La sombra de la convicción: Gabriel Boric a ras de piso

El diputado no esquiva las dudas ni elude la autocrítica.
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Si es que cabe llamar entrevista a un informal encuentro lubricado con cerveza que tuvo lugar en el suelo de mi dormitorio slash taller, diré que Gabriel Boric llegó a esta entrevista con una gorra de Gatillazo y que se demoró menos de dos minutos en hablar del concierto de Pearl Jam en el San Carlos de Apoquindo. Conversar sobre música entusiasma al magallánico. Pasa por los Beatles y Johnny Cash, por Inti-Illimani y Violeta Parra, por Metallica y Megadeth, por Lady Gaga y Alex Anwandter, por Callejeros y los Redondos, por Niño Cohete y Pupila Spectra, por Radiohead y Pink Floyd, por Shostakovich y Arrau. Cliente asiduo del Portal Lyon, reconoce que nunca puede comprarse un solo disco y que su formato de preferencia es el CD porque le parece práctico y no tan caro como los vinilos, de los que aun así tiene "una rica colección" que le regaló su suegro, el ex diputado y ministro Luis Maira.

Si existen los universos paralelos, hay uno donde Boric es cantante y no político: "Una gran frustración de mi vida es que nunca logré tocar instrumentos. Lo intenté y nada. Igual tuve una banda, yo era vocalista... ¡un vocalista como el hoyo! (risas). Tocábamos puros covers, éramos súper pendejos. Nirvana, Korn, el primer Blink. Y me echaron sin avisarme. La clásica: llamé a la casa de uno de mis amigos y caché que estaban ensayando sin mí". El ex dirigente estudiantil es el único diputado de la República capaz de analizar comparativamente a Fiskales Ad-Hok y Los Miserables: "La primera tocata que fui a ver, en el gimnasio de una iglesia, fue una de Fiskales, y terminamos tomando chela con Álvaro España. Creo que el "Traga" es un disco honesto que representa una desafección con la sociedad que se estaba construyendo, una rabia muy pura. Aunque prefiero a Los Miserables porque tienen un rollo más político. El homónimo de Los Miserables es un discazo. La letra de 'El origen de la violencia' es muy lúcida". 

Aunque la música lo emociona, mantiene su espíritu crítico: "Me cargan los dogmáticos, los que se atribuyen el rol de guardianes y que son los primeros en chaquetear a los artistas cuando cambian. Con Nano Stern y su último disco, que es más rockero, aprendí que ese tipo de público no permite ninguna innovación. Quieren que el artista sea igual a cuando lo conocieron". Tampoco mira con buenos ojos al rockismo: "Hay un grupo de gente que escucha rock y siente un desprecio brutal hacia otras formas de expresión igualmente válidas. Cuando ustedes pusieron en portada a Camila Moreno y empezaron a decirles "Popaxis" y a quejarse, a mí me pareció inaceptable. Qué chucha se creen". Por sus predilecciones, tiene malas experiencias con los apóstoles del buen gusto: "Me pasa con Blink-182. Tú dices que te gustan y piensan que eres un ahueonao, pero nunca han escuchado el "Dude Ranch" o el "Cheshire Cat". Yo creo que no puedes negar otras experiencias que no sean las tuyas. Eso le pasa mucho a los rockeros dogmáticos, esperan siempre lo mismo, son aburridos. Si te sales un poco de su canon, terminas exiliado del grupo".

No todo es paja en el ojo ajeno. Boric tiene plena conciencia de sus pecados como auditor. De tanto indagar en la música que ama, un espacio muy personal por mucho que sus preferencias sean de conocimiento público, deja caer las defensas y permite escuchar la voz de la autocrítica que habita en su fuero interno. Todo a propósito de un pasquín: "Me pasaron un fanzine (se refiere a Cuadernillos de Referencias Discográficas o CRF Zine) con 28 recomendaciones de discos y no cachaba a la mayoría de las bandas, entonces empecé a explorar y me di cuenta de que desde hace un tiempo he estado escuchando la misma música todo el rato". Como ambos tenemos 32 años, le comento que más o menos a esta edad, según varios estudios, la gente deja de buscar música nueva. "Es un signo inequívoco de envejecimiento", responde. "El envejecimiento no tiene necesariamente que ver con la edad. Tiene que ver con tus costumbres y con cómo te acostumbras a tus costumbres, cómo no sales de ellas".

Aquí se nos empiezan a mezclar los tópicos. A raíz de su pasión por la música y de los hábitos que se arraigan, hablamos del centro cultural que fundó en Punta Arenas y de cómo ese lugar intenta corregir una pésima costumbre política. "Siempre veía que las oficinas de los diputados eran lugares burocráticos donde la gente iba a pedir cosas nomás. Clientelismo institucionalizado. Cuando fui electo, una de las primeras decisiones que tomamos fue hacer un espacio cultural. Arrendamos una casa grande que antes era un café cultural y le pusimos La Idea. Se llama así por la forma en que los sindicalistas de la época de Recabarren se referían al sindicalismo para que no los pillaran. La Idea ya lleva cuatro años, es un espacio para hacer tocatas, exposiciones, talleres de go, de reiki, un preuniversitario...  Han habido caleta de bandas punk, batallas de rap, peñas folclóricas y harto rock". 

Según admite, no es fácil remediar clientelismo con actividad cultural: "Tuvimos un quiebre con las organizaciones acostumbradas a pedir cosas, pero, por muy loables que sean sus fines, nosotros no entregamos aportes en dinero ni en especies. Lo que tenemos es una oficina con un compañero que es trabajador social y se encarga de conectar a los que necesitan esa ayuda con los organismos del estado pertinentes". Se trata del modelo de sede que espera que emulen otros militantes del Movimiento Autonomista. A cambio de gratificación instantánea, ofrece un proyecto a largo plazo: "Tenemos que generar redes de organización. Sin redes, empiezas a hacer política en función de captar votos solamente, algo que muchas veces se hace con plata del Congreso. Los que rondaban la política tradicional se alejaron, miraron con mucha distancia lo que hicimos, pero por otro lado abrimos una puerta a otra gente que no estaba ni ahí con la política o que desconfiaba mucho. Toda la escena artística, gente que no necesariamente está de acuerdo con nosotros, pero sabe que nosotros entregamos un espacio para la organización y la difusión". 

Noto dos facetas en Boric. Hay un político que defiende su obra y un tipo que siempre piensa que podría hacerlo mejor. Ambos se mezclan, se atropellan, se ayudan, se complementan. Cuando explica la misión de La Idea, el fervor lo lleva a combinar voces, a hablar desde el orgullo y desde el inconformismo: "Hay que hacer acciones concretas y qué más concreto que tu espacio y tu oficina. La Idea ha sido clave porque la pega de diputado es muy hostil. El parlamento es una cueva súper oscura. Lo único que me provoca un conflicto es que para los músicos tocar es un trabajo y nosotros no podemos pagarles porque no cobramos entradas. Lo que nosotros ofrecemos es el espacio, los equipos de sonido, la difusión, toda nuestra ayuda para visibilizarlos, pero no podemos pagar y yo sé que es peludo vivir de la música en Chile. Es peludo incluso para artistas consagrados, y en regiones es peor. Hay mucho talento de regiones que no se conoce en Santiago y a mí eso me provoca frustración".

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Hermana duda


Antes de reunirme con Gabriel Boric, me pegué una maratón de YouTube con sus innumerables apariciones televisivas. Lo que más resonó conmigo fue verlo citar y parafrasear a Albert Camus para referirse a un tabú entre los políticos: la duda. "Si existiera un partido de los que no están seguros de tener razón, yo estaría en él", dice una de sus frases seleccionadas. "La duda debe seguir a la convicción como una sombra", versa otra. Creo que es lo más inteligente que le he visto decir a un parlamentario en toda mi vida, aunque no sé si sea mérito de Boric. Sospecho que el pobrísimo nivel intelectual de nuestros políticos hace que la más mínima pizca de reflexión parezca brillante. Así habla una excepción a la regla: "Camus es mi autor de cabecera. Lo que plantea sobre la duda es fundamental, es mi principio, mi leitmotiv. Tengo convicciones y las defiendo, pero tengo que estar dispuesto a cuestionarlas, o si no, me vuelvo una máquina, un robot que pierde el sentido profundo de lo que hace". 

Corren tiempos que refuerzan su impresión: "La duda para mí adquiere un valor intransable, particularmente ahora en que las posiciones parecen tan cerradas, hay tanto fanatismo, tan poca disposición a escuchar el argumento contrario. Tampoco se trata de caer en el otro extremo, en el relativismo, porque obviamente hay cosas que son indiscutibles, pero pienso que la izquierda ha dudado muy poco y es uno de los motivos por los que terminan yéndose a la mierda los procesos. Hay que ser crítico, es fundamental". No le importa que sea una opción impopular: "Hacer política pensando así cuesta el doble porque implica estar muy concentrado y plenamente consciente, es hacer un esfuerzo por preguntarse por qué uno está haciendo o diciendo algo. Además, dudar está mal visto. Yo reivindico el derecho a cambiar de opinión en función de argumentos, no de intereses. Si estar equivocado toda tu vida y defenderlo es ser consecuente, yo no quiero ser consecuente, prefiero pensar, prefiero dudar". 

Lo que sí tiene claro es dónde quiere llegar: "Está la sociedad utópica que imagino. Yo soy socialista en lo político, obviamente no del partido, y me imagino una sociedad sin clases sociales y trabajo para eso, que es una utopía. Como decía Benedetti, citando a otro escritor (nota: se refiere a Eduardo Galeano citando al cineasta Fernando Birri): "la utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que camine nunca la alcanzaré. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar". No es que andemos vendiendo pomadas, ni que prometamos el paraíso para mañana, pero sí puedes avanzar hacia alguna parte y no solamente administrar lo que tenemos". 

Boric entiende que la ruta es pedregosa y zigzagueante, con peligros como ser absorbido por la clase política, como advirtió Gabriel Salazar. La palabra del sabio historiador es tomada en cuenta: "Es razonable plantear ese miedo. Para mí es una amenaza real porque no me siento superior moralmente al resto. Es bueno tenerla en cuenta para evitar que suceda. Salazar tiene el rollo de creer que levantas una piedra y hay una organización social, pero eso no ocurre permanentemente, son cosas que hay que empujar desde todos los espacios. Cuando decidimos postular al parlamento, en el mundillo de la izquierda universitaria nos decían lo mismo que Salazar. No fue una decisión obvia, para nada, pero hay que dar la pelea desde ese espacio, no concedérselo a los de siempre para que hagan lo que quieran. Nosotros podemos hacerlo diferente. Y si nos equivocamos, corregimos". 

Cuando le comento que el Frente Amplio me parece un work in progress, asiente: "Lo es, y corremos el riesgo de convertirnos en lo que hemos criticado, y siempre lo tenemos presente, parlamentarizarnos, acostumbrarnos, transformarnos en lo que Lenin llamaba “cretinismo parlamentario”, entrar a los pasillos del poder y empezar a macuquear y marearnos y salirnos del mundo social. Por eso es importante que exista una renovación permanente de los liderazgos, nosotros tenemos un compromiso firmado por todos los parlamentarios del FA de no ir por más de dos períodos, uno no puede volverse imprescindible". Asimismo, piensa que la política no se puede tornar indispensable para una persona: "El parlamento tiene algo que te va achatando, te arriesgas a volverte dependiente de la política, te anquilosas. Una vez, le pregunté a un político si iba a la reelección y me dijo "pucha, qué más voy a hacer, soy ingeniero eléctrico y no ejerzo hace años". Ahí dije "chucha, no quiero eso". No quiero depender de la política para vivir".  

Las autocríticas de Boric no se restringen a su actuar público, sino que también abarcan instancias de su vida privada que poseen una dimensión política: "Yo no nací feminista ni me atrevo a decir que lo soy plenamente hoy en día, pero el movimiento feminista me hace mucho sentido porque te cambia los lentes con los que miras la realidad y realmente es un nuevo lenguaje, hace que te cuestiones, que te des cuenta de la cantidad de actitudes y comportamientos machistas que tenemos naturalizados en nuestro cotidiano. La gente entiende la violencia machista como matar o pegarle a una mujer, pero la violencia es más que eso. Está en el rol que se le asigna a la mujer por su género, asignas un rol y niegas otro, el hombre está en posición de dominio y privilegio, pero también es víctima del machismo, de esa idea de que no podemos llorar, de que hay que ser siempre fuerte, la idea del proveedor, de no poder tener una relación de cariño físico con tus compañeros o compañeras, eso de que lo frágil es femenino y lo fuerte es masculino... Hasta hace muy poco, yo decía "qué niñita" en términos despectivos. Son cosas que uno ni piensa". 

Ni siquiera las pichangas que juega como wing derecho, ni su fanatismo por la UC, quedan fuera del mea culpa: "El machismo restringe la libertad y el feminismo la expande, tanto para mujeres como para hombres. Yo soy muy futbolero y durante mucho tiempo dije que jamás iba a jugar fútbol con mujeres, y ahora estoy en un equipo donde tenemos una compañera y jugamos todos los domingos y es un orgullo poder tenerla. En el fútbol está lo que más me sorprende, que era evidente y estaba ante nuestros ojos: ocupar la palabra "madre" como insulto. ¿En qué momento se nos pasó esa hueá por la cabeza?". Con todo, reconoce en el fútbol un espacio necesario: "Fomenta la sociabilidad y el compañerismo, te hace jugar en equipo y trabajar colectivamente, algo que pasa poco porque estamos acostumbrados a un individualismo radical". Aunque resiente la eliminación de Rusia 2018, espera que del dolor saquemos lecciones en limpio: "El golpe que nos tocó fue una mierda, pero ojalá que nos haga bien para la conciencia colectiva, para no creernos el cuento. Fuimos pésimos ganadores, no estábamos acostumbrados a esa posición".

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La autonomía del autonomista


Pasan "Marquee Moon" de Television y "Horses" de Patti Smith. Conversando, a ratos se me olvida que la persona que tengo al frente es uno de los políticos más visibles y mejor evaluados de Chile. Lo que veo es un tremendo contertulio, un tipo entretenido y con harto cuento. Después caigo: Gabriel Boric tiene camionadas de carisma y desde luego eso lo favorece en un país que valora (y sobrevalora) la simpatía de todas sus figuras públicas. Intrigado, le pregunto cómo se mantiene a raya una personalidad tan grande como la suya en el grisáceo y adoctrinado medio donde se mueve: "Es un equilibrio súper peludo. La política es ser parte de un proyecto colectivo, y ser parte de un proyecto colectivo implica también un nivel de renuncia a la autonomía individual. Las ideas propias son sometidas a un grado de disciplina colectiva". 

Para graficar su punto, rememora su pasado como líder estudiantil: "Cuando yo era presidente de la FECH, era imposible condenar la violencia de las marchas, no estábamos autorizados a hacerlo y yo creía que era un profundo error. El 4 de agosto del 2011, cuando quedó la cagá y hubo una repre brutal, había que estar en las barricadas, pero también me parecía necesario criticar a los que llegaban a reventar a las marchas, a ese grupo de hueones al que no le interesa el proceso colectivo. Yo no podía hablar de eso públicamente porque había una discusión acerca de si la violencia era legítima o no, y a mí me parecía que eso estaba equivocado, pero tenía que renunciar a mi convicción". Pido un ejemplo más actual: "En las discusiones respecto a Venezuela, ponte tú, tengo una posición crítica de su proceso, una posición que es minoritaria incluso en el Movimiento Autonomista, aunque evidentemente no estoy con la derecha. A ellos no les importan los derechos humanos allá, sino que les interesa hacer un punto político. En casos así, es difícil plantear lo que pienso, pero uno tiene que tener cierta flexibilidad para poder defender lo que uno cree y respetar los acuerdos a los que se llegó. Es una de las cosas más difíciles de la política". 

Antes de indagar en el costo humano de la actividad que realiza, hace una aclaración muy válida: "No quiero victimizarme, porque ser parlamentario en Chile tiene un nivel de privilegio absurdo. No puede ser que ganes más de 35 veces el sueldo mínimo, no puede ser que ganes nueve palos, eso te desconecta de la realidad de Chile. Pero yo no soy un outsider, estoy haciendo política en el parlamento y estoy orgulloso de eso. Me hace sentido la pega, me llena dar las peleas que estamos dando y hay mucha gente que lo valora". Establecido el punto, enumera una serie de escenarios estresantes: "Tienes que tragarte la mala onda en Twitter, que es una locura, con una violencia ridícula, y de repente mala onda en la calle. El tema del tiempo es un desorden total porque si quieres hacer bien la pega tienes que reventarte trabajando. En todo el espectro político hay parlamentarios que hacen bien la pega, y yo me imagino el daño familiar de eso. Con hijos, no podría tener el ritmo que tengo, a no ser que deje a mi compañera haciéndose cargo de la cría común y eso es inaceptable desde una perspectiva feminista. Con mi polola llevamos como tres años y medio, y ha sido súper difícil. Ella vive en Estados Unidos, pero ahora vuelve después de cinco meses, entonces me exigió que pasemos un par de días juntos enteros, que es algo súper razonable y que nunca podemos hacer, muy pocas veces tenemos tiempo juntos. Cuando ella estaba acá, yo iba a Valpo de martes a jueves y a Punta Arenas por lo menos dos fines de semana al mes, cachai". 

Trato de ponerme en su lugar y lo primero que visualizo es una crisis nerviosa. Para Boric, algunos gajes del oficio ya son motivo de talla: "Si estoy en un bar y alguien me pide la típica foto culiá, después miro los comentarios y siempre hay un hueón diciendo que tomo con la plata de sus impuestos. Estoy permanentemente expuesto a cahuines, a que todo el mundo tenga una opinión de mí, desde si lo hice mal en la Cámara hasta si estoy guatón. Nunca falta el que dice (pone voz burlona) "está wena la dieta parlamentaria". Conchetumadre, quién te metió ficha". Después de reírme a carcajadas, y sin querer emitir un juicio, sino como la eminencia en kilos de sobra y hábitos caóticos que soy, le digo que asocié de inmediato su grosor con sus respuestas de Whatsapp en plena madrugada. Admite que tienen que ver y se explaya: "Engordé quince kilos, desordenado total, aunque en realidad yo siempre fui particularmente desordenado. En la U, nunca me acosté la noche anterior a una prueba con la tranquilidad de haber estudiado, de cerrar el cuaderno y sentirme listo. Siempre estuve hasta última hora repasando el final, pasando de largo".

Mientras estudió Derecho en la Chile, nunca se vio como abogado: "Estando en la carrera, no me imaginaba ejerciendo en tribunales, litigando, qué paja. De hecho, yo no me titulé ni estoy pensando en titularme, no me quiero dedicar a ser abogado nunca. Tampoco a ser político. Entonces cuáles son mis alternativas. Una es terminar la carrera: yo egresé, hice la práctica, me faltó el examen de grado y hacer la memoria. Pero a mí lo que me gustaría realmente es escribir, ése es mi plan, pero yo le tengo un profundo respeto al oficio, entonces no creo que sea una cuestión de llegar y hacerlo. Yo podría escribir un par de poemas y publicarlos "porque yo soy yo", pero qué barsa, qué poco respetuoso. Cuando termine este período, no voy a ir a la reelección. Hay una posibilidad del Senado, pero para eso falta mucho todavía y no es algo que me vuele la cabeza. Lo que sí quiero hacer es dedicarme dos años a tratar de escribir en serio. Quiero hacer un libro de ficción, una novela". 

Boric sabe que podría escribir la mejor novela de la historia y que sus actuales detractores lo rajarían igual: "Es parte de estar expuesto. La gente tiene una opinión sobre ti y no la cambia independiente de lo que hagas". Le pregunto si dedicarse a escribir por dos años es una forma de reclamar la autonomía a la que renunció por la política. Me contesta con un dejo de sorpresa: "Tiene un poco de eso, no lo había pensado desde ese punto de vista... Sí, es cierto. Es salir de la sobreexposición también. Estoy súper secuestrado, me he perdido miles de cosas. Siento que en escribir hay mucha libertad. Si uno logra despercudirse de sus propios prejuicios, en la literatura hay un mundo desconocido en el que puedes inventar algo. Pasa en el arte en general, pero el lenguaje en sus diferentes dimensiones quizás es la expresión más pura de la libertad. Por eso la educación es importante: porque manejar más palabras te permite ser más libre, tu pensamiento se expande porque uno piensa en palabras, no piensa en abstracto. Leer y escribir son espacios de exploración de la libertad muy poderosos. Me motiva mucho la idea de dedicarme a eso y salir un rato de la contingencia, de la pelea cotidiana. Lo necesito". 

Su segundo período como representante de Magallanes y la Antártica Chilena dura hasta el 2022. Antes de sacar al, esperemos, Raymond Chandler que lleva dentro, tiene definido otro plan editorial: "Voy a escribir un libro sobre política. Una de las críticas a nuestra generación que me parece acertada es que llegamos el 2011 con una moral refundacional, como si hubiésemos partido de cero, pero yo creo que es importante que nuestra generación se enraice en la tradición de la izquierda chilena. Entonces quiero hacer un libro que se va a llamar "Diálogos Generacionales", que son conversaciones con diez personajes, entre hombres y mujeres de la generación del 60, del 70, o sea, viejos a los que no les queda mucho rato y que tuvieron algún rol en política antes de la dictadura". 

El cruce le parece fundamental: "Hay que encontrar ese vínculo entre generaciones que no se hablan políticamente. Después de la dictadura, hay un quiebre demasiado grande, nosotros no tenemos ningún diálogo con la generación de los 90, el mundo de Peñailillo, de Elizalde, que son políticos a los que vemos con mucha distancia, y menos para atrás. Efectivamente hay una pulsión generacional de que "aquí venimos nosotros y la llevamos y las sabemos todas", cuando en realidad no es así". Su fin es hacer una mejor política: "Tenemos que estar conectados con la historia. Creo que esa puede ser una contribución, siento que una parte de mi pega es pensar, no solamente hacer leyes. En el mundo consumista e individualista chileno se piensa que la política es hacer, hacer, hacer y el pensar está muy de lado, no se valora, no se reconoce. Yo no me siento un gran pensador ni particularmente inteligente, pero creo que puedo aportar". 

Su bullada participación en la Mesa de Infancia de La Moneda responde a un impulso similar: "Hay temas donde tenemos el deber de ponernos de acuerdo. No podemos estar todo el día agarrándonos a pollos mientras los cabros del Sename están pa' la cagá. No podemos dejar de enfrentar esa situación por hacer un punto político o infligirle una derrota al gobierno. En el tema de la infancia, obviamente tenemos diferencias profundas, como la edad para imputar a los menores, pero hay cosas donde sí puedes abordar las diferencias porque no son tan estructurales. El sistema de las residencias, las familias de acogida, una política integral para la infancia; todos son temas que se pueden resolver, pero tienes que sentarte a conversar con el que piensa distinto, o si no, vamos a estar todo el día siempre peleando nomás. El trabajo que se hizo en la Mesa de Infancia fue serio, responsable y, si continúa bien, va a tener efectos concretos en la vida de los cabros". En el fondo, Boric siente que ser diputado también requiere corazón: "Nosotros tenemos que hacer una política donde sea importante querernos, no descuidar la humanidad que está en nosotros por culpa de una promesa, de un paraíso. Eso tenemos que mantenerlo a toda costa. Si la política no tiene esa dimensión esencial en nuestro accionar, vale callampa, es puro jugar Monopoly".

Andrés Panes

Fotos: Ignacio Gálvez

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