Seventh Son of a Seventh Son

Seventh Son of a Seventh Son
1988. EMI
 
Resulta divertido y casi anecdótico volver a ver esas imágenes del video “'Behind the Iron Curtain'” de 1984  (re-editado como parte del DVD “Live After Death”), donde un serio y categórico Bruce Dickinson le dice a un fan polaco que “no puedes hacer heavy metal con teclados”. Anecdótico, porque dos años después de aquello, Iron Maiden lanzaba "“Somewhere in Time"” (1986), un maravilloso trabajo conceptual y futurista, lleno de sonidos de teclado, aunque para ser exactos, se trataban de “synth guitars”, es decir la guitarra sonaba como un teclado mediante el uso de algunos efectos controlados por pedales. El álbum desató una gran polémica por el detalle del sonido de las synth guitars, pero al final terminó imponiéndose y 20 años después es todo un clásico de la banda.
 
Todo aquello sirvió para sentar las sólidas bases de lo que sería el siguiente disco de la Doncella de Hierro, y dos años más tarde, emergió esa criatura amorfa pero fascinante del “septimo hijo de un séptimo hijo”, es decir un cadavérico (y sutilmente algo “gore”) Eddie, sacándose a su propio hijo desde las entrañas. Y si esa sensacional portada representaba el punto peak del genial trabajo del ilustrador Derek Riggs, quien previamente venía de realizar maravillas ilustradas como los covers de “"Powerslave"” y el mencionado "“Somewhere in Time”"; también representaba el momento más álgido y creativo de la música de Iron Maiden.
 
Sin duda nos encontramos aquí con el soberbio cenit de un trabajo que siempre fue mejorando en forma sólida y sostenida, desde el ingreso de Bruce Dickinson y posterior edición de “"The Number of the Beast",” en 1982. Desde entonces, cada registro de Maiden fue más grande, más épico, más progresivo, más ambicioso. Definitivamente no parecían existir límites creativos para la banda y así, su séptimo disco de estudio, se convertía en una versión mejorada y aumentada de los sonidos futuristas desarrollados en “Somewhere”, sencillamente, esto es Maiden en la cresta de su propia y gigantesca ola.
 
“"Seventh Son of a Seventh Son"” se nos presentaba entonces como un disco conceptual, donde los tópicos recurrentes de la banda como el misticismo, el ocultismo, la reencarnación, las profecías y el poder maligno, tenían una clara base literaria en la novelas "“Seventh Son"” de Orson Scott Card y “"Moonchild",” del oscuro Alester Crowley, donde como siempre, hay que leer las letras de los temas entre líneas, para encontrar interesantes interpretaciones y visiones del ocultismo como una forma de filosofía humana de tiempos pretéritos pero progresistas, aunque en un período como la inquisición, los autores de estas letras hubieran sido calificados como herejes, paganistas o sacrílegos, ganándose rápidamente un cupo en la hoguera.
 
Grabado durante un frío invierno europeo en Munich, Alemania, y no como era habitual en la cálida Nassau en Bahamas, lo que quizás inspiró la idea de poner a “Eddie” congelado en glaciares de hielo antártico, “el disco” arranca con Dickinson recitando un poema, como si de un juglar del medioevo se tratara; la voz limpia, y la guitarra acústica como único acompañante, eran la bienvenida a un viaje fantástico, a un itinerario con 8 paradas y 45 minutos de evasión fuera de este mundo, para conectarse con el fascinante universo del sólido e inspirado heavy metal británico de Iron Maiden. Tras la intro, los golpes de batería de Nicko McBrain advertían que algo grande se venía, y esa no era otra cosa que la monstruosa ‘'Moonchild'’, una de las canciones más pesadas y agresivas en la historia del conjunto.
 
La autoridad en la voz de Bruce, el sonido demoledor del bajo del “jefe” Harris y todas las virguerías y sutilezas guitarreras de la dupla de oro Smith/Murray más el aporte, reducido, pero inspirado de los teclados, dejaban patente desde el inicio que el disco se venía en grande, con un Maiden sonando mejor que nunca en su carrera. ‘Infinite dreams’ parte lenta y melódica, casi como una canción de cuna para, sostenidamente, ir mutando hacia un tema épico de largo aliento, casi a un thrash metal orquestado que ponía una vez más en evidencia la tremenda categoría de Harris en la composición.
 
Tras sólo dos canciones de altísimo nivel, ya se vislumbraba que se venía un álbum clásico, un auténtico súper ventas que venía antecedido por el single ‘'Can I Play With Madness'’, un tema ganchero y seductor. Quizás Maiden nunca había sonado tan radial y derechamente comercial, brindándole una accesibilidad inmediata, al que simplemente había que rendirse. ‘'The Evil that Men Do'’ fue otro clásico instantáneo; un inicio tremendo con las twin guitars de Murray y Smith acopladas a la perfección con los teclados para dar paso a un coro sensacional, con un Dickinson desatado, lleno de garra cantando eso de “the evil that men do lives on and  on…”, sencillamente sublime.
 
A continuación, otro momento para quedar sin aliento: El tema título que mantiene en un altísimo nivel la tradición de temas largos, progresivos y épicos iniciada con “'Hallowed be thy Name”', y continuada con '“Rime of the Ancient Mariner'” y “'Alexander the Great'”, sin duda un opus mágnum dentro de una obra maestra, un diamante dentro de otro diamante.
 
‘'The Prophecy'’ baja un poquito las revoluciones, para dar paso a un tema más reflexivo y pausado, como si fuera un poema musicalizado, con un Dickinson, haciendo un soberbio juego a dos voces y con una guitarra acústica en la intro y en la outro, que le da el toque juglarezco a una poco común y muy interesante canción. La experimentación queda de lado y aparece como un trueno el poderoso bajo de Steve Harris, introduciendo la genial '‘The Clairvoyant’', un tema que con sus sucesivos cambios de ritmo, representa lo mejor del estilo de metal patentado por Maiden, desde la primera vez que la escuché, me voló los sesos.
 
El final llega con ‘'Only the Good Die Young'’, un tema rápido y dinámico, con una gran melodía, con excelentes voces, guitarras y bajos, es como un resumen concentrado de los mejores momentos y elementos que se pueden encontrar en el resto del álbum, pero aquí resumidos en cuatro minutos infracción. Sin duda un temazo que, según tengo entendido, Iron Maiden nunca ha tocado en vivo al igual que '‘The Prophecy'’. El disco termina igual que como empieza, con Dickinson recitando eso de “"Seven deadly sins, seven ways to win, seven…”" y uno no sabe si lo que acaba de escuchar y vivir es un sueño o una pesadilla, si te sientes como en el cielo o en el infierno, sólo sabes que es fascinante y adictivo, pero si 20 años después seguimos hablando que “Seventh Son” es uno de los mejores discos en la carrera de Iron Maiden, por algo será. Seguro estaba escrito en alguna profecía.
 
Cristián Pavez

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