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Rollin’ Beers Fest: Inclusión, cervezas y rocanrol

Rollin’ Beers Fest: Inclusión, cervezas y rocanrol

La fiesta penquista que pudo ser grandiosa
Rollin’ Beers Fest: Inclusión, cervezas y rocanrol

23-24 de setiembre, 2017
Centro de Eventos SurActivo, Concepción

Expositores de cervezas artesanales, stands con productos de la zona sur del país, un patio con una decena de foodtracks para distintos gustos, un estacionamiento que albergaba una modesta muestra de automóviles y motocicletas de colección. De entrada, la escena era la de un festival que no sólo quería abarcar lo musical, sino que cubrir todos los flancos posibles. Todos. Porque la primera edición del Rollin’ Beers Fest –organizado por Lumberjacks Free Riders- tuvo la pretensión de, aparte satisfacer las inquietudes que rodean a la cultura biker, adquirir un carácter inclusivo, invitando y haciendo partícipes del show a personas con discapacidad.

Este es un punto importante a recalcar. La manera en abordar la inclusión, propuesta por el Rollin’ Beers, no se quedó sólo en el eslogan. Entrada liberada para quienes tuvieran su carnet de discapacidad, rampas de acceso (inclusive en el escenario), e intérpretes de señas para algunas canciones de los grupos que se presentaron eran parte de las consideraciones que la productora tomó. A eso, se le sumó el desfile “Bellas en ruedas”, que contó con la participación de deportistas nacionales paraolímpicas, y las presentaciones en vivo de los grupos Fabián Toro & Falla Motora – cuyo líder tuvo dos accidentes vasculares y tras eso siguió componiendo, tocando teclado y cantando desde su silla de ruedas-, y Pulgas con Bata, interesante banda de rock experimental, conformada por dos integrantes no videntes (guitarrista y un vocalista), y que sin miedo ni prejuicios mezclan jazz rock, funk sicodélico, poesía y performance. De esta manera, el festival marca con fuego su propósito integrador e inclusivo. Y repito: esto es algo muy importante.

Los aciertos en cuanto a la producción no se limitaron sólo a eso. Vale hacer mención el buen y ordenado manejo técnico y la puntualidad con que todo se llevó a cabo, y salvo pequeños detalles, estuvo a la altura. Lamentablemente, aquel trabajo no se vio reflejado en la asistencia al evento. El público de la región del Biobío no se sintió convocado. Desinteligencias en el área comunicacional y una fecha poco estratégica, mermaron las opciones de ver un flujo constante de personas en el gran espacio que brindaba el SurActivo. Aunque siendo justos, y si bien el peak de asistencia fue menos de lo esperado, en la tarde-noche del sábado llegó una gran cantidad de jóvenes que iban a ver a los dos números fuertes de la jornada, ambas con sendas presentaciones: Devil Presley, sonando como cañón con su rock duro y desértico sin especulaciones; y Los Mox!, que brindaron un verdadero espectáculo, fiel a su estilo jolgorioso y desvergonzado: mucha cerveza, humor y una andanada de clásicos vitoreados por un público fiel. Hasta una niña se subió a tocar batería en la versión castellanizada de ‘Breaking the law’. Entre la buena música, promociones de cervezas, presentación de las candidatas a reina, y un sorpresivo protagonista (el corpóreo de un stand de sex shop, que era básicamente un pene), el primer día mantuvo las expectativas.

Entre ambas jornadas –y cómo no- hubo bandas que sorprendieron. Ñache, un cuarteto oriundo de Tomé de inusitada visceralidad, que con el acelerador a fondo daban muestra de un groove metal con tintes de música de raíz, recordando tanto a Huinca como a Kuervos del Sur. Los excelentes Peter Ron, que se tomaron el escenario por largos minutos gracias a su rock clásico, de mucha potencia, y con una guitarrista de temer –a Daniela Castillo hay que ponerle atención- que no le temblaron las manos a la hora de crear robustos riffs y dar rienda suelta a varios solos de escuela zeppeliana. También, destacaron dos grupos con dos variantes de blues: Thomas & El Viejo Loco, con una propuesta que se situaba entre el southern rock y el blues más seminal; y Automotor, blues rock de corte americano, con una guitarra que aullaba protagonismo y que descansaba sobre una base de teclado y pasajes de armónica. No olvidamos a la agrupación penquista que cerró el festival, La Tromba, que dio todo sobre el escenario ante un espacio casi vacío. Su fusión entre música balcánica, candombe y cumbia, la condimentan con unas bailarinas cuya performance es la danza árabe, y así, todo junto y revuelto, se transforman en un combo bailable y carnavalesco apto para cualquier público.  

La primera edición del Rollin' Beers, pese a todo, es el comienzo de una nueva forma de proponer festivales en torno a la música, desde región, donde todo cuesta el doble. Sí, la producción queda con gusto amargo por la convocatoria, pero también se llevan tatuadas las lecciones aprendidas. Tras bambalinas, entre rostros de preocupación, igualmente se percibía un ánimo satisfactorio por haber realizado un buen trabajo en lo técnico. Sin duda, a futuro, ya sea con una segunda edición del festival o con otros eventos, tomaran sus apuntes y harán todo lo que esté a su alcance para que sea un público mucho más numeroso y variado el que pueda disfrutar del rocanrol y las cervezas del sur de nuestro país. Espíritu de resiliencia, le dicen.

César Tudela

Fotos: Lilian Fernández

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