pasión por lo que se está haciendo y una idea de que no hay que esperar que te ayuden, tienes que hacerlo tú no más. Es una constante lucha, pero que es parte de la música y la improvisación, es construcción año a año, mes a mes, un trabajo constante.

¿Cómo es el circuito de improvisadores en Chile?

-Es bastante pequeño y no ha crecido mucho en tantos años, pero hay cierta calidad de trabajo. En el fondo seguimos siendo más o menos los mismos que estamos hace más de diez años. De repente aparece gente nueva, pero están un rato y se van, porque es difícil entenderlo y entrar en esto. Hay cosas nuevas, como olas que van apareciendo, por ejemplo hay gente que ha estudiado arte y entra en el mundo del arte sonoro y la improvisación, pero lo que yo veo es que este tipo de trabajo acá está en pañales, es como de los años sesenta o setenta de otros lugares, creo que estamos en una especie de edad de piedra de esas cosas. Estamos tan lejos, es nuestra posición insular en el mundo, aislados y separados, claro hay internet, pero no es como estar en un circuito activo y vivo. 

En relación a los códigos y al lenguaje de la improvisación, ¿cómo se desarrolla una pieza y/o cómo se da la comunicación entre improvisadores? 

-Es totalmente sorpresivo y en el fondo es distinto en todos. Lo que a mí me gusta de la improvisación es que el improvisador que llega a un punto máximo como tal, es el que tiene una presencia y una voz propia, es el que ha desarrollado su propio arte. El año pasado, vi a la guitarrista Mary Halvorson con Susan Alcorn, dos mujeres que tienen una gran carrera en la improvisación, una con una larga trayectoria y la otra más joven pero totalmente brillante. Cada una tiene un lenguaje y un discurso propio. Ese discurso se pone en escena y lo que ocurre es totalmente fresco, es como que dos personas se sentaran a conversar y cada una tiene su cosa que contar. Eso es lo fascinante de la experiencia de la improvisación, son músicos que llevan adelante una propuesta artística propia. Por ejemplo, el guitarrista estadounidense Marc Ribot tiene su propia forma de tocar, que ha construido y que es su vida llevada a la guitarra, es su forma de entender la música y a lo mejor involucra su etapa del rock, su etapa de estudiar con Frantz Casseus, todo se conjuga en un instante, los músicos pueden traer a ese lugar años de investigación, de desarrollo y de ideas que han pasado en su vida. Para mí esos son los grandes improvisadores. Es el arte puro entregado en ese instante, años y años, experiencias y experiencias.  

El año pasado viajaste a la ciudad de Nueva York a tocar, ¿cómo se dio esa oportunidad y cómo fue tu experiencia?

-Primero fui en 2015 a tocar al Ende Tymes, un festival que reúne música extrema y noise. Fui invitado para el día inaugural, ya tenía ciertos amigos allá y con el viaje consolidé amistad con otras personas. Así, el año 2016 fui invitado nuevamente, pero por otro festival que se llama The Dissident Arts Festival, un encuentro de contenido político que el año pasado, previo a las elecciones, era todo anti Trump. Pero toda esta movida artística y política en Nueva York es constante. Si bien es el país del capitalismo, al mismo tiempo hay una contracultura muy fuerte, así que fui invitado a tocar también por mi parada política, les interesaba mi quehacer en Latinoamérica y mis ideas. 

Tuve conciertos como solista y compartí también con varios músicos como por ejemplo el saxofonista Arrington de Dionyso, la guitarrista Susan Alcorn, para mí una de las mujeres más importantes de la música experimental y la improvisación, Matt Motel y Kevin Shea de Talibam!, Ras Moshe, entre otros. La cosa es muy activa allá y hay muchas invitaciones para tocar, pero siempre falta tiempo. Como experiencia es interesante, porque es una inyección de energía y de vida que es necesaria, sobretodo si vives acá, que estamos tan lejos, es motivador, es como sacar la cabeza, respirar y sentir una energía de la música y el arte, que no se puede vivir de otra manera que no sea a través de la práctica o la experiencia. 

El año pasado también estuve con Elliott Sharp, él iba a ir a un concierto que teníamos con Susan Alcorn, pero no pudo ir y al día siguiente me mandó un mensaje invitándome a su estudio. Esto fue gran experiencia, estaban ahí todas sus guitarras, algunas que había escuchado de  grabaciones en cassette muchos años atrás. Yo le mandé un disco a Elliott y él me hizo una cierta cantidad de preguntas respecto de este, lo escuchó y en el fondo eso lo hizo invitarme a su estudio y querer conocer en realidad, qué pensaba un chileno respecto de esto.

Este tipo de encuentros con gente notable, personas que uno admira, son sin duda significativos, son historia viva de gente con la que puedes intercambiar ideas, no es un encuentro de fan o groupie, es un encuentro a través del arte, una reunión de personas que crean. Se borran esas construcciones y barreras que pone el mercado de la música en la visión de artista y fan, en la cual la única relación es que uno compra los discos y paga las entradas para ver el concierto de un artista, mirándolo desde lejos, una visión musical totalmente capitalista. La improvisación es otra cosa, es anticapitalista, es política, es mutualismo, es totalmente lo que el capitalismo no quiere, por eso es fascinante como forma de vida y como forma de arte y en hechos como este se comprueba. 

Muchas gracias Toto y suerte en todos tus proyectos

https://totoalvarez.bandcamp.com/

Ilse Farías
Foto en el texto: Douglas Lowinger 

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