La niña que saltaba encima de los libros

Una conversación a fondo con Camila Moreno
La niña que saltaba encima de los libros

Sin amarras, Camila Moreno habla sobre derivas continentales, despedidas, música, política, arte, infancia y maternidad en una conversación que busca aclarar de qué se trata su proyecto Pangea y por qué se retira temporalmente de los escenarios.

Por Andrés Panes

Hay simbolismo, si se busca, en el lugar donde transcurre este encuentro. Estamos con Camila Moreno en un mall ubicado en la Avenida Consistorial de Peñalolén, cada uno con su vaso verdiblanco después de comprar en la sucursal de una famosa cadena estadounidense de cafés donde acordamos juntarnos. Apenas nos atienden, salimos del local y subimos por la escalera mecánica al segundo nivel, donde hay bancas al aire libre en las que se puede tomar lo que va quedando de sol antes de que se instale el frío, además de suficientes juegos infantiles como para que un niño se entretenga por bastante rato. De hecho, el hijo de la cantautora viene aquí, cuenta ella, porque todo está diseñado a pequeña escala, acorde a su tamaño. Luego hablaremos más sobre maternidad e infancia, guiados por los dos asuntos en los que vamos a detenernos: primero, Pangea; segundo, la pausa de su actividad en vivo. A partir de ahí, el diálogo se inclinará hacia la oscuridad del sistema, encarnada en sitios como este centro comercial, y en los pequeños reductos por donde entra luz, como esta suerte de patio.

Camila Moreno lleva un buen rato anunciando Pangea. Presentó el nombre en enero del año pasado, cuando dio en el Teatro Oriente un sobrecogedor concierto que ahora es un disco en vivo y la base de un DVD. También llamó así a su banda y a una serie de proyectos más, así que la pregunta inicial es corta y directa: ¿qué es Pangea? La respuesta irá develándose a lo largo de la conversación, aunque, si es por resumirla, sirve la imagen de una bola de nieve que aumenta de tamaño en su imparable trayecto: "Pangea es un concepto que siempre me ha gustado, desde que soy chica. Me empezó a pasar mucho que la gente que iba a verme en vivo me decía "tus conciertos no tienen nada que ver con tus discos, son súper distintas las experiencias", sobre todo estos últimos tres o cuatro años. Eso se acentuó porque la banda, los cabros con los que trabajo, empezaron a tener mucha más propiedad y roles mucho más empoderados dentro del proyecto, y yo también dejé que ellos tomaran las canciones y las hicieran suyas y las destrozaran, que hicieran cosas nuevas. Hubo un trabajo más colectivo que personal en el montaje de los shows en vivo, entonces me di cuenta de que ese trabajo no tenía que ver con mi soledad, y me vi en la necesidad de registrar eso, de registrar los shows en vivo, de registrar lo que estábamos haciendo porque había muchos momentos de improvisación y de canciones que se alargaban y se convertían en otra cosa. A partir de eso vino el show del Teatro Oriente, que llevaba el nombre Pangea, y así llegó la necesidad de hacer un documental que registrara también en video el show en vivo y que tuviese un poco de relato, de contexto".

Pangea tiene raíces profundas: "Me persigue desde que soy niña porque mi papá me contaba cuentos que ocurrían en Pangea. Cuando era chica, llegaba la noche, llenábamos la cama de dinosaurios y monitos y arbolitos y nos poníamos a inventar aventuras que ocurrían en un espacio llamado Pangea, y siempre había dos personajes, un dinosaurio y un niño mapuche. Yo era muy fan de los dinosaurios, era muy fan del mundo indígena, del mundo mapuche, lo sigo siendo porque estoy muy interesada en la relación del humano con la naturaleza, en tener una relación coherente con el entorno. Entonces me vi en la necesidad de retratar ese espacio de Pangea, que aparte de ser un proyecto musical concreto, también tiene un lado que es más imaginario, más de la infancia, un lado fantasioso, aunque me cuesta llamarlo así porque le quita peso y realidad. De ahí nació un cortometraje en stop motion que retrata una historia que, en verdad, es una adaptación de mis recuerdos de niña, un guión sobre una dinosauria que se encuentra con el Niño del Cerro El Plomo".

Como en una cadena creativa, una idea llevó a otra: "También empezó a estar muy presente la necesidad de dejar de tocar en vivo, de parar un rato, de poder sumergirme en otras cosas, como lo que te estoy contando, como en el corto, como en el documental, y nació la idea de hacer un libro que fuese un compendio de toda mi carrera en cuanto a las letras, a la poesía, que para mí es súper importante, quizás a veces tan importante o quizás más que la música. Me llegó el ofrecimiento de hacer un cancionero y finalmente decidimos hacer un libro objeto donde la gente se pueda meter a mis cuadernos junto con mis dibujos, las letras a medio escribir, todo como un borrador. Después me junté con Félix Vega, que es el escritor de cómics más bueno que hay, soy su fan, es el autor de "Juan Buscamares", y resulta que Juan Buscamares es el Niño del Cerro El Plomo, está todo conectado. Y Félix Vega leyó el guión del cortometraje de Pangea y le encantó y quiso hacer un cómic de mi guión del cortometraje, ahí nació la idea del cómic de Pangea, de la historia de la dinosauria. De distintas maneras se fue armando este súper mega proyecto que tiene que ver con cerrar un gran ciclo, una gran etapa, y tiene que ver también con sacar afuera muchos aspectos que a mí me interesan de las artes, no sólo de la música. Eso. Es cien por ciento un proyecto colectivo, cien por ciento un proyecto que me tiene demasiado contenta, y ahí también estuvo el nacimiento de este disco doble donde está el disco en vivo que grabamos en el Oriente, el volumen uno de Pangea, y está el volumen dos, que es como el libro, es un disco de basuras reunidas, un compendio de cachureos con canciones que no quedaron en “Mala madre”, ideas para guitarra y voz sin nada más, el demo de ‘Julia’ que sólo tiene piano o el primer tema que hice. Cosas de todos los tiempos".

Incluso existe la posibilidad de expandir Pangea: “Podría llegar a ser un sello también. Finalmente es un concepto en el que caben demasiadas cosas, pero todo nace de mi infancia. Tengo la sensación de que uno empieza a olvidar los espacios donde el tiempo se detiene cuando uno es niño, donde uno se mete, donde uno existe en ciertos universos. Cuando juegas, te metes en un universo, en este caso el de Pangea, y existes ahí dentro. Yo me acuerdo de que me golpeaba la cabeza tratando de meterme dentro de los cuentos, mi mamá me pillaba con un libro en el suelo y yo saltando encima para tratar de meterme. Soy fanática de “La historia interminable” de Michael Ende por eso, porque Bastián es parte de la historia de Atreyu. Me gusta la posibilidad de abrir una grieta en la realidad y meterme adentro de otra realidad, de una realidad que no tenga que ver con la adultez porque la adultez todo lo endurece, todo lo concretiza".

A un par de metros de donde estamos, un niño juega con su padre. La escena nos da pie para ahondar en la infancia: "Con mi hijo, me he ido en la volada de pensar en lo fuerte que es la responsabilidad de mostrarle el mundo a un ser humano, es brígido. Uno solamente ve el mundo a través de un cristal y ese cristal te lo dan los padres en la infancia. Mi viejo me hablaba mucho de los indígenas, y mi rollo político es porque mi familia Moreno es súper de izquierda. Yo jugaba con mi primo a un juego que se llamaba Pinochet Asesino, matábamos militares con escobas, o sea, había un imaginario familiar que estaba incluido en nuestro juego, que tenía que ver con la política, con los indígenas, con los derechos humanos, con la música, con Sinéad O'Connor rompiendo la foto del Papa, con la extravagancia de Björk, con la irreverencia de Charly García, con lo multidisciplinario del trabajo de Violeta Parra, con escuchar a Rage Against the Machine y después a Mazapán sin que fuese raro. Eso existía en las influencias de mi infancia. Todo eso forja una identidad en una persona y genera una sensibilidad. Yo lo agradezco mucho porque me doy cuenta de que hay gente en Chile que no tiene opinión política o no tiene un contexto político, lo encuentro terrible. Son todos tibiones. Cuando uno no tiene identidad, historia ni contexto, no tiene ningún lugar donde edificar un discurso, un concepto, un imaginario".

El padre del que habla es Rodrigo Moreno, periodista y realizador de "El show de los libros", entre otros espacios televisivos, acaso su primera influencia, mezclada en Pangea con otras que llegaron después, como la genial Cecilia Vicuña (“mi maestra en la poesía y la performance en los últimos años”), su coautora en ‘Máquinas sin dios’, con quien, además, comparte la fascinación por el simbolismo del Niño del Cerro El Plomo. De pronto, todo lo que hacía Camila Moreno empezó a tener relación con el concepto de Pangea: "Estaba leyendo “M Train” de Patti Smith y ahí ella cuenta que era miembro de The Continental Drift Club, que era un club secreto de científicos, artistas y millonarios extravagantes. La membresía era anónima y ella tenía un número, el 23. Como una actividad de este club, Patti Smith cuenta que le mandó una carta a la familia de Alfred Wegener para fotografiar sus botas. Me puse a investigar quién era Alfred Wegener y resulta que es el meteorólogo y geofísico alemán que generó la teoría de la deriva continental y acuñó en la historia el término Pangea. Me encanta que pasen ese tipo de cosas, creo que así es la vida cuando uno encuentra algo, cuando todo empieza a hablarte de lo que estás haciendo. Alfred Wegener era demasiado importante, era un revolucionario, el primero que pensó en la Tierra como un puzzle. Debe haber sido un hueón muy loco para su época, se murió en una expedición en Groenlandia y una de las cosas que me fascinaron fue que a la esposa le ofrecieron repatriar el cuerpo, pero ella dijo que no, que lo dejaran allá porque su amor eran las expediciones. Entonces, el corto de Pangea parte con el cuerpo muerto de Wegener en el hielo de Groenlandia descomponiéndose. Que todo te hable de lo que estás haciendo es una señal de que encontraste una verdad, de que puedes transmitirla, de que puedes comunicarla".

El costado cinematográfico de Pangea hizo que el camino de Camila Moreno se cruzara con el de gente como el director Niles Atallah, la productora Tapel Papiz y "muchos animadores, porque es un collage". Al momento de esta entrevista, ya estaba resuelto el tratamiento visual y narrativo, a la espera de fondos para cubrir los costos de realización. Hasta ahora, la naturaleza colaborativa y multidisciplinaria del proyecto Pangea ha alcanzado su máxima expresión en conciertos que desarman, puestas en escena de inusitado poderío emocional y alto vuelo artístico. La cantautora tiene palabras para todos los que la acompañan sobre el escenario. Destaca las inclinaciones electrónicas de Iván González, el director de la banda; la inventiva de Diego Perinetti, quien publica en solitario como Pupila Spectra; la crudeza y la precisión de Gabriel Holzapfel, también batero de Adelaida; la prolijidad de Rodrigo Muñoz en el bajo. Aclara que Pangea incluye, además, a los que no se suben con ella a tocar, como el sonidista Juan Pablo Bello o la directora de arte Natalia Geisse. Nadie lo resume mejor que ella: "Yo sentía que era una isla que estaba haciendo música de una manera y llegaron otras islas y se generó un nuevo continente. Pangea es como la deriva continental a la inversa".



Camila Moreno anunció que dejará de tocar en vivo por un largo tiempo. No es la primera vez que considera el retiro: mientras presentaba "Mala madre", habló sobre un potencial fin de su carrera en el caso de que el disco rindiera por debajo de sus expectativas, dichos que hoy, con el álbum instalado en el cánon de la música chilena como el mejor lanzamiento del 2015, tilda con sorna como "comentarios desesperados". Su decisión de parar ahora tiene capas y capas de motivos que parten en lo íntimo: "Un factor que a mí me tiene muy cansada es el desgaste de todos los años que llevo en esto, que son hartos. Si no tienes un sello atrás y no tienes una agencia atrás, es súper difícil. Y más todavía si haces una música que no es complaciente y estás tratando de generar videoclips que sean raros y que sean incómodos. Todo eso suma dificultad. También el hecho de que yo empecé a trabajar después de parir, cuando mi hijo tenía dos meses, y lo llevé a todas las partes donde he tocado, hasta a Brasil. Ha sido duro porque no he querido destetarlo y dejarlo con relleno y que lo cuide no sé quién, es una decisión de la maternidad que ha tenido muchos costos. Es bastante inhóspito llevar una guagua a otra ciudad, a un hotel, a una pueba de sonido. Los ritmos son súper rapidos y al día siguiente te vas a otra ciudad, a otro hotel, a otra prueba de sonido. Es un trajín para adultos, no para una guagua”.

Aunque deberán ser pacientes y esperar años, sus seguidores pueden estar tranquilos: "La banda va a volver, a mí me encantan los escenarios, me gusta mucho tocar, sobre todo cuando tienes un público receptivo, es heavy, es orgásmico, es muy fuerte lo que pasa ahí y me siento muy cómoda en ese espacio. Lo que me carga y me agota es el desgaste previo y posterior a la tocata. La tocata en sí misma yo la amo y siempre la voy a amar, a pesar de que también es super desgastante porque yo me entrego cien por ciento a lo que estoy haciendo. Eso de tener una pata afuera, estar ironizando, andar pensando en otra cosa, mirar desde lejos o reírse de lo que uno hace me parece deplorable. Cuando estoy tocando, si me distraigo, me obligo a mí misma a meterme en el momento porque me parece que tocar en vivo es un ritual, es lo que queda del ritual, de lo que fue, de lo que fuimos como humanidad que tenía algún tipo de coherencia con algo. Cuando logras meterte y logras que el público se meta, suceden cosas muy mágicas que no se pueden replicar en otra instancia ni de otra manera".

Entre las capas y capas de motivos, también los hay de índole social y político: "Mi cansancio se complementa con la gran necesidad que siento de explorar en otras artes y con la desazón de cuando ganó Piñera. Siento que Chile se fue al carajo, pero es que al re carajo, y me quiero ir, me quiero ir porque no quiero que mi hijo tenga que vivir en un país donde hay un gobierno que se pasa todo por la raja. Me quiero ir mientras esté Piñera, me quiero ir de Chile, esa es mi intención, por lo menos irme de Santiago, pero de que me voy, me voy. Por eso el 2018 es un año de cierre de todos los proyectos".

Como a millones de chilenos, a Camila Moreno le duele pensar que, justo antes de que la derecha ganara las elecciones, había un clima político que permitía soñar con cambios. Su impresión actual es la opuesta: “El Frente Amplio tuvo mucha recepción y la Beatriz Sánchez sacó muchos votos, pero yo veo que ahora, en las redes sociales y en todo el mundo, los fachos salieron del clóset, y eso es súper violento. Hay gente hoy en día, en pleno 2018, avalando la dictadura, haciendo apología de Pinochet. Ese nivel de patetismo me da tanta pena y me da tanta rabia, que siento que no nos queda nada más, que ya nos metieron el pico en el ojo todos estos años, todos estos siglos desde la Inquisición. Ir a pegarle y escupirle a Kast es lo único que queda. Ellos no pescan, se pasan todo por la raja, pasan por encima de todos, hasta del parlamento. Cuando ellos quisieron algo, ¿qué hicieron? ¡Bombardearon La Moneda! ¡Hicieron desaparecer gente! Y no sé qué quieren, si ya tienen todo. Tienen el país tomado económicamente, políticamente, incluso moralmente. Hay gente que apoya a Kast en redes sociales y en YouTube. Si un hueón así saca el siete por ciento, este país se fue a la mierda. ¡Mira la ministra de cultura que tenemos!”.

Baraja irse a México o Canadá, aunque también conformaría con instalarse en el sur, en el terreno que compró, si tuviese los medios para construirse una casa. Además, quiere estudiar para perfeccionar sus conocimientos de producción musical. No sorprende que una persona que vive en una frecuencia creativa quiera irse de un país que oprime a la gente: “No puedo con este nivel de deshumanización, con todos los estúpidos hablando de feminazis. Tampoco es que avale todos los tipos de feminismo porque los extremos no son el feminismo, son estupideces de personas particulares que no representan a un movimiento, que ensucian al movimiento robándose la atención porque a todos les gustan los extremos. Yo hablo del feminismo, que es algo súper simple, es reconocer la desigualdad histórica entre hombres y mujeres. Yo no puedo caminar a las once de la noche tranquila por la calle, me da miedo, y no me da miedo que me roben el celular, cachai, me da miedo que me violen. Me enfurece andar dando explicaciones a la gente sobre una realidad tan obvia. Siento que Chile es un país obscenamente conservador, obscenamente de derecha. Siento que antes, saliendo de la dictadura, en los noventa, por lo menos había un poco de moral que los hacía quedarse callados”.

Camila Moreno sigue siendo la niña que saltaba encima de los libros: “Me quiero meter a otro cuento, este cuento se llenó de caca. Me tiene muy afectada, te juro que lloro en mi casa viendo las noticias de Chile y el mundo. Me duele todavía que existan detenidos desaparecidos, me rompe el alma, aunque no tenga familiares desaparecidos. Me rompe el alma que los pacos le hayan sacado la conchesumadre a mi viejo en dictadura, y eso que fue algo menor en comparación a lo que le pasó a otra gente. Son cosas que me siguen, que me quiebran, que me paralizan, y necesito saber cómo canalizarlo en algo. Cada segundo que pasa siento que es más importante tener una posición política en el arte, cada segundo que pasa me pongo más feminista y me pongo más crítica de esta mierda porque ya hasta cuándo, no se puede más”.

Aun así, entre las rendijas de la negatividad, vislumbra algo mejor: “A pesar de todo el pesimismo que estoy tirando (se ríe), estoy componiendo ene y tengo muchas ganas de partir en blanco después de despejar mi mente y mis emociones de lo que fue “Mala madre” y de lo que está siendo Pangea. Quiero generar otro concepto, algo nuevo. Siento que las canciones ya están ahí, esperándome. No es tan difícil saber lo que uno tiene que hacer, yo creo que aquí todos lo saben y nadie lo hace porque falta imaginación y falta relato. A nivel artístico, en Chile todos están en un lugar muy seguro. Después de la dictadura, este país quedó como un cemento, pero hay posibilidades de saltarse eso e ir a la tierra y sembrar cosas”.

Encuentra este contenido en nuestra revista.

Contenido Relacionado