A Trick Of The Tail

A Trick Of The Tail
1976. Charisma Records, Virgin.
 
La fanaticada del progrock y Genesis abrirá este review quizás con una suerte de extrañeza, porque ya figura entre los clásicos comentados en el sitio,  “The Lamb Lies Down On Broadway”, el genial doble conceptual de 1974, que sirvió como testamento a la presencia del carismático y entonces histriónico Peter Gabriel en sus filas. Y si aparecía algún otro disco de esta banda en esta sección, el paso lógico para la inmensa mayoría tenía que ser “Selling England By The Pound” (1973), impresionante obra que los catapultó a la primera división del rock, y que figura en todas las referencias entendidas como lo mejor y más perdurable de la banda. Pero no, aquí les traigo “A Trick Of The Tail”. Explicaré mi decisión.
 
Los seguidores del rock progresivo o sinfónico siempre han incluido a Genesis como una de las mayores bandas de su árbol genealógico, pero en su mayoría, sólo consideran a la banda en su discografía hasta 1975, cuando el vocalista era Peter Gabriel. Los trabajos inmediatamente posteriores a la ida de Gabriel han sido poco tomados en serio por una porción importante de entendidos, que quizás, creen que sin Gabriel la banda no podía existir y que efectivamente con él, el hombre de los mil disfraces y personajes, se fue toda la mística teatral y artística que los caracterizó hasta entonces.  
 
Pero musicalmente quedaba mucha cancha por rayar aún, y una banda que en este plano y en esa época parecía tocar techo en cada nuevo disco, tenía que demostrar que era mucho más que su frontman y la parafernalia surrealista que lo rodeaba. El primer paso hizo a muchos creer que se habían vuelto locos –aún más quizás, pues para la prensa musical de entonces Peter Gabriel era un ORATE-, puesto que decidieron que fuese el entonces baterista Phil Collins quien asumiera como cantante principal. Collins había hecho sus armas cantando en discos anteriores, con temas dispares como la excelente y breve ‘For Absent Friends’ (del inolvidable “Nursery Cryme”, de 1971) y la claramente menor y romántica ‘More Fool Me’, (nota disonante en esa sinfonía casi perfecta que es el “Selling...”), pero nunca había asumido estas labores a full. Y las encaró de una manera distinta. Más piola pero también más dulzona, así como menos densa y artística que Gabriel.
 
El morbo tras estos pasos atrajo a mucha gente a enterarse de lo que estaba pasando con esta banda y por eso cuando salió “A Trick Of The Tail”, los primeros meses del 76, vendió una cantidad que rápidamente lo transformó en el disco de Genesis con mayor suceso comercial hasta ese momento, incorporando a un público mucho menos exigente y proveniente del mainstream, mientras la banda seguía tocando complejo, largo y con la sensibilidad y magia que caracterizó su período clásico, esto en parte porque varias ideas venían desde bastante atrás. Además, acá se develó que las ideas musicales venían en su mayoría del más piolita de sus integrantes, uno que en ese momento estaba en plena forma y genialidad compositiva: el tecladista Tony Banks, verdadero motor y pieza clave de Genesis.
 
Al escuchar este disco se advierte que el gran cambio no pasa más allá del cantante, puesto que la banda mantuvo casi inmaculado el modo elegante, sinfónico y sofisticado de encarar el rock, con una importante vibra nostálgica, etérea y melancólica, esta vez con más escapes virtuosistas en determinados momentos, y en un espacio más condensado de tiempo. Ninguna canción supera los 10 minutos –la más larga dura 8 y el promedio es de 6 minutos y medio-, pero todas duran lo que tienen que durar, y todo está en su lugar. Nada falta ni sobra.
 
Una sorpresa para los reticentes que tomen este disco llegará cuando suene el track 1, porque ‘Dance On A Volcano’ es un tema potente como quizás no se veía desde ‘The Knife’, con una instrumentación gloriosa y un tratamiento elegante y pulcro. Las vocalizaciones nos traen de inmediato el parecido evidente de las voces de Collins y Gabriel, pese a saltar también inmediatamente las diferencias entre los dos como cantantes. Uno puede llegar más arriba que el otro, pero también es menos teatral, menos expresivo y más dulce. Aún así Collins suena de maravillas acá, pues su voz le viene de perillas a la banda y suena como si fuera un duende, totalmente acoplado a la imaginería onírica, bucólica y surreal del Genesis clásico.
 
Por otro lado, al menos en el estudio, Collins seguía a cargo de la batería y reluce en la sección instrumental final de este tema, imperdible por sí sola, trayendo muchas reminiscencias del clásico ‘Dancing With The Moonlit Knight’. Qué cambios, qué agresividad, qué métrica más perfecta en su intrincación (7/4), qué manera de matizar potencia y sensibilidad, qué virtuosismo endemoniado al servicio de la música. Qué genialidad de banda eran los Genesis en los 70: ‘Dance On A Volcano’ lo demuestra y les tapa la boca a los que sostienen que sólo eran el acompañamiento musical a las excentricidades geniales de Peter Gabriel.
 
En ese éxtasis se transita cuando aparece la maravillosa y delicada  acústica ‘Entangled’. Este tema es uno de los mejores argumentos que podemos encontrar cuando queremos explicarle a alguien cómo es eso de que Genesis suena como sonaría la música de fondo durante nuestros sueños. Escrita a medias por Banks y Steve Hackett, es una sutil canción de cuna con una letra algo macabra sobre las terapias de hipnosis. Dotada de esos clásicos arpegios brillosos en contrapunto que daban las guitarras acústicas de 12 cuerdas de Hackett, el propio Banks y Mike Rutherford –genio en la ejecución sutil de la guitarra y el bajo-, podría perfectamente haber sido parte de un disco como “Foxtrot” sin desentonar en nada. Además es de una melancolía que eriza los pelos y hace arder los ojos –esto sobre todo en su desenlace, cuando el sintetizador de Banks suena como una soprano llorando-. Todavía recuerdo cuando, siendo yo un niño de 11 años, mi madre –fan absoluta y fehaciente de este disco, pues fue la banda sonora de su pololeo con mi papá- me mostró este tema y me dijo que era para morirse de pena. Van dos canciones y la altura del disco es impresionante.
 
En ‘Squonk’ nos encontramos con un formato que la banda quizás nunca antes había desarrollado. Un medio tiempo donde los golpes de guitarra dando sólo dos notas adornan una base monótona y bastante pesada, es casi como una premonición de lo que iban a estar haciendo a comienzos de los ’80, cuando definitivamente se simplificaron y edulcoraron su propuesta en pos de aprovechar –quizás- el rotundo éxito comercial de la carrera solista de Phil Collins. En este tema la voz tiene un protagonismo que a los menos amigos del pelado va a saturar, pero ojo que la letra es increíble. Nos cuenta la historia de un extraño animal silvestre, el squonk, que desarrolla un particular método de defensa frente a las adversidades: disolverse en lágrimas. Todo desde el enfoque del cazador furtivo que quiere atraparlo para venderlo a un circo. Escapes a lo mitológico que nos remontan a los días de la majestuosa ‘The Fountain Of Salmacis’ y el rescate del mito de Hermafroditus. Todo esto mientras poco a poco la vibra progresiva vuelve y el tema se desvanece.
 
Aquellos que se cierran a descubrir al Genesis de Phil Collins se están privando de conocer otro tema impresionante, una suite perfecta donde los elementos se presentan tal cual como lo hacían en los momentos más dorados y entrañables de la era Gabriel. ‘Mad Man Moon’, en poco más de 7 minutos, da cuenta de ello: una primera parte melancólica donde el mellotron envuelve y llena de sentido trágico y nostalgia –atención al hermoso punteo de Steve Hackett, que va escondido debajo de la segunda estrofa vocal- , da paso a una parte media que a su vez se subdivide en tres: la primera, donde el piano presenta la idea; la segunda, donde la misma idea, manteniendo su métrica, se complejiza notablemente sin perder delicadeza, haciéndonos ver fuentes y jardines celestiales que sólo en sueños podríamos conocer; y la tercera, donde la idea es desarrollada por la banda en pleno y entra la voz. De ese clímax se vuelve a la evocadora y triste parte de estrofas, mellotron y Hackett, y se cierra con la misma idea del comienzo, esta vez mucho más triste y con aún mayor nostalgia. Con su dinámica circular, esta canción es sencillamente divina en su perfección. Además, eleva al panteón de los inmortales a Tony Banks, su autor.
 
Cuando uno daba vuelta el vinilo o el cassette tenía tiempo para reponerse de la sobrecogedora ‘Mad Man Moon’ y enfrentar esa broma inglesa que es el single ‘Robbery, Assault & Battery’. Un tema donde Collins comete el error de tratar de ser Gabriel e interpreta, con menos fortuna, a diferentes personajes con su voz. Aún así, el excelente arreglo, la virtuosa parte media instrumental con ese furioso solo de teclado encima, y lo bien armado del tema salvan a Collins del que pudo haber sido un bochorno. Aún así, debe ser uno de los temas más radiados del complejo y poco accesible Genesis setentero, y pasa la prueba con una nota holgada, pero menor a las anteriores.
 
Si con ‘Mad Man Moon’ algunos pudieron haber quedado al borde de las lágrimas, es con ‘Ripples’ donde éstas definitivamente van a caer. Especialmente en la parte media instrumental, donde Steve Hackett sale a relucir como nunca y entrega un solo maravilloso con ese sello tan característico de él: notas simples y largas, usando la cápsula de arriba y quitando el ataque de la uñeta mediante el uso del pedal de volumen, entregando un resultado final que sobrecoge con su sensibilidad, elegancia, apabullante melancolía, etéreo vuelo y pulcra delicadeza. Hackett ha sido durante toda su carrera un excelso en el hallazgo de aproximaciones sutiles y poco tradicionales a la guitarra rock, y aquí lo demuestra con creces. Dios mío, cuánto toman John Frusciante, o Kirk Hammett, o Slash, o incluso Jonny Greenwood del bueno de Hackett cuando quieren ser delicados. Si el hombre lo hubiese patentado en Propiedad Intelectual, sería hoy más millonario que Phil Collins... pero también le debería más de algo a Robert Fripp.
 
Para alegrarse, luego de este tierno y suave llanto que fue ‘Ripples’, nada mejor que la muy inglesa ‘A Trick Of The Tail’, corte con una factura ‘Penny Lane’ por todos sus poros, pero con un claro sello de elegancia y fineza Genesis. A la altura de las mejores, sin tener que recurrir a los arreglos y estructuras complejas, este tema se roba la oreja de quien se acerque a él, cayendo simpático de entrada, pero inyectando algo de melancolía al final. Como dato freak, cabe mencionar que este tema estaba listo desde 1970, pero nunca fue grabado porque no le gustaba a Peter Gabriel... (y pensar que el 71 grabaron ese número claramente menor que era ‘Happy The Man’, para usarlo como single, en vez de usar ésta. En fin, nadie es perfecto).
 
Y para cerrar este disco como Dios manda, los Genesis se la jugaron con una furiosa instrumental que delatara cuánto estaban avanzando sus integrantes en el dominio individual de sus instrumentos. ‘Los Endos’ nos muestra un buen hacer energético y enérgico en todos los puestos, y no sólo en tocar rápido y difícil –que lo hacen de sobra-, sino que también en la creación de atmósferas que transporten al oyente a dimensiones insospechadas. Cuando era chico y oía esto me veía en el paraíso, el infierno y marchando en un bosque junto a un ejército de duendes soldados que iban a enfrentarse al lobo. Cerrando, hay citas hacia los motivos musicales de ‘Dance On A Volcano’ y ‘Squonk’, así como un guiño a la letra de ‘Supper’s Ready’ cuando el tema se va desvaneciendo. Un cierre perfecto para un disco memorable, que merece su lugar entre lo mejor que esta banda produjo, independiente de la época o la formación con que se hizo.
 
Al ser el primer disco de rock progresivo que escuché íntegro en mi vida, es obvio que el comentario no podía desligarse de ciertas subjetividades. Pero me parece que esa facultad profundamente artística y vanguardista que caracterizó al mejor Genesis se presenta de un modo fehaciente en esta placa, lejos la mejor de estudio con el pelado Collins como cantante –el segundo lugar se lo pelean el sucesor “Wind and Wuthering”, progresivo pero menos certero, y el rompedor pero infinitamente más light “Duke” (1980)-, una etapa hacia la cual he podido notar también que hay mucho prejuicio por parte de ciertos fans genesianos que sólo se quedan con la etapa gabrieliana –que está claro es la época de oro-. Si se atreven, encontrarán material más que decente, que nos demuestra que, más que Gabriel o Collins, el imprescindible en Genesis siempre fue Tony Banks, geniecillo siempre oculto detrás de los teclados y su carácter reservado, flemático, silencioso y tímido.
 
Pedro Ogrodnik C.

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