Black Stone Cherry

Black Stone Cherry
2006. Roadrunner Records

Cuando un disco te vuela la cabeza en tan sólo una sentada, puede significar dos cosas. O es el álbum más digerible y poco profundo que existe –y por ende pasará al olvido en un abrir y cerrar de ojos-, o estás frente a una pieza maestra de las que, hoy por hoy, se ven tarde, mal y nunca. Sin exagerar, este cedé se inclina por la segunda opción.

No obstante, y más allá de los elogios, es imposible entender el significado y relevancia de dicho debut homónimo, sin reparar en el contexto en el que se ha desarrollado la composición, producción y mezcla del mismo. Nativos de Edmonton, Kentucky, este cuarteto compuesto por Chris Robertson en la voz y guitarra, Ben Wells en la guitarra principal, Jon Lawhon en el bajo y John Fred Young en la batería, representa la nueva savia del rock sureño que, en años mejores, entregaron al mismo Zakk Wylde o a los veteranos de Lynyrd Skynyrd.

Compuesto por trece tracks redondos, el disco se podría decir que está fraccionado en dos niveles. El primero, con un sonido y actitud bastante más cercano al rock pesado y a las distorsiones desgarradoras propias del grunge y, el segundo, mucho más fraterno y cercano   con el legado sureño al que es inevitable hacer referencia, donde abundan los coros en tonalidad media, los licks blueseros e incluso la colaboración de un órgano Hammond  B3.

La apertura está a cargo de ‘Rain Wizard’, una canción que auspicia lo que se viene de modo inevitable: una avalancha de talento y virtuosismo. Es esta sin duda la mejor carta de presentación. ‘Backwoods Gold’, uno de los cortes hard rock del disco, muestra la versatilidad vocal de Robertson y la enorme calidad musical de Fred Young, el baterista. Además se deja entrever el concepto de la placa: las letras, si bien están inspiradas en la realidad, tienen un aire pseudo ‘shamánico’ que cae muy bien. En tan sólo dos canciones es imposible siquiera pensar en obviar el resto del disco.

‘Lonely Train’ –el single debut-, es sin duda, uno de los platos fuertes del disco, tanto vocal como melódicamente. El trabajo de las guitarras está ejecutado a la perfección y la letra, que alude al drama de la guerra, está muy bien construida. Mientras, su sucesor ‘Maybe Someday’, comienza a reflejar los primeros atisbos del ‘southern rock style’ y las raíces provenientes del delta del Mississippi que se ven reflejadas, en mayor o menor grado, a lo largo de todo el disco.

Siguiendo con los riffs más densos y las progresiones rítmicas más básicas, When the Weight Comes Down y Crosstown Woman representan el inicio definitivo hacia la corriente y herencia sureña, aunque siempre dándole énfasis a la notable calidad vocal de Robertson que, en dicha etapa, demuestra que, si bien anda por los 20 años, tiene un registro realmente maduro y digno de elogios. Por cierto, la primera en cuestión posee un coro excelente y unos arreglos en sitara mezclados a la perfección.

De acá en adelante todo es disfrutar. Reparando en que Shooting Star aún conserva una intención más propia del grunge y un par de riffs distorsionados propios del metal, Hell & High Water y Shape of Things son el puntapié inicial al ya citado estilo sureño y a los coros con olor y sabor a brasas consumidas y atardeceres ocupados en fugarse de la policía. Nuevamente, Chris Robertson se luce. Es increíble que siendo tan joven demuestre tal calidad, que recuerda a la de aquel adolescente Chris Cornell en su etapa Soundgarden.

Cerrando el disco de forma magistral están Violater Girl, un poco más hard rock, Tired of Rain, Drive y Rollin' On. Estás Tres últimas –omitiendo Drive que también posee acordes más pesados-, donde además hay arreglos de órgano, son la caída de cortina perfecta. Un final pulcro que se aleja absolutamente de los típicos ‘desinflamientos’ anímicos que, generalmente, abundan por estos últimos cortes.

Sólo elogios para Black Stone Cherry. La única crítica verosímil al caso es destacar que, en ciertas ocasiones, da la impresión de que los acordes –sobre todo en los coros-, parecen haber sido interpretados con antelación, como si hubiesen ocupado la misma progresión pero en diferente orden. A pesar de esto, la atención no se pierde. Por el contrario, con este aplastante debut escalan, sin duda, al pedestal inmaculado de aquellos pocos que logran sorprender y enganchar tan rápido a una audiencia incrédula. Son jóvenes, inexpertos, aficionados y llenos de energía: son el nuevo fetiche de los parques de trailers en Norteamérica.

Daniel Castell

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