¡Viva Zapata!

Mia Zapata y el horrible final de una voz maravillosa

Para The Gits, la independencia era una bandera de lucha. El cuarteto estadounidense reivindicaba su autonomía mientras los sellos discográficos ofrecían contratos a diestra y siniestra buscando a los próximos Nirvana. Tenían un discurso que acusaba una elevada conciencia social, y no se quedaban solamente en las palabras, sino que también ponían en acción sus ideas. En su centro de operaciones, obviamente ubicado en Seattle, tenían contacto con la flor y nata del rock alternativo, pero estaban mucho más conectados con la periferia artística de la zona, llena de punks acérrimos, dedicados a distintas ramas del activismo.

Altamente ideologizada, la banda armaba giras en Europa sin necesidad de grandes presupuestos, ni de mucho personal. Simplemente usaba sus redes de cooperación. En vez de hoteles, casas okupas. En lugar de staff, amigos repartidos en distintos países. Ni siquiera tenían manager. De comienzos humildes, el grupo estaba visiblemente orgulloso de cada uno de sus logros. Nunca olvidaban sus primeros días, curtiéndose en un bar de mala muerte ubicado al lado de un hospital psiquiátrico.

La atracción principal de The Gits se llamaba Mia Zapata, una cantante volcánica que le ponía un signo de exclamación al punk rock con fragmentos de rock clásico que cultivaban sus compañeros. Su estilo era único: la distinguía de sus contemporáneas una formación bluesera que la llevó a ser comparada en incontables ocasiones con Janis Joplin. También podrían hacerse paralelos entre su impronta y la de otras mujeres que hacen temblar la tierra cuando abren la boca, como Texas Terri o Lisa Kekaula. Para no dejar dudas sobre su origen artístico, Zapata cantaba un cover de 'Graveyard Dream Blues' de Bessie Smith.

En 1993, el encanto desgarbado de The Gits sedujo a las grandes compañías, ansiosas de fagocitar su apetitosa credibilidad. Había mucho potencial en ellos. La historia de la música está llena de ejemplos de lo lejos que se puede llegar con músicos competentes y una voz fuera de serie. En concreto, Atlantic Records estaba a un pelo de firmarlos, mientras se negociaban asuntos relacionados a la soberanía de la banda sobre sus propias acciones, detalles finales para un contrato inminente. Mia Zapata estaba destinada a convertirse en una heroína de los noventa. A compartir altar con Kathleen Hanna y Donita Sparks.

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De vuelta en casa luego de una gira por la Costa Oeste de Estados Unidos, y después de siete años como banda, el futuro de The Gits lucía prometedor, lleno de posibilidades. Su debut, "Frenching the Bully", editado el año anterior, gozó de un recibimiento a brazos abiertos por parte de la crítica y fue la semilla de una base de seguidores en paulatino, pero constante, aumento. Sintiendo el buen augurio, el cuarteto ya estaba trabajando en "Enter: The Conquering Chicken", que en el plan original sería su segundo disco, pero terminó siendo un lanzamiento póstumo tras la espantosa muerte de su vocalista.

La noche del 7 de julio del 93, Mia Zapata pasó un rato en un bar, del que luego se fue para visitar a una de sus amistades. En el camino a casa, fue secuestrada, violada y asesinada. El femicida abandonó su cadáver torturado. El reporte forense provoca escalofríos: murió por estrangulamiento, pero, de no haber sido ahorcada, hubiese fallecido de todos modos por culpa de la paliza brutal que recibió. Tenía 27 años.

Una vez que la policía mostró su incompetencia en el caso, comenzó una investigación privada cuyo financiamiento corrió por parte de los restantes miembros de The Gits y emblemas de Seattle como Nirvana y Pearl Jam. La comunidad musical de la zona se unió para crear Home Alive, una organización que hasta el 2010 se dedicó a enseñarle defensa personal a mujeres y que fue apoyada por conciertos y discos benéficos con artistas como Soundgarden, Jello Biafra y The Presidents of the United States of America, entre otros.

El respeto que inspiraba Mia Zapata llevó a la mismísima Joan Jett a parchar como cantante de The Gits por una gira, con el fin de recaudar fondos para la investigación del crimen. La justicia llegó recién el 2004, cuando su asesino, un agresor en serie que tenía denuncias de todas sus ex parejas, fue sentenciado a 36 años de cárcel, la pena máxima permitida por la ley en Seattle para un femicida.

Andrés Panes