Hydrograd

Hydrograd

2017. Roadrunner Records

Hay cierto asunto en Stone Sour que los ha seguido desde su renacer profesional en 2001: jamás se han podido sacar la etiqueta de ser la “banda paralela” de Corey Taylor, titular indiscutido en Slipknot. Los factores obvios están sobre la mesa (más bien, en internet). Ese dato biográfico siempre ha repercutido en la manera en que los de Iowa han montado sus discos y los han mostrado al público. Sin ser malos trabajos -incluso muestran más a cabalidad el rango vocal de Taylor- pecan siempre de querer mostrar todo lo que hicieron en sus ensayos. Sin filtro.

“Hydrograd” no es la excepción. En esta nueva entrega nos encontramos, otra vez, con un disco innecesariamente largo. Quince canciones en donde las propuestas se van agotando mientras avanza el tracklist, y donde se hace difícil llegar al final de una sola escuchada. No necesariamente porque los lados b sean todos olvidables, sino, más bien, porque la fórmula se vuelve reiterativa, y aquel proceso de corte y edición que debió realizarse en la producción, queda a cargo de nuestro criterio.

El nuevo relato de Stone Sour había empezado sorprendentemente bien, con la épica instrumental ‘YSIF’ y su elegante saludo "Hello you bastards", para luego volar sesos con los penetrantes riffs de ‘Taipei Person/Allah Tea’, uno de los singles de adelanto. Sigue con ‘Knievel Has Landed’, de las más finas del disco, que arranca con una distorsión con mucho groove, a lo Muse (casi como ‘Stockholm Syndrome’), y con Taylor cantando a piacere, más unos solos y coros de estadio entremedio. ‘Hydrograd’ entra como un tanque, y por sobre todo, muestra el desplante de Christian Martucci como un guitarrista sumamente hábil, de escuela mucho más thrash que Jim Root, que salió del proyecto en 2013. La radial ‘Song #3’ pone el matiz mainstream en el momento justo, incluso mostrando a un Taylor más sensible y menos angustiado, aullando frases como “I would run into the storm / Just to keep you here with me”. Y ‘Fabuless’ era la mejor escogida para enganchar con la segunda mitad del disco, si éste no hubiese decaído, ya que se abría camino a punta de riffs que funcionan como el sonido de una metralleta, y con Taylor rindiendo tributo a emblemas del hard rock como Led Zeppelin y Rolling Stones en la letra: “It's been a long time since I rock and rolled / It's only rock 'n' roll but I like it”.

De aquí, las cinco canciones que siguen son desechables. ‘The Witness Trees’, ‘Rose Red Violent Blue (This Song Is Dumb & So Am I)’, ‘Thank God It’s Over’ (que tiene algo de ‘Livin' on a Prayer’ en su ritmo), ‘St. Marie’ (que es chancho en misa: un country acústico que no guarda ninguna relación con el resto del disco), y ‘Mercy’. Todas, son como maquetas que no enganchan ni suman, y ni siquiera funcionan como interludio. Aparecen en un momento crucial, a la mitad del disco, haciéndole un daño irremediable, sobre todo a quienes no son fundamentalistas de la banda y pretendían llegar al final.

Si de ‘Fabuless’ hubiésemos pasado directo a los golpes sin piedad de ‘Whiplash Pants’, esto hubiese dado más que hablar. Acá, Taylor saca su destructivo gutural de marca registrada, mientras la banda no da tregua de fondo. En ‘Friday Knights’, vuelven aparecer los ecos de Muse ahora mezclados con algunas cosas de la ingeniería de Jerry Cantrell en Alice in Chains (post 2009), en una canción en donde se combina de buena manera la calma y la tormenta, que se desata nuevamente en ‘Somebody Stole My Eyes’, una con velocidad tipo Motörhead. Si el disco terminaba acá –y con los temas de al medio dejados como bonus tracks-, Stone Sour hubiese llegado, quizás, al podio de lo mejor del metal del año. Pero no. Al árbol de Navidad llamado “Hydrograd” le quedaban espacios para sobrecargarlo de adornos. ‘When the Fever Broke’ cierra un álbum (muy) largo y, si no nos pilla en sintonía, sin retorno.

Ahí, los dichos de Taylor le pesan un montón. “Probablemente sea uno de los mejores discos que he hecho desde el primero de Slipknot”. Más marketing que música. Eso sí que saben hacer (no somos tan inocentes para pensar que la infantil pelea que sostuvo en la previa con Chad Kroeger, vocalista de Nickelback, no lo hizo con la convicción de generar ruido antes de este lanzamiento).

En suma, y para ser justos, el sexto largaduración de la banda no abandona el poder en las canciones, tiene estribillos sumamente efectivos, y sin duda sobresale dentro de su propia discografía. Martucci le dio un nuevo aire, menos Slipknot, y con varios otros colores, mientras que Corey Taylor da todo de sí para levantar un disco en el que cree ciegamente. Ya conocemos su versatilidad, su faceta de “crooner del metal”, pasando de susurros suaves a infernales guturales que deben ser como el timbre del infierno. Pero “Hydrograd”, pese a todo, muestra porqué Stone Sour puede ser una banda exitosa en su estilo en la era de las playlist: componer tres o cuatro temas que de seguro estarán dentro de lo mejor del año, pero desligándose de la idea de hacer un álbum compacto y coherente. La gran deuda de Taylor para con su alma mater.

César Tudela

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