Innocence Reaches

Innocence Reaches

2016. Polyvinyl

Obra tras obra, durante estos casi 20 años de vida discográfica, el pícaro Kevin Barnes ha parecido guiado febrilmente por la observación: “una relación, yo creo, es como un tiburón. Debe estar constantemente en movimiento, sino se muere”, hecha por el atormentado Alvy Singer en “Annie Hall”. Y en efecto, si alguna obsesión debe ser señalada como imperante en el caso de Of Montreal, es el movimiento. Aunque el nacimiento del proyecto esté localizado en Athens, Georgia (al igual que B-52’s y R.E.M.), el camino tomado por Barnes luego del trastornado “Paralytic Stalks” (2012) le ha llevado a la necesidad interna de recorrer nuevos senderos de forma física, como si su búsqueda anímica se reflejase en su andar escurridizo. “Lousy With Sylvianbriar” (2013) con su motocicleta en portada, enigmáticamente tributando aquel legendario y misterioso accidente de Dylan en su Triumph a fines de julio de 1966, luego del cual el lacónico y desgarbado de Duluth desapareció de la vida pública para dedicarse a su familia, estaba inmensamente repleto de folk y del alma de los 60. Tras él, como un paralelo poético perfecto de Bob, en negativo, ocurrió el quiebre con su esposa Nina. Los eventos gatillaron un viaje a New York y el posterior nacimiento de “Aureate Gloom”, uno de los mejores discos de la banda. En su verborrea y sus laberintos oscilantes, las sombras del mejor art rock de los 70s (Talking Heads, Television, Pere Ubu), y el glam candente de Bolan, Bowie y Slade, estallaban sólidos, conectando y exorcizando hitos autobiográficos.

En “Innocence Reaches”, la travesía de Barnes continúa en París. Dos semanas de composiciones noctámbulas y de deambular en medio de vocablos ininteligibles, como un completo desconocido vagando cobijado por Rimbaud y Baudelaire, alimentaron un álbum con un pie en sus referentes habituales: Brian Eno, The Kinks, Prince, Bowie, y por otra parte, el presente inmediato. La electrónica en ráfaga de ‘Let’s Relate’ sitúa la línea divisoria desde el comienzo. “¿Cómo te identificas?”, pregunta, y sabemos que el estrambótico devenir de Of Montreal nunca termina de responder. “Quiero modificar, quiero divergir… amalgama, creo que eres grandioso”, prosigue. ‘It’s Different For Girls’, el single, retorna con lucidez al cáustico germen de funk espacial dejado de lado en el anterior trabajo, y ‘Gratuitous Abysses’, estridente, henchida de glam, dispara contra la interconexión moderna: “estar conectados nos hace estúpidos”. 

Embriagante, ‘My Fair Lady’, derrocha pinceladas de saxo en torno a una atmósfera digna de Roxy Music, sacudiendo páginas de despecho en cada beat. Tras el frenesí de ‘Les Chants De Maldoror’, la voluptuosa obsesividad electrónica de ‘A Sport And A Pastime’ (y su fragmentación vocal) y ‘Ambassador Bridge’, un funk minimalista en tono dark wave, dan comienzo a la mejor mitad de la placa: ‘Def Pacts’, de amargura machacante y absorbente, mezcla la nueva aspiración digital con el folk de “Lousy With Sylvianbriar”, y un obnubilado Barnes entrega en ‘Chaos Arpeggiating’, sus mejores vocales, en un colosal collage de prog narcótico. Los códigos complejos de ‘Nursing Slopes’ y ‘Trashed Exes’, con su EDM quebradiza, y el tenebroso remolino futurista de ‘Chap Pilot’ completan el kaleidoscopio. Es el caos vital, que encuentra su radical contraparte en un vértigo compositivo que sorprende por su arrebato, incluso para los estándares enérgicos de Of Montreal. “Aún podemos sorprendernos cuando dejamos de actuar como unos rudos”, aseguran las líneas finales de la placa, y es que en definitiva, la oscuridad secreta que destila cada laberintica pieza de sonido, es proporcional a la vulnerabilidad. Un gran abismo gratuito y deslumbrante.

Nuno Veloso

Contenido Relacionado