Distance Over Time

Dream Theater - Distance Over Time

2019. Inside Out

De un tiempo a esta parte y salvando las distancias, Dream Theater parece que ha entrado en la misma categoría de una banda como Metallica en el sentido de que cada nuevo lanzamiento divide las aguas del mar rojo y polariza completamente las opiniones, ya sea a favor o en contra. Como que los matices y los tonos medios ya no existen, y la tónica es de lo tomas o lo dejas, lo amas o lo odias, blanco o negro. Los detractores apuntan sus dardos a dos targets, el cantante James LaBrie, que como es lógico de esperar ha sufrido el desgaste natural de su voz con el paso del tiempo y su rango ha disminuido en amplitud y variedad; y el otro es el baterista Mike Mangini que con todo lo extraordinario que es pareciera no brillar a la altura de lo que hizo en Annihilator, Extreme, en los discos y giras de Steve Vai y en los discos solistas del propio LaBrie; como que no se puede librar de ese fantasma de que “toca lo que le dicen que tiene que tocar”, aunque John Petrucci lo ha negado en cada entrevista que da. Para las actuaciones en vivo, la banda se ha sacado algunos ases bajo la manga como tocar completo el enorme “Images and Words” (1992), y para el nuevo tour han anunciado que interpretarán de punta a cabo “Metropolis Pt. 2: Scenes From A Memory” (1999), celebrando sus 20 años, relegando de esta forma la presentación de este nuevo disco a no más de tres o cuatro canciones.

En este contexto, ¿qué se podía esperar de este nuevo trabajo? Pues algo completamente opuesto al extenso, conceptual, melódico y liviano “The Astonishing” (2016), es decir un disco más al hueso, más heavy, más enfocado y más corto, donde ninguna canción supera los 10 minutos y con una duración total de una hora, algo que no se veía hace décadas en el catálogo de Dream Theater. De esta manera, “Distance Over Time” es una placa liderada por la guitarra de Petrucci y eso nunca será malo; se podría decir que concentra los momentos más brillantes del disco en oposición a un bastante ausente Jordan Rudess, quien aporta lo justo y necesario para cada canción con sus teclados y que no escribió ninguna letra esta vez, dejando esa labor en manos de los otros integrantes, donde incluso hasta Mangini escribió una para la mecanizada ‘Room 137’, que suena a un híbrido de metal industrial que al principio recuerda el riff de ‘The Beautiful People’ del reverendo Manson. Pero antes, el inicio con la anticipada ‘Unthetered Angel’ es un arranque clásico de DT: notas limpias y cristalinas al principio antes de soltar toda la pesada marcha progresiva llena de cambios y quiebres. Producido por el propio Petrucci, el sonido es correcto pero algo plano y opaco, le falta brillo y rango dinámico al espectro sonoro; como viene siendo recurrente, se nota la falta de un buen productor que corrija esos detalles, pero en el actual modelo de negocios donde la mayoría de las bandas debe costear la grabación del disco y entregar el producto terminado al sello que se encarga de la fabricación y distribución, la mayoría opta por ahorrase el sueldo del productor, cuando debieran verlo como una inversión y no como un gasto. No creo que una banda del tamaño de DT tenga problemas para pagarle a un productor, pero también a veces el ego juega en contra de los propios artistas al creerse autosuficientes y multifunción.

Las guitarras de siete cuerdas le dan un toque siniestro a ‘Paralyzed’ que suena bastante distópica, también con un toque de metal industrial aunque sin perder la esencia melódica aportada por los teclados y la voz de LaBrie que en este tema de rango medio, logra destacar más. Como ya se dijo, la guitarra de Petrucci -y en especial sus solos- son los momentos que más eclipsan al auditor. ‘Fall Into the Light’ tiene un riff y groove inicial bastante Metallica (a los más actuales no a los clásicos), y la canción galopa con fuerza y convicción, lo mejor está el quiebre en su canon central con una parte acústica muy bien lograda y emotiva y con otro gran punteo de Petrucci. ‘Barstool Warrior’ quizás sea la joya de la corona del disco con pasajes que recuerdan a Rush y a los Marillion de Fish, es una celebración del rock/metal progresivo condensada en casi 7 minutos que no tienen desperdicio alguno. John Myung tiene una participación destacada en ‘S2N’, donde su bajo retumba con fuerza y tiene una líneas profundas y dominantes, en una canción densa y pesada que precede a la más brillante ‘At Wit’s Ends’ donde el grupo toca todas las notas que puede a toda velocidad pero sin excederse, matizando partes realmente complejas con otras que son pura melodía, con la guitarra y el piano duplicados, recordando pasajes de ese inmenso disco “Awake” de 1994. Este tipo de temas que no le exige ir tan arriba con su voz, son los que mejor le funcionan en la actualidad a LaBrie, tal como ocurre en la balada ‘Out of Reach’, donde por fin aparece esa calidez vocal que tanto se echa de menos. El cierre llega con el tema más pesado del disco ‘Pale Blue Dot’ que tiene una concepción muy cinemática, muy grandilocuente y orquestal, oscura y magnética a la vez, con buenos redoblantes de Mangini y un doble bombo intercalado que empuja todo desde el fondo. Como bonus track tenemos a ‘Viper King’ que suena como un Deep Purple atomizado y con esteroides, pero que como canción no es en realidad un gran aporte para la placa.

La disyuntiva del Hamlet de Shakespeare reflejada en la portada creada por el legendario artista Hugh Syme (Rush, Fates Warning, Iron Maiden, Megadeth), nos revela que "Distance Over Time" es un disco correcto y cumplidor, que dejará satisfecho a las fanáticos más acérrimos de DT, que levanta el nivel con respecto al disco anterior, que recrea pasajes de algunas obras más memorables de la banda, que se disfruta y se deja oír, pero que no pasará a la posteridad como un álbum fundamental de la banda, sino que más bien es un pasaje de transición a una renovada inspiración de cara al futuro (con un regreso de Portnoy mediante), o el declive lento e ineludible hacia un ocaso de involución o conformismo artístico. Seguir tal como estamos o volver con Mike Portnoy. Esa es la cuestión.

Cristián Pavez