Madonnawhore

Madonnawhore

2017. Flenser Records

Con solo seis canciones, el músico estadounidense Toby Driver presenta una faceta radicalmente distinta a toda su conocida identidad musical, una más simple y, por tanto, distanciada del barroquismo progresivo-psicodélico que inunda gran parte de su discografía. Seis canciones oscuramente bellas que derivan del trabajo que el compositor tardó largos cuatro años en concretar y que fueron presentadas el pasado año en el tour europeo “Ballads”, en el que únicamente lo acompañó el actual baterista de Kayo Dot, Keith Abrams, tal como ocurre en el presente álbum. Si bien el aprecio de Driver por las secciones bellas y simples siempre ha estado presente a lo largo de su discografía, el asumir la construcción de un disco dedicado a lo melódicamente oscuro, con gran protagonismo vocal y de visible austeridad instrumental, conlleva una postura absolutamente inédita en su carrera, y que termina por develar la madurez creativa del mismo. 

Ni siquiera en sus discos solistas previos -los que pueden reducirse como música de cámara- pueden encontrarse características similares a las de este “Madonnawhore”. Dichos rastros melódicos y de centrismo vocal se encuentran con mayor claridad en la parte inicial de su carrera, más precisamente en la banda Maudlin of the Well, cuando Driver apenas superaba los veinte años, con pistas como ‘Sleep is a Curse’, los primeros minutos de ‘Heaven and Weak’ o ‘Geography’, canciones de cierta inocencia armónica, la que acá se disipa en favor de una sonoridad gótica y densa, y que, a su vez, sirven para descubrir la evolución en el timbre de voz de Toby Driver, el cual se ha profundizado, el tiempo lo ha agravado. Aquello se percibe en la pieza inicial ‘The Scarlet Whore / Her Dealings with Iniciate’, de suaves percusiones, pausados acordes en guitarra y delicados sintetizadores que crean una atmósfera extrañamente melancólica, en la que Driver declama impregnado por una ensoñación que pareciera agónica. 

La sigue ‘Avignon’, de solemnes siete minutos entre los que Driver compone un incisivo coro que se va repitiendo como un mantra en un etéreo segundo plano, conformando una canción de estructura pop, desprendiéndose de sus bastas composiciones en las que los diversos clímax, ya sean vocales o instrumentales, se reparten a lo largo de toda su extensión. Luego, aparece ‘The Deepest Hole’, la más psicodélica del álbum, de objetivo similar a lo hecho por Kayo Dot en la reciente canción ‘All the Pain in All the Wide World’, pero ejecutada desde otro punto de vista, uno sombrío y ambientalmente austero. En ‘Parsifal’ el ritmo está gobernado por el idiófono de Keith Abrams y por una especial melodía en la que Driver demuestra que las canciones alegres también pueden ser tristes, en esa paradoja maravillosa en la que Robert Wyatt, -el Rey de Reyes- pareciera el único maestro. 

‘Craven's Dawn’, de más de nueve minutos, es ejecutada junto a dos integrantes de esa masa en constante mutación llamada Kayo Dot: Daniel Means en sintetizadores y Ron Varod en guitarra. Presenta una letra creada por el mismo Toby Driver, circunstancia excepcional en todos sus proyectos, ya que esa tarea ha recaído esencialmente en Jason Byron, letrista que lo ha acompañado desde sus inicios. Los versos de Driver también se encuentran en la crepuscular balada que cierra el disco, ‘Boys On The Hill’, la que se sitúa en un lugar caracterizado como una pesadilla o un recuerdo, quizá una visión apocalíptica. La mirada de quien decidió hace un tiempo dibujar imágenes en el aire, pinturas de toda su inmoderada imaginación, una silueta que tolera un microcosmos colmado y basto, que se bifurca ante su contención, multiforme en su constante concepción.

Carlos Navarro A. 

Contenido Relacionado