Double Negative

Double Negative Low

2018. Sub Pop 

Low celebra 25 años de carrera y sigue explorando en la vanguardia del sonido, sin aflojar en calidad su contundente catálogo, construido en once álbumes que han forjado una órbita propia. En 2018 lanzaron su duodécimo LP, “Double Negative”, que ha cautivado tanto a seguidores y a la crítica especializada, catalogándolo como lo mejor de la escena actual en varias de las listas anuales. En esta incansable búsqueda, la pareja Alan Sparhawk (guitarra y voces) y Mimi Parker (batería y voces), junto al ya permanente Steve Garrington (bajo), han unido fuerzas con el productor B.J. Burton (Bon Iver, Francis & the Lights), con quien ya habían trabajado en ‘One And Sixes’ (2015), encargándose de coger las maquetas y deformarlas en una propuesta liosa y desafiante, procesándolas en un experimento de laboratorio que a la fuerza captura el aura de estos precipitosos tiempos, y obliga a hacernos un espacio de reflexión en el masivo desbarajuste que se cierne bajo la aparente calma. 

La dinámica del disco transcurre en un vaivén de luz y oscuridad, nacimiento y muerte, de la contemplación intrínseca a la irremediable desgracia, visto desde la perspectiva de la consciencia que descubre y vuelve a olvidar el origen del fin. Si consideramos el orden de las canciones es posible construir la narrativa del eterno samsara, del ser o no ser. Partiendo por ‘Quorum’, coagulada torcedura de distorsiones que de inmediato alerta al auditor y pone en marcha la representación simbólica. Una anunciación inquietante que bien podría significar la impotencia del ser ante la podrición de las ilusiones, unos pocos controlan y se protegen, el resto entregado al salvajismo y a la naturaleza cruda, que come lo que va creando desamparada a su propio devenir, concebida en su pureza y maculada inmisericorde para otra vez prosperar. “You've got to break the quorum”.

Hay inquietud en el alma afiebrada del que sobrevive al caos, el corazón palpita de miedo y cansancio, pero sabe que debe seguir luchando para subsistir. La duda intermitente es paulatino abatimiento, entre un bombo persistente y arpegios de guitarra que se disuelven en cortinas etéreas y vidriadas plegarias, el ritual ‘Dancing and blood’ manifiesta la contienda que, sin haberla ganado o perdido, ha despojado al ser de toda esperanza. “All that you gave / Wasn't enough”. A medio camino del track el pulso disminuye en un drone suave que asemeja a una elevación, la muerte redentora, y tras perseguir esa luz al final del túnel llega ‘Fly’, el latido persevera entre los susurros desfigurados de Sparhawk que suenan a otra dimensión, y la angelical voz de Mimi implora “Take my weary bones / And fly”. Atrás queda el mundo en ruinas, la voluntad viaja ahora hacia una cúspide ignota. 

Desde algún lugar del más allá, el ser despellejado de sus carnes, ahora inmaterial, evoca la catarsis y percibe con aflicción el error jamás aprendido. Eso es ‘Tempest’, algo muy similar, se me ocurre, a lo que plantea Oneohtrix Point Never en su "Age Of", inspirado en la teoría generacional de Strauss–Howe, la frágil memoria de la humanidad que vuelve a tropezar con las mismas piedras. Ásperos sonidos se desvanecen en una introspección oscura, el ángel que ha despertado sufre por los que abajo no terminan de comprender, y desde el lugar en el que se encuentra los imagina en llamas. Un lamento expulsado con maquinaciones ruidosas en la voz de Sparhawk, mientras la cándida Mimi emerge desde un manantial, en un constante forcejeo de albricias y desolación, una lucha personal.

El ser recuerda que debe continuar su elevación, porque una ojeada atrás es titubear, como el acróbata que sólo avanza si evita mirar el vacío debajo de la cuerda que lo sostiene. ‘Always Up’ es la auto convicción del ente en su incesante viaje, inducido por fuerzas benignas hacia un sendero refulgente, la contraparte de las tinieblas experimentadas en la tierra. Siempre arriba, sea el alma que busca otros planos o las naves atravesando el frío del universo. En una harmonía consoladora, Mimi canta “I believe” (x4) / “Can't you see?” (x4), casi transmutado en un querubín cada vez más consciente del entramado de la existencia, lejos ya de las disyuntivas mundanas. El ángel ingresa en un reino de paz, permaneciendo en quietud un tiempo congelado. 

El ser repara en la intencionalidad del universo, la bondad como una ley ancestral iniciadora del cosmos, el himno de un guerrero de la luz en constante peligro ante las amenazas fuliginosas. ‘Always trying work it out’ reafirma la misión encomendada desde el palacio celestial. La música se enmaraña y tiende al hecatombe, el ser ahora lucha no contra su propia voluntad, sino contra la oscuridad exterior en conspiración perpetua, y en ciertos momentos se retuerce y rompe el coro, las voces del mal (Sparhawk) rivalizan con las del bien (Mimi), pero ella se hace fuerte y se impone salvaguardando su lucidez. Está listo para volver a intentarlo. Todo vuelve a comenzar. ‘The Son, The Sun’, el ángel nuevamente es enviado a la tierra, y espera extender esa sabiduría a los hombres y mujeres que fraguan las civilizaciones. En un drone húmedo, como un parto milagroso, el hijo del sol es arrojado aquí para velar por su estirpe. ‘Dancing and Fire’ es la misma batalla con nuevas armas, cuyo desenlace inequívoco no impide al ángel dar pelea. Como si de un nuevo comienza se tratara, una guitarra suave que nos recuerda al Low noventero emerge tímidamente, casi entreviendo los fatídicos acontecimientos escritos ya en el extenuado círculo. Un preludio etéreo antes de sumirse otra vez en las sombras que ya muestran señales de conquista. 

Las huellas que han dejado las innumerables derrotas pesan. ‘Poor Sucker’, una balada pastosa que sin ser agresiva deja escapar atisbos de una ira contenida, es la revalidación de que el ser está inmerso en una lucha perdida, porque la creación germina a sabiendas de estar rodeada de una oscuridad avasalladora, aspecto que el ángel no consigue apreciar desde arriba, sino aquí abajo. “After all you've done / Feed your body to the wolves”, como el cristo que lo dio todo por nosotros y aun así crucificamos. La historia repetida alcanza lo contemporáneo y se contextualiza en la era Trump, los Fake News y las especulaciones de una inminente guerra mundial, adormecida en una infección tecnológica que nos anestesia de la verdadera aflicción subyacentemente oculta. El concepto “Always” está presente en varios títulos y coincide con la idea del sempiterno curso. ‘Rome (Always In The Dark)’ es otra reflexión que hace eco en los mismos patrones auto flagelantes igual como ocurrió al imperio romano, ese grotesco monstruo atiborrado de sí mismo que devoró sus partes gangrenadas. La ira contenida es desatada en esta épica composición donde las guitarras toman un iracundo protagonismo y dejan expuestas las escasas posibilidades de escapar de lo aciago. La muerte, otra vez, es la única salida.  

Finaliza con ‘Disarray’, el desconcierto total, el ser falla en su intento de ennoblecer la vida en la tierra, pero ya da igual. Es curioso que se trate de una canción algo campante y no una solución apática, como una renovada y menos alentadora forma de fe. Puede que la conclusión sea una aceptación elevada de lo irremediable, en el que de un vómito aflora la mariposa. La verdadera lucha no tiene que ver con la victoria sino con la preservación: no estamos destinados a ser plenos… sólo nos queda sobrevivir. Tras finalizar el álbum, queda esa sensación de que todo pareciera un vetusto aleluya ante la insigne misión del ángel, que otra vez abandona la tierra, esta vez en clave pop ascendente, resignado pero cauto ante la dificultad de darle un orden al oriundo descontrol y su inminente colapso. El paraíso está destinado a pervertirse. 

Menos por menos es más, ‘Double Negative’ supone un punto alto en la discografía de Low. El tiempo se encargará de hacerlo trascendental, aunque ya deja sembrada su legitima peculiaridad sólo por la audacia de narrar los tiempos y profetizarlos. Low firma un compendio de bellas canciones, y aunque a ratos se tornen sombrías, nunca llegan a ser violentas ni atiborradas. Como de un ciclo se trata, al repetir su reproducción, las melodías que atraviesan las once pistas, armonizadas en texturas rudas y estropeadas a propósito, van rasgando una costra que se petrifica en la cabeza, embarnizada en una dulzura que brota y se vuelve a enterrar, trance en el que es fácil perderse. Un álbum presentado en instantes de entrecortada belleza y penumbra, como la experiencia de la vida misma, que en su desgracia no encuentra mejor consuelo que estos cánticos.   

Sebastián Chávez Peña

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