Wilder Mind

Wilder Mind

2015. Island

Cuenta el mito de Babel que la humanidad, unida por un único lenguaje, no tenía limitación alguna. Construyendo juntos, pretendían alcanzar las alturas, edificando una gran torre que desafiara a los cielos. Viendo Dios que la ambición humana no tenía límites, y que podía conquistar cualquier frontera si actuaba como una sola entidad, confundió sus lenguas, de forma tal que quedasen incomunicados y condenados al fracaso. Como una profecía autocumplida, no es coincidencia que los ingleses Mumford & Sons, luego de su segundo disco, “Babel” (2012), sean víctimas de un destino similar.

Con su tercera entrega, “Wilder Mind”, la banda de Marcus Mumford se aleja drásticamente del folk rock establecido en su debut de 2009, “Sigh No More”, cambiando los banjos por electricidad. Para el registro de esta nueva placa, el productor de sus dos discos anteriores, y tres veces ganador del Grammy, Markus Dravs (“The Suburbs” de Arcade Fire, “Viva La Vida” de Coldplay) fue reemplazado por James Ford. A pesar de que Ford tuvo éxito canalizando los aires de grandeza de Florence Welch en “Ceremonials”, esta vez parece incapaz de evitar que esta torre de doce canciones comience de a poco a tambalearse. Haciendo un paralelo con los también londinenses Coldplay, “Sigh No More” es a “Parachutes” lo que este nuevo “Wilder Mind” sería a “Mylo Xyloto”. Pero esta especie de revival del rock de estadio, que ha contagiado de a poco a nuevas bandas como Arcade Fire o My Morning Jacket, (seamos justos, no solo Chris Martin quiere jugar a ser Bono estos días) no parece llevarse muy bien con el alma íntima de las composiciones de Mumford, que, especialmente en tracks como ‘Believe’, ‘Wolf’, ‘Only Love’ y la inicial ‘Tompkins Square Park’, parece estar ahogada en un mar de suntuosidad. Pasajes hay pocos, como en la final ‘Hot Gates’, o ‘Snake Eyes’, donde algo del destello original permanece. Pero se vislumbran a la distancia, son efímeros, y se desvanecen en el recuerdo muy pronto.

Todo compositor confesional quiere, en algún momento, remitir a Bruce Springsteen, el amo y señor de los himnos. Ser capaz de hablarle a las fibras más profundas de los oyentes y no solamente ser su cómplice en la intimidad de unos audífonos, sino que aspirar a convertirse en una fuerza que, en un evento masivo, actúe a la vez como un generador y un canalizador, entrelazando los cánticos y los corazones de unos con otros, formando una gran masa febril de emoción. Pero este don es escurridizo: sus dueños lo consiguieron a través de un largo proceso evolutivo que se dio de forma natural, desde lo pequeño a lo universal. Así le ocurrió en los ochenta a bandas como R.E.M. y U2, y más recientemente y en menor escala a los condenados Coldplay. Acaso este afán prematuro de madurar de forma demasiado apresurada, como dando la espalda a la naturaleza, ha pervertido a Mumford & Sons al punto de hacerlos irreconocibles, cual ingesta descontrolada de esteroides. Tal vez tengan una mente más salvaje, pero ciertamente ya no suspiran.

Nuno Veloso

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