Stranger Fruit

Zeal Ardor cover

MVKA Music. 2018

Mezcla. Esa sería la quintaesencia del que, según un sector de la prensa especializada, es el secreto mejor guardado del metal; Exploración. Ese sería uno de los núcleos de energía que activa al, para un número importante de melómanos, grupo extremo más peculiar de los últimos años; Insolencia. Ese sería el sustento valórico que moviliza a Manuel Gagneux, el responsable del engendro.

Pero, ¿cuál es la razón de tanto entusiasmo, de tanta reverencia? La originalidad, ese fuego sagrado tan escaso y tan perseguido - y puente a la inmortalidad - que se enciende con tanta mezcla, tanta exploración y tanta insolencia deviniendo hoguera en “Devil is Fine”, larga duración debut del conjunto que cuajaba en veinticinco minutos, blues, gospel, electrónica y black metal.

¿A quién, y cómo, se le puede ocurrir un cóctel aparentemente tan contradictorio, tan distante? A alguien con sangre híbrida – el padre de Gagneux es suizo y la madre, estadounidense – que, a la Tom Waits, apuesta por ser un diseñador de ambientes más que un contador de historias y que intuye a la perfección las posibilidades ilimitadas que brinda Internet: comenzó el proyecto después que en 4chan le pidieran unir black metal con “nigger music”.

La pulsión copular y el espíritu desfachatado que habitan en la mente maestra del monstruo vuelven a comprometerse en “Stranger Fruit” produciendo matrimonios entre Marilyn Manson, Nine Inch Nails y Silencer (‘Servants’), entre el country rock y el desquicio de Machinerie Perfect en ‘Don’t you Dare’ o entre Korn, el Satyricon de ‘Fuel for Hatred’ y la demencia de Blacklodge en ‘Fire of Motion’.

Los enlaces improbables también cristalizan en ‘Waste’, que une la velocidad termonuclear de Nyne con el aura pesadillesca de Cradle of Filth y voces femeninas de inspiración pop, ‘We Can’t be Found’, fusión entre funk, Funeral Mist y Faith no More, y ‘Stranger Fruit’, cuyo teclado inquietante conecta con el de la versión de ‘Imagine’ que hizo A Perfect Circle y su impronta robótica se hermana con Fuck Buttons.

Y si bien los apareamientos mayoritarios orbitan la estridencia, también hay espacio para los cantos gregorianos (‘Coagula’), el Rhythm and Blues (‘Gravedigger’s Chant’), la sensibilidad de belleza escalofriante tipo Rebekka Karijord, Sigur Ros o el New Age (‘The Hermit’), e incluso para la electrónica inspirada por Wendy Carlos y los video juegos ochenteros (‘The Fool’ y ‘Solve’).

Finalmente, encontramos conexiones que arrojan monumentos ineludibles. ‘Row Row’ combina la vibra deliciosa de ‘Hit the Road Jack!’ (Ray Charles) con la insanidad de oOo, ‘Ship on Fire’ hace dialogar a Lenny Kravitz con ‘O fortuna’ (Carl Orff) y a ‘Future Breed Machine’ (Meshuggah) con Alcest, ‘You Ain’t Coming Back’ recrea la intensidad y la potencia de Little Richard con la electricidad gélida de Myrkur y ‘Built on Ashes’ reúne al Hozier de 'Take me to the Church' con Chris Cornell y al gospel con el soul en un colofón de hermosura ingobernable.

De acuerdo al filósofo francés Jean-Francois Lyotard, la postmodernidad es, fundamentalmente, acostumbrarse a pensar sin moldes ni criterios. Esa podría ser una clave que permita explicar por qué la hibridación y el abandono del dualismo en pos del pluralismo y la diversidad ha comenzado a caracterizar a buena parte del mundo contemporáneo, incluidas las artes.

Lo anterior también podría ser la clave que permita explicar por qué Manuel Gagneaux se atreve a desafiar tempestades ensayando la evolución de uno de los subgéneros más elitistas y ortodoxos de un género casi siempre elitista y ortodoxo: Para el europeo – norteamericano, el nacimiento de la música negra estadounidense y del metal negro noruego obedece a la imposición violenta del cristianismo.

¿Produce este sincretismo un acto tan vanguardista y singular como muchos proponen? Sí, pero no es exclusivo ni excluyente. Zeal & Ardor comparte credenciales rupturistas con Igorrr y si se mira desde una óptica relativamente fundamentalista, Portal, Vhol, Blut aus Nord, Zhrine o Death Spell Omega son tanto o más exóticos, pero más fieles al espectro metalero.

Si se aprecia desde el dogma blackmetalero, Zeal & Ardor se emparenta más con Liturgy, Deafheaven o Ghost Bath – combos post black metal o, peyorativamente, hipster black metal - que con los primeros Mayhem, Darkthrone o Emperor. Lo que parece no estar en discusión es la vocación disruptiva, desafiante e insurrecta de un opus dialéctico y persuasivo que convence por su cancionero alucinado y desconcertantemente adictivo.

Mauricio Salazar Rodríguez