Konoyo

Tim Hecker Konoyo

2018. Kranky

El canadiense Tim Hecker comenzó su carrera a comienzos del 2000 bajo el seudónimo de Jetone, pero ha sido su propio nombre el que lo ha convertido en uno de los artistas del sonido más respetados en la escena de vanguardia. Discos como “Harmony in Ultraviolet” (2006), “Ravedeath, 1972” (2011) o el antecesor “Love Streams” (2016), son prueba de la alta calidad de sus invenciones atmosféricas y la complejidad de sus amalgamas electrónicas. En 2018, bajo el sello Kranky, el músico y productor lanzó “Konoyo”, 59 minutos con 6 segundos de un viaje intenso que, aunque se desmarca en apariencia de sus obras anteriores, conserva la esencia y la fuerza que caracterizan sus imágenes auditivas.  

Si en “Love Streams”, Hecker se empapaba de la estética de Islandia, colaborando con Jóhann Jóhannsson y la Icelandic Choir Ensemble de forma magistral, en esta “Konoyo”, fija su atención hacia tierras milenarias, y elabora sus composiciones en torno al Gagaku (“música elegante”), un tipo de música clásica japonesa que se interpretaba en la corte imperial, y que cuenta con trece siglos de ininterrumpido desarrollo. El disco fue grabado mayoritariamente en un templo de ese país, con instrumentos autóctonos como el shō, el hichiriki o el gakubiwa, interpretados por miembros de Tokyo Gakuso, un grupo formado en 1978 de músicos expertos en esta corriente, que se ha preocupado no sólo de conservar el repertorio tradicional, sino también de desarrollar una constante exploración en las nuevas expresiones y desafíos contemporáneos.  

‘This Life’ es el tema que abre, y de inmediato nos sumerge en una caída lenta, sublime, en el que esporádicos arpegios entreparecen del derrumbe. Esta inmersión es constante en el desarrollo del álbum, con las armonías repercutiendo fantasmagóricamente en reflejos que resuenan de los vidriales de la catedral erigida por el experimental músico. Hay un tono épico y oscuro, refinado como el Gagaku mismo, la lectura y reinterpretación de esta remota cultura que hace Hecker es notable. En ‘In Death Valley’ surgen algunos instrumentos percutivos que rebotan y se funden en acoples eléctricos, sintetizadores que asemejan al murmullo de monjes en un ritual de iniciación hacia el otro mundo. Las texturas se van tornando sutilmente azarosas, pero el sentido orgánico que aporta Tokyo Gakuso como telón de fondo contrasta otorgando una fibra sustancial. 

En el interludio ‘Is a Rose Petal of the Dying Crimson Light’ todo se vuelve ligero, una levitación, como si luego del valle de la muerte nos enfrentáramos a la incertidumbre del limbo, los vientos soplan filtrando agudos silbidos que parecen lamentos de Yurei (fantasmas tradicionales del folklore japonés), o quizás son las albricias de una bienvenida. En la zona desconocida, algo amargo se desprende de ‘Keyed Out’, un sigilo dominante deja breves espacios para que una serie de azotes metálicos y hasta robóticos desfilen en medio de las sombras, la pulsación de una cuerda de baja frecuencia parece coordinar la marcha, mientras sigue rebotando un tamborileo distante, muy por debajo de las diversas melodías etéreas que se camuflan y esconden entremezcladas.

Hay un fraseo patente en ‘In Mother Earth Phase’, que persiste en conjunto de una sección de cuerdas taciturnas que se va agrietando en un suave lamento. A medio camino se disuelve en una repetición parecida a un error programático, pero el fraseo narrado por los múltiples instrumentos ejecutados con finesa reaparecen en la misma clave, y aunque no vuelve a sonar exactamente igual, se resuelve en un mantra envolvente que bien pudiera ser infinito. ‘A Sodium Codec Haze’ es una ventisca arrastrando céfiros cargados de enigma, que van elevándose a la manera contraria en que comienza el álbum, como si se tratara de un declive a las tinieblas y su posterior ascenso. Es imposible no precipitarse a la reflexión, pues todo el trabajo está pensado de esa forma, según el propio Tim, inspirado en “conversaciones con alguien que ha muerto recientemente, sobre el espacio negativo y la sensación de densidad cada vez más banal que ocupa la música”. El eco de vetustos instrumentos armonizados en indescifrables modulaciones van dibujando el palacio en el que de pronto nos encontramos, un aire solmene se afinca en los rincones.

Una cadencia litúrgica se abre al final del álbum en ‘Across to Anoyo’, y los extraños sonidos que se han venido transformando en cada pista ahora parecieran decirnos algo incomprensible desde este plano. Es un discurso nervioso que prontamente se deshace entre ruinas de recuerdos arenosos que el viento borra con parsimonia. A partir de la mitad de estos 15 minutos y medio de clamor espeso, las texturas se unifican en un extenuado drone que es el epílogo del viaje. A estas alturas ya no somos los mismos, un agujero revela el vacío que habita en la penumbra. 

Hecker se muestra sólido y confiado en su instinto. La experiencia de nueve álbumes en una carrera de casi dos décadas, le ha otorgado un vasto dominio en la confección de tejidos y sabores, provocando insondables sensaciones que pueden transitar de gélidas sutilezas hasta alcanzar los límites de la asfixia o la desolación. “Konoyo” no es música para disfrutar el rato, es un ejercicio de introspección. No es posible oírlo sin dejar que el existencialismo natural se instaure en lo recóndito, la eterna desazón de la paradoja humana entre su grandeza y pequeñez queda suspendida en un humo espeso. Sin embargo, los expedicionarios de la música agradecen que Tim Hecker muestre esa otra cara, ese flujo sombrío, además de acercarnos a la cultura nipona con un prodigioso manejo. 

Sebastián Chávez Peña

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