El anuncio del amanecer

Largo y tendido con Nano Stern
El anuncio del amanecer

El músico nacional le saca trote a la guitarra eléctrica en "Lucero", pero el EP no sólo es un giro hacia el rock, sino la transcripción musical de lo abrumado que se siente en la actualidad.

Meses antes de lanzar su nuevo EP, "Lucero", Nano Stern publicó otro EP, "Santiago". En ambos, hay un pie forzado. "Santiago" prácticamente carece de guitarras, mientras "Lucero" es un vuelco al rock de viejo cuño. Son la clase de proyectos que invitan a especular con una crisis artística. No necesariamente una sequía creativa, como los discos sinfónicos o de duetos, pero sí un remezón de piso. Entonces, tenemos a un músico muy ligado a la guitarra de palo soltando el instrumento definitorio de su identidad. Cuando uno se imagina a Stern, no lo visualiza enchufado ni tocando fuerte ni evocando a Jimi Hendrix, pero eso es justamente lo que pasa en "Lucero" y lo que hace que valga la pena hurguetear entre sus ideas y sensaciones.

Un artista en crisis es mucho más interesante que cualquier otro y Nano Stern no es la excepción. Aunque llegó a esta entrevista como el profesional que es, con una excelente disposición y un speech aprendido de memoria sobre su flamante EP, fue relativamente fácil sacarlo del libreto promocional y llegar hasta la médula de sus motivaciones (y desmotivaciones) recientes. La siguiente es una conversación acerca de sortear las poses y caretas de las redes sociales, trabajar con el ingeniero de Led Zeppelin, los supoderpoderes de la música, la caída del movimiento de cantautores al que pertenecía, el colapso de nuestra sociedad y el poco alentador pronóstico que tiene de su generación, entre otras yerbas entrelazadas a "Lucero".

- Tus canciones nuevas suenan muy vieja escuela.
- Puede ser por la forma en que grabamos el EP con Tony Platt, por su mano y sus mañitas de producción, y por el sonido que yo buscaba y por la forma en que tocamos y por el hecho de que fue un disco análogo en su factura. Va por ahí. Había una cosa retro, pero no solamente retro, sino cruda. Mi intención era que el power trío expresara en su sonido lo que siento ahora, sin nostalgia, sin necesidad de mirar atrás, pero obviamente Tony determinó una manera de hacer sonar los fierros que viene de la época en la que él aprendió, lo que para nosotros es un tremendo privilegio, fue la posibilidad de beber directamente desde la fuente.

- ¿Platt es como un profe o sólo predica mediante el ejemplo?
- Yo diría que es una mezcla. En ningún caso es un personaje paternalista que te mira en menos y te dice cómo hacer las cosas, pero por otro lado tiene súper clara su volada y tiene también una cosa muy de vieja escuela de productor que es preguntar todo el rato qué es lo que queremos lograr. Eso te permite focalizar toda tu energía en un propósito. Se me viene a la mente la imagen de una acequia: uno pone el agua y es bueno que corra por ahí, que alguien la conduzca. Apenas llegó de Inglaterra, fue a mi casa, nos vio ensayar y lo primero que nos dijo fue "olvídense de la sutileza en este disco, aquí sólo existe la intensidad".

- ¿Qué se te pasó por la cabeza en ese momento? Nadie te había dado órdenes antes.
- Fue como el round uno porque yo siempre he tenido una relación muy caprichosa con la sutileza. He hecho música acústica y muy detallista, cuidando cada sonoridad, y de pendejo nunca fui muy punk. Pero al tiro entendí que esto sería algo nuevo, fue una señal de que íbamos para otro lado y me alegré mucho. Si yo hubiese querido hacer un disco eléctrico y enchufado sin un productor, como en mis discos anteriores, hubiese sido una cosa a medio camino entre el mundo eléctrico y la sutileza del mundo acústico. Yo mismo como productor hubiese estado ahí diciendo "no nos vayamos tan al chancho", así que fue liberador trabajar con un personaje que decía "dale, métele otro solo de guitarra", alguien de otra época, de una generación que inventó el sonido del rock FM, pero que no se avenía a formatos comerciales, fórmulas ni formalidades. Cuando le mostramos los temas por primera vez, estábamos un poco nerviosos por todo el respeto que nos inspiraba su figura y tocamos todo muy correcto, preocupados de hacerlo bien. Tony llegó y nos dijo "esto no sirve para nada. Cada vez que toquen o ensayen, cada vez que se enchufen a tocar, tiene que ser con la intensidad al mil por ciento, tienen que reventar lo que están haciendo".

- Cuando estabas en Matorral, la banda tenía un poco de eso.
- Sí, en algún momento. Cuando Matorral era una banda súper cruda, existían esas libertades y los temas con solos de guitarra largos, esa búsqueda medio teenager y caprichosa de querer tocar y tocar harto. Ha sido bacán volver a eso después de hacer todo lo que he hecho, de forjar un sonido acústico, decir "bueno, démosle desde otro lugar". Ahora hay otra paila encima, otros dedos encima, otras músicas han pasado por nosotros. Hemos tocado con el Pato (Rojas, bajista) y el Carlos (Cortés, baterista) mucho tiempo, entonces nos entendemos y los tres tenemos una afinidad por enchufarnos y rockearla. Fue un deleite hacerlo. Y también fue muy intenso físicamente, hasta un poco dañino. Creo que me sobrepasé en muchos puntos que los médicos no aconsejarían (ríe).



- Supongo que se hablará de "Lucero" como un quiebre en tu carrera, pero hay una continuidad muy clara entre este EP y todo lo que has hecho antes. Aunque "Santiago" era el otro lado de la moneda, cero guitarrero, igual se nota una línea temática, una preocupación creciente. Escucho a un tipo cada vez más abrumado. Al cantautor que hablaba de cosas tan reales como el vino y los amigos tratando de sortear esta época de posverdad. En 'Demasiada información', hablas de una "sobredosis de mentiras". Después, en 'Precipicio', dices "cada vez que escucho al mundo, creo la mitad de la mitad, ya no sé lo que es mentira ni tampoco sé lo que es verdad".
- Claro que sí, abrumado, ésa es la palabra. Creo que es algo que nos está pasando a todos de distintas formas, a nivel país o a nivel generacional o social o político. Venimos como recién empezando a dar botes del porrazo que nos estamos pegando como sociedad y como individuos dentro de esa sociedad. Desde lo más macro, desde los temas globales como el medio ambiente y el cambio climático o internet y la pérdida absoluta de la privacidad, y por ende de nuestras libertades. Y por otro lado, también en un contexto más local en Chile, después de que a nosotros, como generación, nos tocó enarbolar banderas de lucha en las movilizaciones. Hubo un momento con una sensación épica de que podíamos cambiar las cosas, de que salir a marchar hacía la diferencia y de que había una lucha por la cual valía la pena poner el pecho. Ahora lo que queda es una sensación de orfandad, de preguntarse qué chucha pasó con todo eso, en qué nos convertimos, cómo nos hicieron tontos. Por eso en 'Precipicio' digo "no sé si quedarme poniendo el pecho a las balas, aunque no sepa bien por qué luchar". Nos dieron vuelta toda la épica colectiva, que se terminó transformando nuevamente en "la medida de lo posible", en una coraza gris que debe romperse, por supuesto, pero ya de otra manera. A nivel personal, me siento no solamente abrumado, sino también con mucha más rabia por todo lo que ha pasado. Creo que es algo que no me pasa a mí nomás, nos pasa a todos y, por lo mismo, anticipo que el próximo proceso social va a ser más cuático que el anterior. Va a ser más violento, con más enojo, porque se suma una nueva generación de estafados por el sistema, de estafados por una autoridad moral corrupta y podrida que se aprovechó para devolvernos al mismo lugar en el que estábamos al comienzo. Los mismos descarados de siempre siguen ahí, sentados, felices de la vida. Estoy hablando de política, pero eso tiene su correspondencia a nivel social y eso se nota en lo colectivo, en lo comunitario, y también en lo individual. Lo político atraviesa todas esas cosas. "Lucero" es súper explícito en ciertas cosas, pero esconde un sentir muy personal, muy íntimo. Yo sigo siendo la misma persona, pero estoy más viejo, tengo más carrete, más experiencia, más amor, más desamor, más épica, más desilusión y, por ende, también más volumen. Es un momento para tocar fuerte y para salir a hacerlo en un modo más de guerrilla.

- A propósito de la letra de 'Precipicio', cuando cantas que "vamos derecho al precipicio", ¿es sólo la captura de una sensación pasajera o ya es una idea establecida en tu cabeza?
- Un poco de las dos cosas. Hay momentos muy intensos, muy agobiantes, en los que uno piensa que todo se fue a la chucha. Pero la frase que sigue es una duda: "y yo no sé si es que alcancemos a parar". A mí no me cabe mucha duda de que la dirección en la que estamos yendo colectivamente hoy es hacia el precipicio. "Lucero" también nace del contexto Trump, Acuerdo de París, Facebook, de todas estas cosas que están pasando. Veo que los que toman las decisiones y podrían decir "vamos a modular, vamos a hacer las cosas de otra forma" nos están haciendo pico por avaricia, por ansias, por poder, por la corrupción del espíritu humano. Mi sensación y mi pensamiento más íntimo no es muy esperanzador. No creo que nosotros seamos la generación que va a revertir los males que nos aquejan, no creo que seamos la generación que va a revolucionar el mundo. Yo creo que finalmente va a haber un quiebre muy gigantesco. No soy fatalista ni apocalíptico, pero en algún momento esto no va a dar para más, en todas las escalas, partiendo por el planeta diciéndonos "loco, está quedando la cagá". Los desequilibrios que se producen a un nivel ambiental conllevan, más rápido de lo que uno piensa, un desequilibrio social, es un círculo vicioso.

- Si no es la de los cambios, ¿qué generación es la nuestra?
- Creo que nosotros pertenecemos al epílogo de una manera de ver el mundo, de una cosmovisión, de una civilización que es la primera global de la historia. Sin embargo, casi sin excepción, todas las civilizaciones tienen un fin, colapsan y vuelven a un status quo muy anterior, muy primario, muy de vuelta a la tierra, de mucha precariedad porque se derrumban estructuras y tú dices "estas cosas pasan, han pasado, desde Rapa Nui en una escala micro hasta Babilonia, que era la ciudad más importante del mundo y desapareció igual. Ahora hay muchos indicadores de que va a suceder algo parecido. Y también hay una línea de pensamiento, a la que yo también suscribo, pero es distinta y me debato entre las dos. En "Sapiens" (de Yuval Noah Harari), un libro descriteriadamente interesante de análisis de la historia universal al que llegué porque lo recomendaron Obama y Mark Zuckerberg, se postula que, a pesar de la visión que nosotros podamos tener de la humanidad, sí existe tal cosa como el progreso y estamos, en el fondo, mejor que nunca. Hay menos mortandad, más alimento, la ciencia realmente es un aporte para todas nuestras vidas. Es como lo que dice Jorge Drexler en su último disco, "estamos vivos porque estamos en movimiento", vamos para allá, están cambiando las cosas y están cambiando para bien. Yo no sé, creo que eso también tiene sentido, pero por otro lado están los poderosos como Obama y Zuckerberg alineados detrás de esa visión que tiende hacia un gobierno mundial. Ellos lo justifican diciendo que los problemas que nos aquejan son de nivel mundial y no local, y eso sólo se podría solucionar mediante una acción coordinada a escala global, lo que da mucho cuco por razones obvias. Un gobierno mundial, combinado con la falta de privacidad y la posverdad, muy fácilmente podría convertirnos en una distopía entre Orwell y Huxley. No sabemos si vamos hacia allá o si ya estamos ahí, ni siquiera nos damos cuenta, es muy Black Mirror.

- ¿Dónde entra en "Lucero" la visión de Gastón Soublette?
- "Lucero" se llama así por una conversación que tuve con él, que me parece que tiene una sabiduría que probablemente no tiene nadie más en Chile, es una persona que es inteligente, culta y sensible, muy humilde y muy profunda en su conocimiento y en su capacidad de reflexión y en su capacidad de análisis. Él escribió un libro que se llama "La estrella de Chile" cuando le encomendaron restaurar la bandera original de la independencia cuando se la robó el Frente Patriótico Manuel Rodríguez y después, en un acto muy simbólico, la devolvieron voluntariamente. Soublette la estudió y se dio cuenta de que adentro de la estrella de tela blanca estaba la estrella mapuche. Los padres de la patria la pusieron ahí como conteniendo la identidad de los pueblos originarios y su espiritualidad y el lucero, que es finalmente el mismo símbolo dibujado a la europea, el lucero de la mañana, el anuncio del amanecer que trae el fin de la oscuridad. Leí el libro y me alucinó. Yo a Soublette lo conocí en un curso de conocimiento oriental, un estudio de un semestre sobre el "Tao Te Ching".  Un día lo encontré almorzando en un restorán, me acerqué y le agradecí mucho sus enseñanzas. Ahí me dijo que el problema era que la estrella estaba invertida, apuntando hacia abajo, lejos del espíritu, y que entre todos, colectivamente, teníamos que volver a darla vuelta. Yo quedé peinao pa' atrás, con la sensación de que un verdadero sabio estaba compartiendo una misión muy importante conmigo y de que tenía que aportar como pudiera.

- ¿Ese aporte es el EP?
- A la hora de hacerlo, era el rollo que se me daba vueltas en la cabeza, mezclado con todo lo que estamos hablando. No sé si iremos bien o mal, ni para dónde va la micro, si vamos al precipicio o no, si seremos capaces de darnos cuenta. Por eso en 'Lucero' digo "así se pierde el rumbo y también el sentido y somos tripulantes de un barco que anda perdido, náufragos de la noche, caminantes sin huella hasta que demos vuelta todo el fulgor de la estrella". Tenemos que saber apuntar colectivamente hacia la virtud, yo creo que de eso habla Soublette cuando dice que hay que volver a encontrar la dirección que hemos perdido. Vivimos en una sociedad que padece de muchos males y de males colectivos y de un mal del espíritu también, herencia de un montón de cosas, de la dictadura, del miedo, de la erradicación de los sueños. No puedo ni imaginar lo que sintieron los viejos de la época del golpe, el nivel de decepción, de dolor. Somos producto de esa historia, absolutamente. Por eso no creo que "Lucero" sea nostálgico, es absolutamente contingente. Si me preguntas a mí cómo suena esa sensación, te digo que es enchufado, fuerte, para adelante y libre, sobre todo libre. A mí me encanta Tool, me encantan los Rage, son bandas que me gustan mucho, pero su sonoridad es apretada, súper elaborada, y "Lucero" tiene más que ver con Jimi Hendrix, por ejemplo.

- Y con Led Zeppelin.
- Eso es algo que no puedo evitar. Me gustan mucho y me marcaron en una época formativa. Una vez fui a ver una presentación de un libro de fotografía mortal que hizo Jimmy Page. Yo estaba de gira en Nueva York, vi que iba a estar Jimmy Page en una librería hablando sobre sus fotos y fui. Ahí estaba el loco, en un sillón con un entrevistador mostrando algunas fotos y comentándolas. Una de las fotos era de una sesión de estudio y alguien le preguntó cómo sentía que había cambiado el trabajo de estudio a lo largo de las décadas. Page dijo que le parecía que hoy en día la mayoría de los estudios de grabación parecían centros médicos, que eran lugares asépticos, como para hacer procedimientos quirúrgicos, todo súper limpio, clínico. Dijo que en los sesenta y los setenta era un happening grabar, era un acontecimiento artístico, y esa energía era lo que se registraba. Tony Platt llegó a trabajar con nosotros con esa misma intensidad. Él fue asistente de grabación de Led Zeppelin.

- Cambia el mundo y es como si el piso se moviera. ¿De qué te afirmas?
- Yo creo que la honestidad es a lo único que uno puede aferrarse y lo digo absolutamente consciente de que no siempre soy honesto, pero creo que es el único pilar que tenemos, es algo que está dentro tuyo y que sólo tú sabes, nadie puede decirte si eres honesto o no. Ser honesto te va a permitir vivir en paz y, por ende, vivir feliz, vivir tranquilo. En la sociedad del espectáculo, todo es un show, basta ver quién es el presidente del país más poderoso del mundo, un hueón que antes estaba en un reality. A mí me conflictúa mucho, pero tarde o temprano se van a delatar las poses y las caretas, y por ahora realmente vivimos en una era de súper híper exposición, en la que tiene un valor positivo autovulnerar tu privacidad para compartir con todo el mundo hasta tus videos haciendo caca. "Mírenme, qué lindo soy" (se toma una selfie imaginaria). Es una enfermedad, en cierto sentido, y todos estamos metidos ahí, yo también.



- Aunque no quieras, te toca usar redes sociales por una necesidad promocional.
- Por supuesto, pero no me gustan, cachai. Es el momento en el que vivimos y es como una energía que nos rodea a todos. Hay gente como el Chinoy, yo a él lo conozco más que la cresta, pero muy pocas veces he podido vislumbrar más allá del personaje. A mí no me sale eso, yo sólo puedo ser quien soy nomás, piola, entonces es compleja la hiperexposición porque llega un momento que resulta en una fragilidad o una vulnerabilidad muy grande, y uno no quiere mostrarse tanto.

- ¿Te sientes muy fuera de lugar? No eres la clase de músico que calza entre poses y caretas.
- Sí, me siento en verdad muy fuera de lugar y me ha traído muchas dificultades, también en mi carrera, han habido muchas oportunidades en las cuales yo he estado como mirando de frente a la bestia y he podido entrar de lleno a ese mundo, y sin embargo, no me es natural.

- Como cuando estuviste en Viña. Eras el raro del curso ahí.
- Totalmente. Ésa fue una cosa extraña. Agradezco la oportunidad que tuve para mostrar mi música, mucha gente pudo conocerla, pero no fue para nada algo realmente trascendental en mi carrera, ni para mí como persona. Más bien fue una cosa incidental, anecdótica.

- Tu minuto de fama.
- Uno tiene que caer en cuenta de que los tiempos cambian. En algún momento siento que estuve de moda y, por definición, la moda cambia, pasa, si no, no es moda. Si no pasa, ya es clásico y estamos trabajando para ir para allá. Igual, todo lo digo en una escala micro. Antes estaba de moda y ahora no tanto, hay otras cosas de moda, como La Moral Distraída o Denise Rosenthal.

- Más que de moda o no, yo te veo más solo que antes.
- ¿En qué sentido?

- En el sentido de que antes había otros cantautores detrás. Eras Nano Stern, pero no solamente eras Nano Stern, sino que eras el representante de una camada de solistas, una de las voces de un movimiento que incluía a más gente, un movimiento al que estabas asociado, del que eras parte. Y ese movimiento se disipó, se debilitó, se diluyó.
- ¿Lo ves como algo colectivo o sientes que yo me distancié?

- Lo veo como algo colectivo. Al principio había cierta uniformidad que, afortunadamente desde el punto de vista artístico, se perdió. Recuerdo lo parecida que sonaba Camila Moreno en su primer disco al Chinoy y ella ahora no se parece a nadie. Y ni siquiera el Chinoy de ahora suena como el Chinoy de esas tocatas míticas en el Teatro Normandie.
- Qué buena referencia, se te cayó el carnet al suelo. Efectivamente, todo eso se fue fracturando, se fue atomizando. Por un lado, eso hace que pierda su fuerza colectiva, pero también hace que gane una riqueza en lo musical. Todavía somos amigos con muchos de ellos. Cuando nos encontramos, nos abrazamos, los quiero mucho, tenemos muchas andanzas en común y mucho cariño el uno por el otro. Ya no compartimos necesariamente una conciencia estética, eso en realidad pasó a un segundo plano. Pero sí, ya no existe esa sensación de una movida, tanto por ego como por búsquedas genuinas. Algunos dijeron "miren este pechito, miren lo que hago, no me metan en un saco", y en mi caso eso nunca fue una preocupación de verdad. En otros casos yo sé que sí lo fue, y a veces de maneras muy explícitas y bastante feas, desmarcándose mediante estrategias, con una actitud así como "yo no tengo nada que ver con esta gente, voy por mi camino", que es una actitud lamentable, pero súper propia del mundo en que vivimos. Cosas así, entre miles de otras, son las que hacen que me sienta como me siento. Son decepciones, dices "chucha, al final, no íbamos tan juntos en la pelea".

- Aparte de ser una bajeza, esa actitud es muy poco astuta en un país tan chico, donde todos nos topamos siempre.
- Por supuesto, y esas energías no quedan, sino que se te devuelven. Esto de la hiperexposición va acompañado de una necesidad de mostrarte todo el rato como el más bacán, es como la enfermedad de aparentar, desde los pendejos en sus cuentas de Snapchat hasta los músicos que andan comparando sus likes con los del resto, contando cuántos Movistar Arena llenan, y al final no es así, estamos todos en la misma, unos más y otros menos, pero no andemos con esas bajezas espirituales. Nosotros a través de la música tenemos la posibilidad de levantar el nivel espiritual colectivo. Y yo sé que "Lucero" es más oscuro, igual que "Santiago". Lo que pasa es que yo sentía muy genuinamente y durante mucho tiempo que, si me daban la posibilidad de subirme a un escenario a amplificar mi mensaje en un mundo tan feo y lleno de mierda, tenía que aprovechar esa oportunidad para entregar algo lindo. Pero llegó un punto en el que ya no me estaba sintiendo así, y la catarsis y la oscuridad son igual de necesarias y positivas. Por eso los metaleros siempre son los hueones más tiernos y más buena gente, porque se hacen cargo de su negatividad, que es algo que todos sentimos y que a todos nos pasa.

- Redirigir la negatividad es uno de los poderes que tiene la música.
- La música te lleva a una apertura emocional absoluta. En los conciertos, yo me siento completamente poseído por lo que está pasando. Siento que se pierde el control, que dejas de ser tú, que hay algo pasando a través tuyo. Si tienes la suerte de canalizar esa energía, tienes que ser súper respetuoso porque, al final, esas vibraciones son la música. Y hay vibraciones que percibimos y otras que no percibimos tanto, es un hecho. Hay sonidos que no logramos escuchar y luz que no logramos ver, y esos sonidos y esas luces no dejan de estar ahí sólo porque nosotros no los notemos. Pasa lo mismo con la música, de repente uno puede resonar con ciertas vibraciones que están ahí, y si tú logras acercarte como un péndulo lo suficiente a eso, bum, te agarra esa vibración que supuestamente no percibes, pero es más fuerte que tú. Quizás es lo más lindo a lo que uno puede aspirar como músico. Está el texto, está el contexto cultural, está la moda, está la estética, pero al final todo es una vibración, es aire vibrando. Yo siento que en ese nivel está el misterio más hermoso de la música, en ese acceso a una vibración más grande que tú. Ahí está lo inefable de la música y lo que me hace amarla tanto y dedicarle todos los días de mi vida.

Andrés Panes

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