Songs of Praise

Shame - Songs of Praise

2018. Dead Oceans

Ya lo advertía el periodista Andrés Panes en junio pasado en nuestra revista: “de tanto practicar y codearse con gente mayor, Shame se convirtió en uno de los actos en vivo más excitantes de Inglaterra y en una banda con calle”. No hace falta husmear mucho por internet para encontrar veracidad en esas palabras. Decenas de buenas críticas se encuentran en la red desde el lanzamiento de este LP debut en el verano pasado, aunque, por supuesto, más que las palabras es la propia performance de los británicos la que de inmediato magnetiza a quien los ve en acción. Boquiabierto queda uno –tal cual como los locutores de KEXP– ante la explosión de energía que despliegan en el registro en video en la famosa estación radial de Seattle, en febrero. Fue tanta la inyección de espíritu joven, rock alternativo y adrenalina, que no dudaron en tenerlos por segunda vez en octubre.

Ese ímpetu lleno de carácter también lo condensa la versión de estudio de las diez canciones que contiene “Songs of Praise”. La acción entra de lleno con la oscura ‘Dust on Trial’, una canción que en tres minutos y medio es pura electricidad entrando por nuestros oídos e incitándonos a movernos, y que va desplegando una versión dosmilera de un postpunk con filtro noise a la Sonic Youth, con potencia retenida, a fuego lento, aguardando su momento para estallar, que llega en los primeros acordes de ‘Concrete’, una canción que corre a 200 kilómetros por hora y que muestra la vehemencia de su vocalista, Charlie Steen, una quimera entre los movimientos electrizantes de Ian Curtis (Joy Division), la voz demandante de Mark E. Smith (The Fall) y la actitud puñetera de Henry Rollins (Black Flags). En el single ‘One rizla’ y sobre todo en ‘The lick’, ya el quinteto comienza a mostrar más colores a su propuesta, y una tendencia a un pop británico –mirando sobre todo a Happy Mondays– que los hará ser mucho más escuchados.

A pesar de todos los matices, el dinamismo y la contundencia instrumental jamás bajan la guardia. Las guitarras estridentes de Eddie Green y Sean Coyle-Smith (quien hace la mayoría de los trucos en las cuerdas) son titánicas a la vez que ambiciosas, llenando todos los espacios, y no aburriendo en el intento. Al contrario: hacen que el disco mantenga ritmo y no pierda intensidad. Pero son las líneas de bajo de Josh Finerty, el pulso y la identidad en el sonido peculiar de Shame, al que su compañero Charlie Forbes en batería le sigue con premura y estilo, siendo la cama sobre la cual los guitarristas pueden lucirse como les de la gana. ‘Tanteless’ y ‘Donk’ –la cara pop y punk, respectivamente–, en el corazón del disco, son un claro ejemplo. A estas alturas del disco, Shame nos tiene complemente conectados a su propuesta y pidiendo más. Los cuatro temas que quedan navegan entre las mismas melodías que ya tenemos conectado a nuestro cerebro: el nerviosismo punk de ‘Gold hole’ y ‘Lampoon’, y el toque Madchester de ‘Friction’ y ‘Angie’, esta última, incluso, encaramándose a las armonías pop que hicieron gigante a Oasis.

A pesar que el disco tiene ya casi un año, se hacía necesario su revisión, en épocas donde se está mirando cautelosamente el estado de salud del nuevo rock. Shame, con su salvajismo y espíritu pop, tiene las canciones necesarias en este tremendo debut para comenzar a dominar el mundo. Talento y ganas hay por borbotones.

César Tudela

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