Immensity

Desire Pain1

2018. Australis Records

Como "La Caída de los condenados" y "El Infierno", de El Bosco, "Immensity", segundo larga duración de los chilenos Desire of Pain, tiene ira, dolor, desesperación y oscuridad. Tal vez la onda saltarina de la obertura y las armonías que recuerdan los trazos más tiernos de Textures, Tesseract o The Ocean no lo manifiesten con claridad, pero las voces - a veces podridas, otras, desgarradas -, la estridencia de las guitarras y la vorágine provocada por los blast beats de 'Ascension' confirman la impronta incendiaria. Los rastros de violencia asoman, asimismo, en el primer tercio de 'Vertigo', bestial, desesperada y desesperante como los Slipknot más esquizofrénicos.

Al igual que en "Mulholland Drive" (David Lynch), el álbum cuenta con un componente onírico incuestionable que se expresa con nitidez particular en los cortes alejados del metal. ‘Everything’ y sus reminiscencias a ‘The Cry of Mankind’ (My Dying Bride), 'Forever Failure' (Paradise Lost) y los Anathema más atmosféricos deviene espectral e hipnótica, mientras que ‘Eternal’ recrea la vibra etérea, casi fantasmal, de Agalloch. ‘Trascendence’, por su parte, dialoga tanto con el Ulver electrónico como con el gótico de The Sisters of Mercy y con el Tiamat más abstracto para coronar una trilogía maldita pero cálida, opresiva pero seductora, desconcertante pero irrenunciable.

De la misma forma que "Ítaca"(Constantino P. Cavafis), el opus contiene la idea de viaje. Si bien ‘Vertigo' recorre la brutalidad, también visita lugares habituales para los Enslaved más prog, el Ihsahn más inspirado - el saxo de Jared Ibacache y el solo de  Marcelo Fuenzalida son sobrecogedoramente elegantes - o los Evoken más aplastantes. Pero la andanza insinúa tanto aventura geográfica como exploración espiritual: 'Aeon’ comienza introspectiva como Bauda, avanza contundente guiñando a Pallbearer, explota similar a la veta más gélida y sombría de Wolves in the Throne Room y culmina cósmica e infinita como 'Lux Aeterna' (György Ligeti).

"Fragments of a Crystalized Abscence", la placa debut de la banda, era un registro crudo  que laceraba con su urgencia tributaria del death metal hecho en Gotemburgo - especialmente el de los Dark Tranquility tempraneros - o, incluso, de otros próceres como Pestlience. Ocho años después, Sebastián Silva (voz, guitarra y mente maestra del trío) se declara contra la ortodoxia creando una obra compleja, multidimensional y diversa que supera el umbral de la experiencia auditiva al conectarnos no solo con uno de los discos más audaces y desafiantes del panorama extremo nacional actual, sino también con una versión de la muerte ecléctica, reflexiva y majestuosa.

Mauricio Salazar Rodríguez

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