Risc

Risc

2016. Trost Records

Fue música brutal para tiempos brutales: El domingo 15 de septiembre de 1963, en una iglesia de Alabama, pleno sur de Estados Unidos, cuatro niñas negras murieron quemadas a manos de un organizado grupo de hombres que, minutos antes, había lanzado explosivos sobre el lugar sin otra intención que matar. Este bestial acontecimiento fue de tal gravedad que, incluso, llevó a una emergente Nina Simone a componer la contestataria “Mississippi Goddam”, canción con la que comenzaba un alegato iracundo contra la segregación y que se encendería progresivamente hasta generar un espiral de violencia y desamparo que la empujaría a retirarse finalmente a Liberia, oeste de África, huyendo así del fastidio racista del pueblo estadounidense. Hechos tan feroces como los que afectaron a Simone, habían inspirado en el pasado a un colérico Ornette Coleman, quien en 1958 y 1959, mostraba sus también radicales maneras con dos violentos discos que fundarían la llamada “New Thing” o free-jazz, estilo que se extremaría aún más con el feroz vibrato de un Albert Ayler, decididamente, proto punk. 

Esa imagen anarquista encontró su reflejo en la resquebrajada Alemania de los 60, lugar de gran agitación social y donde un joven de exaltado pincel neoexpresionista, llamado Peter Brotzmann, decantaba con acordes disonantes que prolongaban los desgarros de una Segunda Guerra Mundial aún fulgurante. Una rítmica que condensaría los impetuosos “Machine Gun” (1969) y “Balls” (1970), iniciando así una frenética discografía que se proyecta hasta este notable “Risc”, en el que el trío Full Blast muta en cuarteto, produciendo diferencias ostensibles con respecto a sus anteriores cuatro entregas. Así, ‘Try Kraka’ y su crispante abstracción inicial permiten las primeras digitaciones de un Brötzmann en plenas capacidades. El hombre de ayer sigue siendo el mismo de hoy: Arisco, de fraseo exultante y rabioso, como a regañadientes, de gestos grumosos y profundos, apático, y de sentir casi misántropo. Luego, cercano a los siete minutos aparece otro monstruo, aunque desconocido: Gerd Rische*, a quien ya percibíamos durante la pista con un entomológico sonido ambiental, pero que ahora deslumbra con un solo de electrónicos parco e imprevisto, que termina por cortar en dos una improvisación ardientemente taladrada. 

Un swing atonal a cargo de Brötzmann enciende ‘Cafe Ingrid’, en la cual destella el particular timbre del bajo eléctrico de Marino Pliakas, caracterizado por ser menos corrosivo que el de Massimo Pupillo en el extraordinario “Snakelust” (2012), pero más nutrido en recursos rítmicos e improvisatorios. Similar cosa sucede con ‘Garnison Lane’, pieza exploratoria en la que la banda se apresura de forma descomunal con admirables ejecuciones que recuerdan la reciente visita del trío a nuestro país. Aquel delirio solo es detenido por el lacónico soplido de un Brötzmann inusitadamente sereno en el inicio de ‘Schwarzspanier Street’. En ella las cuerdas de Pliakas parecieran ejecutadas en un tradicional contrabajo, mientras la batería de Michael Wertmüller percute a una gran velocidad como contagiada por la rabiosa presencia de un Brötzmann, que extrema sus ya amplios recursos técnicos, en esa irrenunciable costumbre de rasgar sus propios límites. 

Un solo de Brötzmann en clave debussyana abre ‘Doss House’, pieza inundada por una electrónica punzante y de andar mecánico. Un trance soberbio en el que Brötzmann se deja llevar por el cauce abstracto que generan el trío de percusión, cuerdas y máquinas. Una improvisación incesante que se espesa hasta terminar en un thrash-jazz turbulento y visceral. Luego, una voz sampleada evidencia a ‘TTD’ y a sus instintivas percusiones acústicas y electrónicas, que se instituyen como cruce exacto entre una IDM primaria y un krautrock industrial profundamente abrasivo y maquinal. Como si el primer Conrad Schnitzler hubiese viajado hasta nuestros tiempos, y se inspirara en toda nuestra gula y triste borrachera existencial. En sus dos primeros tercios la electrónica obliga a Brötzmann a constituirse como simple observador del avance denso y magnético de Rische, quien se disuelve en un cúmulo de percusiones creadas por un Wertmüller que pareciera encontrarse en un ritual perdido y primitivo. 

Finalmente, aparece la impresionante ‘Roguery’, pieza dentro de la cual Brötzmann suena aún más terrible y gutural. Una creación de hondo carácter vanguardista, sobre todo por la presencia de una electrónica decididamente actual y, por tanto, ajena a sus ya grandes obras. En Mats Gustafsson o en Rob Mazurek no es sorpresa, pero si en el alemán, quien demuestra a sus más de setenta años que aún posee un fuego imposible, una llama irrefutable. El genio y su inmutable temperamento siguen respondiendo con gruñidos y golpes a un mundo que sigue pareciéndose a las densas pinturas de Georg Baselitz, aquellas en que los personajes flotan invertidos en un vacío hostil y beligerante, en las que los cuerpos desfiguran sus márgenes, extraviándose en un todo borroso e intermitentemente aborrecible.

*Gerd Rische († 2015)

Carlos Navarro A.

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