Pillanes

Pillanes

2018. Evolución Discos

En el medio nacional, el concepto de “súper banda” es lejano, casi inexistente. Quizás lo único que cae dentro de esa definición sea el momento en que Los Prisioneros, después del alejamiento –nuevamente– de Claudio Narea, suman a sus filas a Álvaro Henríquez, anuncio hecho a la prensa en una rueda que pasó a la posteridad por un episodio alejado de lo musical. Hablamos de un hecho ocurrido en 2003, hace quince años, por lo que el revuelo provocado por Pillanes no deja de ser menor.

Existe, al menos en la formación, una reminiscencia a una de las partes que dan vida a Pillanes: dos parejas de hermanos, cada una con sus propias ideas musicales, unidas a través de la batería. En este caso, los Durán (Mauricio y Francisco, ex Los Bunkers y actuales Lanza Internacional) junto a los Ilabaca (Pablo –ex Chancho en Piedra– y Felipe) y al centro de todo, Pedropiedra. Sin dudas, se trata de una configuración estelar de músicos nacionales, guste o no, algo que de por sí es atrayente y, al menos en declaraciones a un matutino de circulación nacional, los cinco músicos se quitaron toda pretensión y presión asociada tanto a sus nombres como sus proyectos en la formación de este nuevo conjunto. En efecto, Mauricio Durán mencionó al mismo matutino que Pillanes era “como si Prince con Sol y Lluvia tuvieran un hijo”.

El “pillán” (pillañ en mapuzungún), en este sentido, calza a la perfección con la naturaleza del grupo. Por un lado, existen momentos en que el quinteto conecta con la raíz a la que hace alusión su nombre –un “espíritu de los antepasados familiares” en la cosmovisión de la nación mapuche, que se vincula a volcanes y montañas– alcanzando cuotas de integración latinoamericana tanto en su discurso sonoro como en sus líricas, como también un chilenismo marcado por el “pillán”, avión de entrenamiento militar fabricado en nuestro país. Esta doble condición –latinoamericana y chilenísima– convive todo el tiempo en el debut homónimo de Pillanes. Desde el inicio, con la introducción denominada ‘Despegue’ –un marcado ritmo mapuche entrecruzado por sintetizadores, trompes y charangos– el conjunto entrega pistas de lo que será este recorrido: en ocasiones, como en ‘Facho pobre’, apelando con una cumbia a un chilenismo puesto de moda en la última elección presidencial con el que se refleja la disociación de la clase proletaria nacional en su mismo seno (y, de paso, ejemplificando como el más popular de los estilos caló hondo en la élite criolla), señalado esto en la frase “nunca te toca nada/siempre son los mismos los que ganan”. ‘Pillanes’ también obedece a esta lógica de elementos de raíz –notoria en el coro del tema– entrecruzados con una fuerte base de electro-funk. En este camino también transita ‘Barrabás’, aunque de una forma menos obvia: el riff principal tiene una clara inspiración mapuche. Y en ‘Montañita’, corte que finaliza este disco se marca el siguiente grupo de canciones con marcado corte latinoamericanista. ‘Loro’, que amalgama beats urbanos con un huayno en uno de los mejores temas de “Pillanes”, es otra canción que ingresa en este grupo. La transición de raíz latinoamericana a un sonido electro-funk (algo que los Durán comenzaron a explorar en su cierro con Los Bunkers y que tanto los Ilabaca como Pedropiedra ya han incorporado a su lenguaje) se da sutilmente en ‘Convénceme’, para ir de lleno por esta senda en ‘El mundo es un lugar tan triste’, ‘Tú sabes’, ‘Valparaíso y Concepción’ y ‘Somos lo peor’, principalmente.

Hay que destacar, por encima de todo, la soltura con la que Pillanes abordó sus composiciones. Tener a cinco compositores y multi-instrumentistas, además de cantantes, sin duda que podría haber terminado en un desastre mayor. Gratamente, los doce temas que forman “Pillanes”, están cuajados de tal modo que todos los integrantes participan colocando lo mejor de sí en aras de las canciones. Para graficar mejor este punto, lo mejor es remitirse a cómo se estructura ‘Somos lo peor’ o el primer sencillo de este elepé, ‘El mundo es un lugar tan triste’’, donde prima notoriamente el colectivo por sobre lo individual.

El debut de Pillanes se nutre de este compañerismo y del sentimiento eminentemente latinoamericanista que le influencia. De este modo, la apuesta del quinteto –ayudado por la experiencia notoria de sus integrantes– de registrar un momento puntual que, esperamos, se extienda en el tiempo, se transforma en un viaje y en camino a seguir para actualizar lo que entendemos por “rock latinoamericano”. El pillañ  del grupo ciertamente que ayudó y guió este proceso transformador.

Felipe Kraljevich M.

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