Royal Blood

Royal Blood

2014. Warner

Se ha escrito mucho sobre Royal Blood, la última sensación inglesa, pero nada tan entusiasta como esta entrada de blog que señala que su primer disco es «el hito más importante para los amantes de los riffs desde el debut de Rage Against The Machine». La reseña, como varias de otros medios, grandes y pequeños, pica el anzuelo que tiende el dúo: su peculiar abordaje de la instrumentación. En simple: además de batería, usan un bajo con cuerdas de guitarra que alimenta dos amplificadores. Por uno, sale el sonido de un bajo; por otro -pedales mediante-, el de una guitarra.

El groove que domina en "Royal Blood" es, probablemente, la causa de su inaudito éxito (número 1 en ventas, gira vendida en minutos) en un medio dominado por el pulso de la EDM. Un tema como 'You can be so cruel', por ejemplo, se puede cabecear, pero también bailar. Aunque, al final del día, hay gatopardismo detrás del propulsivo ritmo de sus canciones: la formación que proponen Mike Kerr (bajo, voz) y Ben Thatcher (batería) desordena lo establecido para dejar todo tal cual como estaba. Y que no se vea como una falencia: las comparaciones con The White Stripes y Queens of the Stone Age que el tándem cosecha son un elogio absolutamente merecido que, además, grafica a la perfección su sonido. Que también tiene tintes de Health, Japandroids y Death From Above 1979.

Más allá del hype, Royal Blood debe ser valorado en su justa medida: simplemente se trata de un proyecto que partió recién el año pasado y que le canta al desamor. Kerr se revuelca a lo largo del disco en su resentimiento: cinco de sus diez pistas mencionan las palabras "solitario", "solo" o "soledad". Y, para efectos dramáticos, redunda en imágenes como tener sangre en las manos ('Blood on my hands') o perder sangre ('Ten tonne skeleton'). Es el despecho abordado desde un rockismo clásico, apologético y continuista, ya resignado a la idea de que no queda nada por inventar.

Aislado de la absurda mística que la gigantesca Warner intenta construir en torno a la dupla, la de salvadores del (comercialmente) alicaído rock, "Royal Blood" es un agasajo sensorial de primera categoría. Desde la lascivia bluesera de 'Little monster', que toma prestada las metáforas de Howlin' Wolf («soy tu hombre, soy tu lobo»), hasta el exorcismo catártico que es 'Figure it out', con un clímax en el que Thatcher enorgullecería a Dave Grohl, el disco también constituye un homenaje sin postureos a la nobleza eléctrica de dos instrumentos que son mucho más que una base rítmica.

Andrés Panes
 

 

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