Juan Cristóbal Guarello: Vencedores vencidos

"Están quebrando empresas, aumentó el desempleo"
Guarello

Juan Cristóbal Guarello es reconocido por su crítica perspicaz e incorruptible, que ha hecho carne en sus columnas muchas de las ideas que lo definen, tanto en lo profesional como en  lo cotidiano. Con una contundente carrera ligada al periodismo deportivo, donde entre otros reconocimientos ha recibido el Premio Nacional de dicha especialización en 2011, este año publicó su segundo libro en solitario, “Aldo Marín. Carne de Cañón”, la cautivante y valiosa biografía de un joven humilde, trabajador, empático, que un día se encanta con el sueño socialista y al poco tiempo se convierte en un soldado revolucionario, muerto no a mano del frío plomo de los militares golpistas, sino de la propia, por una bomba mal armada que despedazó su cuerpo en Italia. Conversamos con Juan Cristóbal sobre los detalles y las motivaciones que lo llevaron a construir este relato investigativo y novelesco de una vida corta pero intrépida, que además se sumerge en pasajes no contados del proceso histórico de los primeros 70 en Chile.

- ¿Cómo se llamaba la canción? No me puedo acordar...

Juan Cristóbal Guarello deja su café a un lado y se pone a escribir en su celular. “Es un dato que no sale en el libro, pero que te podría servir”, cuenta. Por más que trata de hallar respuesta por sí mismo, amparado en su memoria, no lo logra. Sí da una pista: “es una de la Nueva Ola... ¿cómo se llamaba?”. A los pocos segundos, le llega un mensaje por Whatsapp.

- ‘Morir un poco’, de Nano Vicencio. Esa era la canción favorita de Aldo Marín.
- Pensé que sería una de la Nueva Canción Chilena, más ligada a la UP.
- No, nada que ver. Marín era un tipo que venía de abajo, era de gusto popular.

La instrumental ‘Morir un poco’ quizás no sea una canción que venga inmediatamente a la memoria, aunque al escuchar el punteo de guitarra eléctrica interpretado por Nano Vicencio –que formó filas en dos bandas que forjaron el primer rock chileno, como Los Rockets y Los Larks– más el acompañamiento de su grupo The Telestars, puede que detone un recuerdo ligado a nuestros tiempos: la canción fue usada en la serie “Los 80”, específicamente en algunas escenas de clima dramático del personaje interpretado por Daniel Muñoz, Juan Herrera. En sintonía con otras canciones de la época, como ‘Sleepwalk’ de The Shadows o la inmortal ‘Te quiero’ de Pat Henry y Sus Diablos Azules (aunque con un cariz más triste por sus notas menores y hasta “cebolla”, si se quiere), ‘Morir un poco’ fue indiscutidamente un hit. Alcanzó el primer lugar en ventas según consigna la revista Ritmo, para mayo de 1967, y agotó cinco ediciones del single publicado en vinilo 7”, vendiendo la no despreciable suma de 65 mil copias. Incluso, algunas publicaciones señalan que despertó interés en EE.UU. Parte de esa popularidad pocas veces estipulada en la industria local se debió a que el tema fue parte fundamental de la banda sonora de la película del mismo nombre, dirigida por Álvaro Covacevich –compositor de la canción, dicho sea de paso–, y que antes de su estreno en Chile, recibió múltiples elogios en el extranjero. Incluso, la película se transformó en la favorita del futuro Presidente de la Nación, Salvador Allende, razón por la cual su director cree que, después del golpe de Estado, los militares hicieron desaparecer todas las copias disponibles, con la misma vehemencia, abyección y saña que lo hicieron con miles de compatriotas. Algunos, gracias a ciertos valientes que dieron la “pelea” en tiempos difíciles –como Fernando Guarello, padre de Juan Cristóbal–, pudieron ser salvados de ese martillo sangriento. Uno de ellos fue Aldo Marín, aunque su destino, de todos modos, ya estaba trazado.

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Luego de una novela de ficción basada en un hecho real (“Gente Mala”, 2014) y varios otros libros sobre fútbol escritos en coautoría, Juan Cristóbal Guarello inicio un trabajo investigativo que, en primera instancia, iba a centrarse en la vida de su papá, Fernando Guarello Zegers, abogado especialista en aduanas que, luego del golpe militar, tomó la temeraria y valiente decisión de  defender a los primeros presos políticos en los consejos de guerra llevados a cabo en los Tribunales de Justicia. Un “héroe invisible”, como lo describe Juan Cristóbal. Pero al toparse muy tempranamente con la historia del joven revolucionario Aldo Marín Piñones, su motivación cambió diametralmente. Un dato entre macabro y espectacular hizo que dejara en el congelador la idea de contar la biografía de su padre –“no soy yo el que la va a escribir, creo. No tengo la distancia suficiente”, se confiesa– para sumergirse por cuatro años en la búsqueda de Marín. “Lo primero que supe de él fue que había muerto en una explosión en Italia. No hubo mucho. El libro empieza con eso. No sabía nada más. Pero eso, precisamente, me hizo click. De ahí, todo era posible”.

La estremecedora historia de Marín, un desconocido muerto la noche del 4 de agosto de 1977 a raíz de una fallida explosión de una bomba en una calle de Turín, cuando intentaba un atentado contra el diario La Stampa, fue el detonante que capturó la atención del periodista, una vez superada la impresión. Una historia que llega a su conocimiento por su hermana, quien le comenta que la había contactado el hijo de Aldo Marín –del mismo nombre–, un tipo que en más de una ocasión se había topado en las casetas de transmisión de los estadios, ya que también ejercía periodismo deportivo, aunque desde la verada popular: “Él me cuenta que su padre había muerto en Italia poniendo una bomba, y que había sido evangélico. Esa contradicción la encontré muy interesante. Después nos juntamos y me contó más cosas, que su padre había pasado por Cuba, por ejemplo. Ahí me dije, aquí hay algo muy bueno, hay una historia que es digna de ser contada”.

Conversaciones con Aldo Marín hijo, decenas de entrevistas a familiares, conocidos, políticos, ex revolucionarios, e incluso viajes al extranjero fueron parte del curso que tomó la investigación para armar la historia fragmentada que tenía. Lo que descubrió no fueron solo los vaivenes y paradojas de un joven nortino, evangélico y de precaria situación económica que se encantó con la utopía de la vía chilena al socialismo, sino que, a raíz de esa anónima semblanza, se le manifestaron decenas de historias paralelas y similares a las de Aldo, los jóvenes olvidados por la historia formal. Los invisibilizados de los cuales no escriben los vencedores. Como la de su propio padre.

Los grados de separación de Marín con la propia biografía del autor podrían haber involucrado una trampa a la hora de escribir. ¿Cómo no involucrarse en el relato narrativo de un tipo que había sido salvado de la muerte –tortura y desaparición, lo más probable– por tu padre? Pero el libro, a pesar de construirse en base a la memoria y cuyo relato tiene la inequívoca pluma literaria de Guarello, toma distancia y en él se refleja una minuciosa investigación donde el autor fue verificando hechos que le habían sido revelados.

“Todo partió con cotejar si este personaje había muerto efectivamente en Italia, y qué se sabía de él. Me metí a la página del diario italiano La Stampa, cuyo archivo histórico está online. Ahí están las fotos e imágenes que salen en el libro. Eso me impactó y empecé a trabajar. Traduje los artículos, pillé el orden cronológico, conversé mucho con Aldo. Seguí con el Cementerio General, en Italia se me ocurrió entrevistar al jefe de la casa democrática en Italia, que acogía a los exiliados. Hice varias entrevistas, algunas que abrían una ventana y otras inútiles, que no aportaban nada. Así fue hasta que viajé a Italia con datos y contactos. Pero tuve mucha suerte... hay que tener suerte para encontrarse con alguien que te ayude. Hablar con Juan Rusque del Partido Socialista, me ordenó toda una parte de la historia. Otro testimonio, el de Jesús Anaya Rosique, mexicano, me ayudó a ordenar muy bien otra parte. Hablar con su hermano mayor, Juvencio, que es uno de los protagonistas principales y que falleció hace dos semanas (al momento de la entrevista). No fue al lanzamiento y ni siquiera sé si alcanzó a leer el libro. Es súper importante dentro de la historia, porque no sólo era pastor, sino que fue obispo evangélico. Bueno, las cuestiones empezaron a cuadrar. Así avanzó”.

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Carne de cañón

En el prólogo del libro, Guarello utiliza una descripción muy elocuente que le realizó el escritor Álvaro Bisama, cuando escribe que «Aldo Marín contaba la Unidad Popular desde la perspectiva de los olvidados, del pueblo llano, él salió a luchar sin egoísmo y de forma casi suicida. De los que, en definitiva, no tenían registro, los que apenas eran números para una causa. Y como él hay cientos, casi todos muertos, que tomaron el camino sin retorno de la revolución». Aldo Marín fue un olvidado. Un joven que desde muy temprana edad tuvo que salir a trabajar repartiendo leche en triciclo por las calles de Vallenar para ayudar al sostén de su familia luego de la muerte de su padre, que en 1970 se identifica con el proyecto socialista de Salvador Allende y que, luego de varias peripecias, llega a formar parte de la Brigada Elmo Catalán, brazo armado del PS (y escisión del ELN guevarista), abrazando la causa revolucionaria desde abajo. Una historia que se cuenta en detalle en las primeras páginas.

“Es muy heavy el proceso del olvido. La discrecionalidad de ciertos personajes que son rescatados y otros que son olvidados. Aldo Marín era memorable. Era un cabro, un soldado de la UP que andaba por ahí y que fue despedazado por una bomba en Italia. Es muy interesante como la historia rescata y desecha, y Aldo Marín era un desechado de la historia y de la memoria. No existía. Sólo en un par de páginas anarquistas italianas, todas basadas en el libro de Riccardo D’Este, las cuales son replicadas infinitamente. Nadie lo conocía, ni siquiera aquí. Acá fue rigurosamente carne de cañón, primero de línea. Como él, muchos. Todas historias muy interesantes, no tanto como la de Aldo Marín, aunque tal vez la del ‘Perro’ Castro –que fue parte del GAP–, un tipo digno de ser investigado, pese a que está completamente loco. En fin, había todo un mundo por descubrir. El no exilio oficial, los grupos que se entrenaron en Cuba, los ‘años de plomo’ en Italia…”.

Ese lado B de la historia de Chile, difusa sino oculta, se va reflejando permanentemente en las páginas del libro. En base de los datos en detalle sobre la vida de Marín, todas sus decisiones toman fuerza cuando Guarello contextualiza cada instante, y hace la intersección del relato biográfico con el relato social. “Ahí me salió el pecado del periodismo: traté de ser súper didáctico. Todo con contexto, traté de no dejar nada en el aire. Por ejemplo, tipo que nombraba, tenía que decir quién era. No tengo por qué suponer que el lector sabe lo que yo sé. Aunque igual algunos me dijeron que tuvieron que leer con Google al lado para cachar ciertas cosas, y eso que era súper claro, didáctico”.

Pero, por sobre todo, ese recurso literario resulta profundamente admirable, porque va construyendo una crónica de nuestro pasado, necesaria y urgente, en torno a ciertos ángulos de los mil días de la Unidad Popular que muchos han intentado olvidar. “Por ejemplo, la parte de la utopía armada en la UP, que ha sido analizada de manera súper poco seria. Está la caricatura de la historiografía de derecha, que poco menos que fue una guerra civil, lo que es una falsedad, un disparate histórico. Si hubiese existido ese ejército, entonces también hubiera existido algún tipo de resistencia real y no las escaramuzas que conocemos. Pero no, esa visión es tan ridícula, que dice que ‘la acción de las Fuerzas Armadas fue tan espectacular, que los grupos armados de izquierda no alcanzaron hacer nada’. Pero, a ver, analicemos el bombardeo a Tomás Moro: era una casa con 15 tipos contra dos regimientos militares que se demoraron 10 horas en tomársela, porque los huevones no se atrevían ni a entrar, porque realmente no eran tan eficientes. No hubo la ilusión esa que ‘oh, sí, fueron tan rápidos y descueraron a todos los ejércitos entrenados en Cuba’, porque no es así. De hecho, el MIR va a la embajada cubana a pedir armas y no se las dan. Es todo una fantasía: de la derecha está la alucinación del ejercito paralelo versus las FF.AA. inteligentes, arrojadas, lúcidas, implacables que lograron conjurar; y desde la izquierda está la negación total, el ‘no había nada’. Y sí había algo, pero que era una cosa más que nada retórica. Estaban los elenos que juntaron 80 personas, el GAP, el PC ni siquiera estaba armado, en el MIR el propio Pascal Allende reconoce que solo eran 80 militantes que estaban con armamento. O sea, al final no había nada. Pero hubo una construcción retórica desde la izquierda que socavó al mismo gobierno de Allende, y que al final terminó siendo muy dañina, porque calentó un ambiente anormal. Había grupos dentro de la UP que exacerbaban el discurso y la pelea, que tendían más a lo anormal que a lo normal. Y finalmente Allende quedó atrapado. Su propio sector se le quiso subordinar, entonces era muy difícil que su gobierno terminara exitosamente”.

El tesón del clavo enmohecido

En sintonía con la fascinación que tiene Juan Cristóbal en hacer analogías citando libros y autores, recurso que utiliza permanentemente en sus columnas y entrevistas, el impulso vital de Marín lo podríamos resumir en la primera estrofa del poema ‘Piu avanti!’ de Almafuerte: «No te des por vencido, ni aún vencido, / no te sientas esclavo, ni aún esclavo; / trémulo de pavor, piénsate bravo, / y acomete feroz, ya mal herido». La esencia del texto del poeta argentino, traducido coloquialmente, sería como “ir al choque pese a todo”. Luego de leer el libro, queda la sensación de que finalmente ese era el leitmotiv del joven vallenarino devenido en guerrillero, muy distinto a sus hermanos ya que, como consigna Guarello, Aldo era ‘la nota disonante en la familia’.

“Hay algo que dice su hermana Otilia, que también me llamó la atención: ‘él es un alma libre’. Un tipo hostil con el sistema por antonomasia. Fue hostil en Chile, en Cuba y en Italia. Alguien que iba a la contra. Por eso, finalmente deriva a esa idea anarquista porque, en el fondo, él subvierte todo tipo de orden establecido, que se explica por su entorno. Él le da un sentido a su vida, a toda su pobreza y todas las humillaciones que vivió desde niño. Al final, en Aldo Marín, como decía Umberto Eco sobre las Brigadas Rojas, hay un tema profundamente cristiano detrás: la reivindicación de la pobreza, el sacrificio, el martirizarse. Al final, es un evangélico devoto que cambia a un dios por otro, pero al final la forma y el fervor es el mismo. La forma de encarar la vida y el proyecto maximalista de la revolución mundial, es lo mismo. La revolución en Latinoamérica es puramente cristiana, da lo mismo la ideología. Hay una cosa que es profundamente cristiana, como una cruzada. No es lo mismo una revolución en Rusia que en Sudamérica. Muchos de los que participaron en las huestes revolucionarias habían participado en parroquias, como los Montoneros en Argentina, por ejemplo”.

“Hay cosas que no se pueden saber”, sentencia también el analista deportivo devenido en biógrafo, cuando se le consulta por más detalles para entender el fulgor subversivo de Marín. Pero Guarello sí da con ciertas luces que permiten bosquejar esbozos de la personalidad de Aldo. O, por lo menos, ciertas luces que guiaban su accionar. Una de ellas es su carácter apasionado, factor que le permitió llevar con estoicismo su doble vida: por un lado la familia y su amor por ella, y por otro la causa, con el fuego que le provocaba defender lo conquistado por la UP. «El revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor (…) Quizás sea uno de los grandes problemas del dirigente; éste debe unir a un espíritu apasionado una mente fría y tomar decisiones dolorosas sin que se contraiga un músculo», escribía el Che Guevara en 1965, una de las figuras rectoras de Marín.

“El revolucionario de por sí es un personaje romántico. Aldo Marín no tenía otro estilo de morir. Si no era ahí, era después. No sé si hubiera aguantado los 14 años de cárcel de Juan Paillacar en Cuba. O lo que hizo el ‘Perro’ Castro, que delató no más. Marín tenía pensamiento romántico… no sé cómo llamarlo… al límite. Amenazó con matarse si no lo dejaban casarse. Además era un seductor, encantaba a las mujeres: protegido de su abuela, muy querido por su suegra, fogoso con la esposa, e incluso en Italia, una compañera de armas declaró ante el juez luego de la explosión: ‘Solo me interesaba que Aldo me amara’. Es como la esencia del romanticismo violento. Muy valiente. Fue un tipo sin miedo, adicto a la adrenalina, al peligro. Cuando hago la comparación con el escritor Giangiacomo Feltrinelli (muerto también por una bomba y persiguiendo casi los mismos ideales que Marín), es porque también hay una cosa muy vanidosa de hacer las cosas. Una vanidad en ponerse a prueba, jugando con la vida. Ser la vanguardia de la historia”.

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La comparación puede ser burda, facilista y hasta fuera de lugar. Pero aparte del interés nato por la búsqueda de una buena historia que necesitaba ser contada, como nos ha dicho Juan Cristóbal por su inclinación –sino obsesión– a lo que le pasó a Aldo Marín. ¿Se había involucrado antes tanto por un personaje? “No, definitivamente no. Y no creo que lo vuelva a hacer”, dice firme. Esa “apropiación” del relato, a ratos, comienza a dibujar ciertos hilos rojos que predisponen al lector a unir al autor con el personaje de su obra, a percibir su simpatía, aún cuando no hay ninguna emoción exacerbada ante lo que se está narrando. Sin embargo, es muy difícil abstraerse de lo que también representa Guarello en el medio, por ejemplo, la tenacidad al defender ciertos ideales, la intencionalidad de subvertir el entorno, de «no renunciar a sentimiento básicos como la indignación ante el atropello y la cobardía», como decía el también periodista Rodolfo Walsh. Había entonces que hacer la interrogante más obvia.

- ¿Hay algo de Aldo Marín en Juan Cristóbal Guarello?
- Entre Aldo Marín y yo hay un abismo. Un abismo histórico y un abismo social, también. Esa es la verdad. No voy a cometer la osadía de ponerme en sus zapatos. Yo describo lo que los testigos me dijeron que vieron, así que no es que me identifique o no. Es un ser que tiene una distancia importante a mí. Todos los testimonios de este libro están grabados, yo no tengo nada que esconder acá. Sí fui cuidadoso con el lenguaje, pero jamás escondí los hechos. Siempre hay un peligro en hacer una biografía y no mantener la distancia suficiente como para que el lector decida. Al final, es una cuestión bien loca esto. Me acuerdo de Ignacio Agüero, que presentó un documental el 2008, “Aquí se construye”, donde mostraba cómo los barrios de Providencia y Ñuñoa iban desapareciendo por causa de las inmobiliarias. El documental tiene como personaje principal a un profesor universitario de biología, que le construyen un edificio gigante al lado. Y la verdad es que uno empieza a sentir empatía por él. Un día, le pregunté a Agüero si había establecido algún tipo de amistad con el personaje, que finalmente muere antes de que terminen de filmar. Y me dijo que no. En mi caso, como digo en el prólogo, a Aldo Marín nunca termino por atraparlo completamente, siempre para mí es una duda. Cuando lo imagino esa noche del 4 de agosto de 1977, como que veo las piernas no más caminando por la calle, no a él. Esas calles las visité, las revisé completas varias veces, y solo veo las piernas, me cuesta mucho verlo. Es siempre como un fantasma que va dejando impresiones, pero que nunca termina de ser atrapado completamente.

- ¿Hubieses escrito la historia de un extremista de derecha?
- Lo que pasa es que los extremistas de derecha son muy interesantes, pero quedaron casi fuera de acción después del golpe. Aparte, no sé, sería escribir la historia de Patria y Libertad. Ahora, los extremistas de derecha generalmente eran niños bien. No hay tantos, porque al final la derecha no necesitaba grupos extremistas: tenía al Ejército. Ya existen libros de eso, como “Memorias secretas de Patria y Libertad” de Manuel Fuentes.

- Pero, ¿no hay épica?
- Hay cierta épica, como cuando Roberto Thieme se escapa de Chile simulando un accidente aéreo. He hablado con él, es interesante, pero finalmente ellos ganan con el Ejército que se pone de su lado, con una maquinaria de exterminio totalitaria e institucional, que además venía gestándose hace años con la Escuela de Las Américas, porque los sistemas represivos del golpe de Estado de Chile son los mismos que en Argentina, Uruguay, Brasil. Hubo un sistema de control de guerrillas, que tiene su origen en las OAS francesas en Argelia, en fin. No hay mucho para avanzar por ese lado. No hay una historia como la de Aldo Marín. Además, no es algo que me apasione en este momento.

- Recuerdo una frase tuya, sobre Felipe Cuevas (ex Presidente de la Juventud UDI) hace algunos años, que llegó a Chile contando su detención en Venezuela como si fuese Nelson Mandela.
- Ah, es que fue huevón. Pasa que en esta época se puede hacer eso porque las redes sociales magnifican todo. Entonces, vas y hueveas un poco, te llevan detenido, ni siquiera te pegan, y cuando sales dicen que eres un mártir de la democracia. Anda a cagar.

- Mucha posverdad.
- Sí, mucho heroísmo de papel confort mojado. Felipe Kast hacía lo mismo, iba a Cuba y se ponía a gritar, lo detenían y después salía diciendo “me reprimieron”. Después tienes a José Antonio Kast, ese es muy vivo. Sabe que el electorado de centro nunca lo va a alcanzar, pero sabe que hay un electorado de derecha dura que está huérfano, que ni Piñera ni la UDI los cubre. Por el cosismo de Lavín deriva en un populismo de derecha que no los convence. Ellos responden al discurso “mano dura”, y Kast se quedó en ese nicho. No será Presidente, pero será una figura política importante con una masa de votos que va a condicionar y con la cual podrá negociar. Entonces, en la gira a las universidades, que no tenía nada que decir, fue a puro provocar y, por consiguiente, fue construyendo su propio relato de mártir. No es más que eso.

- Comunicacionalmente, ¿le falta a la izquierda construir relatos así?
- La izquierda tiene un problema grave, y es la hegemonía del Frente Amplio, porque no han sido capaces de configurarse como partido. Mi sensación es que el FA no ha salido de la universidad. Entonces, si se dividen internamente por la presidencia de la Fech… Huevón, tienes un país que legislar por las pensiones, las leyes mineras, las leyes de agua, las Isapres, ¿y estás preocupado por la presidencia de la Fech? O sea, ¡sal de la universidad! Siguen con un lenguaje y con una política como si estuvieran en las facultades, y no es así. Por eso, no han sido capaces de configurar nada en este último tiempo, y se les está gastando la simpatía de ser los distintos y no estar amarrado a los partidos políticos tradicionales, pero tiene que afirmarse como partido y empezar a pensar en el país a gran escala, y no seguir peleándose por huevadas.

- Y, al parecer, cuando han tenido cierta administración de poder, no lo han sabido manejar.
- El único que lo ha entendido es Jorge Sharp, que se ha dedicado a hacer una gestión y que le ha ido tan bien que ha sido atacado de manera virulenta por los medios de derecha. Tratando de sacarle cualquier cosa para cagarlo. Él es uno de los únicos “que salió de la universidad” y se ha dedicado a trabajar por Valparaíso, y lo digo porque yo tengo un departamento en Valparaíso hace más de diez años y vi el cambio en la ciudad. De las veredas llenas de caca del señor Jorge Castro (UDI) a lo limpia que está la ciudad ahora. La desvergüenza de Castro quedó en evidencia con un poquito de gestión nada más. Como Castro incumplía todo el reglamento del Plano Regulador, llegaba cualquiera y construía lo que quería, dejaba la cagá, le daba lo mismo. Todo para adentro. Estaba destruyendo Valparaíso.

- En esa vereda, ¿qué opinión te merece Daniel Jadue (PC)?
- Creo que él tiene muy buenas ideas, ha hecho cosas muy buenas, muy interesantes, pero siento que también se enfrasca en nimiedades que no vienen al caso y que lo desgastan políticamente.

- ¿Y Sebastián Piñera?
- Están quebrando empresas, aumentó el desempleo. Acá están los tiempos mejores.

César Tudela

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