Mientras las guitarras lloran gentilmente

50 años del Álbum Blanco de The Beatles

Para quienes partimos en lo de The Beatles -como quien escribe- escuchando justamente este denominado "Álbum blanco", nos sorprendíamos frente a la espontaneidad, diversidad de una banda que, varios años ya, había dejado de ser el fenómeno de masas adolescente vestido de traje y melenas «beat». No, esta banda era algo más evolucionado, una de un rock de criterio amplio, capaz de asumir como propio cualquier estilo o lenguaje, mezclando intuición comercial con experimentación y agregando el tema de una imagen de estética hippie pero atemporal, asimilada y copiada por todos los artistas de aquel tiempo, de la actualidad y del futuro. Para quien oía, como yo, “The Beatles” (o también denominado "White Album") en 1992 no era fácil precisar qué estabas escuchando, si algo registrado un cuarto de siglo atrás o tan solo hace algunas temporadas. Aquí, todo es nuevo y todo es viejo.

50 años al día de hoy, un rápido vistazo al pasado, aquel febril estado de cosas de 1968.

«Si todos hubieran sacado algo en limpio en Rishikesh» (en el retiro en India, previo a las grabaciones del disco), relataba George Harrison, «habrían estado meditando más y no solo distrayéndose».

Más allá de la evidente falta de enfoque y concentración, las sesiones de grabación para el doble disco homónimo de The Beatles fueron las más turbulentas para el cuarteto hasta esa fecha. Cualquier inclinación hacia un objetivo en común se desvanecía rápidamente, ya que la experiencia del retiro espiritual y la meditación transcendental al final probó aumentar, en lugar de moderar, los problemas de egos en la banda. La puesta en marcha de Apple Corps sin duda constituyó otra distracción en aquello de ser simplemente «Beatles», no obstante los traumas que rodeaban al grupo y la repentina presencia de «forasteros» en lo que había sido el santuario de Abbey Road, eso sí que definitivamente tuvo un efecto en la baja moral colectiva para mediados del 1968. Apple, en su conjunto, fue un tema de suma importancia, especialmente al año siguiente cuando los problemas dentro de la compañía derivaron directamente en una ruptura irreparable en la interna de la banda.

El Disco Blanco fue también el primer álbum del grupo en aparecer en su propio sello Apple Records (aunque en gran medida fue una fachada porque sus grabaciones seguían siendo propiedad exclusiva de EMI). Paul y George entonces jugaron a dos pistas para darle asesoría a algunos de los artistas firmados por la compañía, especialmente en el verano de 1968, cuando casi en simultáneo con las sesiones del “White Album”, Paul produjo a Mary Hopkin, George lo hizo con Jackie Lomax, ambos tocaron en el disco de James Taylor y también junto a Ringo en el de Lomax. Tales sesiones se llevaron a cabo en Abbey Road y en Trident Studios, una nueva instalación en Londres que se había inaugurado en marzo de aquella temporada. Todo esto resultó en una carga adicional de tiempo para los Beatles quienes dejaron sus preocupaciones colectivas en un segundo plano cuando la verdad es que un enfoque y concentración exclusiva en lo suyo como grupo hubiera sido algo muy valioso.

Pero volviendo a lo de los agentes externos, para muchos la mera mención del elemento foráneo llamado Yoko Ono genera rechazo ya que es frecuentemente responsabilizada por la desunión del grupo. Si bien la realidad es mucho más compleja, las excentricidades de la pareja Ono-Lennon terminaron de boicotear cualquier sentimiento de unidad. Un tema determinante que llamó mucho la atención y generó honda incomodidad fue la decisión de John y Yoko de celebrar sus primeros affairs en la forma de un vinilo conocido como “Unfinished Music No. 1: Two Virgins”. Si bien el contenido del álbum no representaba amenaza alguna para The Beatles, el desnudo frontal de la foto de la pareja en la portada ciertamente los sorprendió, y mucho. Fueron largas semanas de discusiones entre los mismos Beatles y su nuevo sello para finalmente darle el vamos al lanzamiento, aparte de las demandas por obscenidad de las autoridades que convirtieron al álbum en una de esas cosas mucho más comentadas que escuchadas.

Con tanto material potencial que los Beatles habían trabajado en demos en casa de George Harrison y que pretendían desarrollar en su totalidad, la labor para este nuevo álbum se tornó en un proceso más agotador para todos los involucrados. Además de subestimar las habilidades de arreglador y productor del propio George Martin también generaron tensiones nunca antes vistas cuando, por ejemplo, McCartney se hacía cargo de todas las pistas en alguna determinada canción, en lugar de estimular un ambiente de trabajo grupal. George Harrison en particular sufrió la indignidad de que se le dijera que hacer y no considerar de plano varios de sus aportes, mientras que Ringo se tomaba demasiado en serio cualquier crítica por muy bien intencionada que fuera. Finalmente se llegó a la ruptura cuando en agosto de aquel año, el baterista se fue del estudio sin intención de regresar. Después de un par de semanas de vacaciones y con algo de esfuerzo de los otros tres para contactarlo, el baterista finalmente volvió, encontrando su batería cubierta con flores como una señal de reconciliación.

El primer ingeniero Geoff Emerick -fallecido en octubre de este 2018- abandonó el proyecto a mitad de camino, cansado de que cuando las cosas no fluían en el estudio era a él a quien hacían responsable. El normalmente imperturbable Martin optó por una actitud más pasivo-agresiva, haciéndoles saber sin aviso previo que se tomaba unas vacaciones y que entregaba el control de las sesiones al asistente de producción, un tipo de 21 años llamado Chris Thomas.

Si solo consideramos todo el caos que se produjo en la creación de este álbum doble, los resultados no son menos impresionantes. Si bien carece de la cohesión del “Sgt. Pepper's...”, en cambio se podría aplaudir que The Beatles produjo la mezcla de música más ecléctica que jamás hubieran registrado en un vinilo. En el sutil romanticismo de ‘I Will’ hasta la atronadora muralla de distorsión que era ‘Helter Skelter’, Paul daba una exhibición de sus talentos como cantante y multiinstrumentista. George también se las ingenió para figurar con 4 canciones, incluyendo ‘While My Guitar Gently Weeps’, que contó con la participación de Eric Clapton, un invitado que sentó precedentes al presentarse en su papel de estrella. Con la encantadora ‘Don’t Pass Me By’ Ringo marcó su debut como compositor exclusivo, mientras que John presentó una variedad de música que iba desde de la intrincada ‘Julia’, un homenaje simultáneo tanto a su madre como a Yoko, hasta su flirteo con la música concreta en la forma de ‘Revolution #9’ -más que una canción, un collage sonoro inquietante que sorprendió a los oyentes de una forma brutal.

Las sesiones que se desarrollaron desde finales de la primavera, y durante todo el verano y la entrada del otoño del 1968 fueron las que se plasmaron en “The Beatles”, el disco de la banda que desde entonces se conoce como el “Álbum blanco” debido a su famosa portada de color blanco oscuro, el perfecto antídoto minimalista para contraponer al anterior y excesivo arte gráfico de “Sgt Pepper”, que era por cierto un diseño muy imitado por otros artistas durante esa temporada.

Estos son los discos que se podrían interpretar como la liberación de The Beatles, 30 canciones en total, más de hora y media de música. George Martin les había advertido que deberían separar el trigo de la paja y concentrarse en la mitad de los temas. Los chicos optaron por ignorar su consejo. Martin incluso llegó a pensar que al publicar tantas canciones los Beatles pueden haber estado pretendiendo cumplir, de la manera más rápida posible, su cuota de lanzamientos pactada en su contrato de grabación EMI de 1967. No podía estar más equivocado.

Es evidente que “The Beatles” es más una colección de grabaciones de cuatro artistas en solitario que el esfuerzo de un grupo unido. Ninguno de ellos parecía dispuesto a sacrificar su material propio, tal vez George Harrison fue el que tuvo más que perder en esta pasada porque era evidente que estaba pasando por un frenesí creativo. Sea visto simplemente como el noveno disco de la banda o como una colección de material solista, debe ser juzgado por la música que contiene y en ese sentido fue un triunfo, consideren tan solo que aparte en sus manos tenían material de calidad suficiente para publicarlo en la forma de un doble sencillo: “Hey Jude / Revolution”, que rivalizaba con el del año anterior “Penny Lane / Strawberry Fields Forever” en términos de brillantez musical pura de la dupla McCartney-Lennon.

Para cuando el “White Album” estuvo terminado y listo para su lanzamiento, cuando la interacción personal dentro del grupo estaba muy disminuida, y cuando John y Yoko fueron condenados por posesión de cannabis, Paul hizo entonces una clara movida de enfoque colectivo al proponer un plan de rescate: después de lo que había sido un silencio de dos años, el grupo volvería a presentarse en vivo. Su razonamiento fue que la música, no el negocio, era lo que los mantendría unidos. El anuncio era que The Beatles darían tres conciertos a mediados de diciembre, con el disco doble reciben publicado, en el Roundhouse de Londres. A medida que se acercaba la primera fecha, sin embargo, los planes se congelaron. Lo que no se sabía por los anuncios de los diarios era que McCartney estaba teniendo sumas dificultades para lograr que John, George y Ringo vieran las cosas a su manera. Si bien no pudo ponerse de acuerdo sobre la forma o el lugar para su regreso a los shows «en vivo», The Beatles al menos acordaron comenzar a ensayar nuevo material y filmar el proceso, a partir de los primeros días de 1969. Sería su siguiente y más escabroso capítulo, “Let It Be”.

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¿Que se escucha en “The Beatles”?

Es sin más, la energía creativa de una pareja discutiendo, inclusos a los gritos, el uno con un punto y el otro con un contraste, la anarquía creativa previa a la separación -tras probar con la reconciliación- camino al eventual divorcio. Mucha gente lo ha defendido con el argumento de que dentro de este disco tan hinchado de canciones se podía encontrar lo mejor que The Beatles hubieran podido escribir. Esto se puede rebatir de muchas maneras incluso una positiva: el “White Album” carece de una visión que lo unifique -y eso es grave- pero sin embargo esa deficiencia termina siendo su cohesión. Tan paradójico como algunas de sus canciones.

En el viaje hay canciones para todos los gustos ya que casi cada género de la música popular es citado: rock sin apellidos, folk acústico, country-western, unos sonidos vintage provenientes de la primera mitad del siglo XX, canciones de cuna orquestadas y hasta un collage experimental surrealista y revolucionario.

De las conocidas...

Podríamos empezar con el reconocimiento de aquellos clásicos radiales, en la mismísima ‘Back In The USSR’ escuchamos a Paul haciendo su mejor intento de homenajear a Chuck Berry y a The Beach Boys al mismo tiempo. Por supuesto que Macca logra ampliar su registro más sucio y garajero con la frenética ‘Helter Skelter’ que por algo ha sido cubierta por tantos, desde U2 a Oasis pasando por Mötley Crüe. Y George no se queda atrás, siendo muchos los puntos que se anota en la ya mencionada ‘While My Guitar Gently Weeps’, una obra maestra de tal estatura que el silencio se apodera de quien la escucha.

El mentado tributo de Paul a los que abogaban por los derechos civiles en aquellos años lo hace sonar impecable incluso hoy medio siglo después: ‘Blackbird’ es apaciblemente bella, en voz y guitarra, una joya porque rara vez se ha alcanzado un balance tan perfecto en un registro. Si ‘Birthday’, también «macartneana», se ha convertido en lo que es hoy, un estándar de una fiesta de cumpleaños con karaoke, es porque resume toda su intención creativa -con ganchos hasta infantiles y divertidos- que es la de mantener alto el espíritu en un día importante. Un día de diversión en medio de un tiempo atribulado en que la banda se sabía resquebrajada.

‘Ob-La-Di, Ob-La-Da’ es una McCartney sobregirada al punto que polariza a quien la oye. Hay quienes la aman y quienes la desechan como un sin sentido en sí misma, Lennon se refería a ella como la «Granny Song». Y hablando de John, ‘Julia’ ha terminado convirtiéndose en la oda definitiva a la madre ausente, la que primero lo abandonó y luego en su intento de recuperarlo encontró la muerte en un desafortunado accidente automovilístico. Es una pieza acústica de singular belleza sobre todo si se le contrasta con lo que haría dos años después en un catártico número llamado justamente ‘Mother’. ‘Julia’ es de una trágica tranquilidad mientras que la segunda es rabia y resentimiento.

De las otras...

Hasta aquí canciones que son más populares y que cumplen años con un récord de pasadas en el aire radial y por ello el reconocimiento masivo que tienen. Pero hay un contingente de canciones menos conocidas que quizá son tan buenas o mejores que las anteriormente citadas y hacen de este “Album Blanco” un interesante viaje de descubrimiento. Probablemente ‘Dear Prudence’ sea la favorita de muchos, inspirada en la negación de la hermana de la actriz Mia Farrow en unirse cada mañana al grupo de meditación en lo del retiro en India. Lo que Lennon logra acá es construir con magistral simpleza un crescendo dramático que termina con la banda en pleno elevando a Prudence a la estratósfera.

Otra Lennoniana, ‘Happiness Is a Warm Gun’ hasta el día de hoy es objeto de debate. ¿Qué hay en ella?  ¿De qué habla? ¿Perversión? ¿Sexo? ¿Poder? ¿Drogas? Quizás hay de todo aquello, tal vez son tres canciones juntas (algo de Macca hay aquí también) cocinadas a fuego lento. Muy diferente en textura y forma es lo directa que resulta ser la apabullante pero aún subvalorada ‘Yer Blues’, muy probablemente el antecedente más claro de lo que haría John en el disco "Plastic Ono Band". Un heavy blues cantado con rabia, confusión e inseguridad que tira por la ventana todo el tono lírico que Lennon había usado hasta entonces en canciones, de esas tipo ‘Help!’. Y si hay en el mismo disco un tema que persiste en el tono frustrado sobre todo a la altura de su quiebre ese es ‘I'm So Tired’, una canción somnolienta, lenta y dormida que explota como una bestia que hace erupción en su momento de crisis.

‘Glass Onion’ funciona como la más rara transición entre ‘Dear Prudence’ y ‘Ob-La-Di, Ob-La-Da’, un atractivo caleidoscopio de pensamientos, ideas y otros sin sentidos que de seguro llegaron a John como un flujo inconsciente. El rock con impronta punk -antes del punk- vuelve con ‘Everybody’s Got Something To Hide Except Me and My Monkey’, que termina siendo la canción más convulsionada del disco y tal vez la más críptica de todas las de John. George logra excelencia en otros dos temas del disco 2, primero la fenomenal ‘Long, Long, Long’, una decaída reflexión espiritual entorno a la canción de amor de la cual decir melancólico es poco y obvio, y luego ‘Savoy Truffle’ una gema del pop contemporáneo adornada de vientos y comandada por un piano eléctrico.

Uno de los mejores temas de Paul y en perfecta armonía con el tono folk del disco es ‘Mother Nature's Son’, una composición que posee una melodía ridículamente ganchera gracias a la cual puedes oler a Tom Sawyer a kilómetros de distancia, descalzo, a la orilla de una plácida corriente y con una hebra de trigo entre sus dientes. Y si es por pura evocación, a su perra Martha en este caso, con una rítmica dance hall anclada en el piano y una sección de vientos llega ‘Martha My Dear’ que se iguala al retro de ‘Honey Pie’, en la que Paul se pasa un tanto de revoluciones en su intento de sugerir simples placeres musicales. Otra cosa es ‘I Will’ que suena tan honesta y natural como pocas.

Y de lo "desechable"...

Si entramos en el pantanoso terreno de lo descartable está la folky/country/western ‘Rocky Raccoon’ y la infantil y cantable de nombre ‘The Continuing Story of Bungalow Bill’ que proveen al disco de sabor y variedad, pero no son lo importante del mismo. ‘Cry Baby Cry’ se salva por poco y la extraña transición de Paul con esa línea «Can You Take Me Back» termina por descolocar y por supuesto aparece ‘Why Don't We Don't We Do it in The Road’, la más pura definición de un relleno con Paul montado sobre un estándar de blues.

Muy de cerca le siguen ‘Sexy Sadie’ y ‘Piggies’, la primera un agrio comentario de todas aquellas falencias del aparentemente infalible Maharishi y la segunda puede resultar interesante por sus arreglos pero poco memorable por su reflexión lírica en torno a la codicia porcina. Y por supuesto Ringo... a quien se le da una oportunidad en ‘Don't Pass Me By’, su primer intento como compositor en un disco Beatle. Puede ser encantadora, pero es desechable de la misma manera en que un tema como ‘Wild Honey Pie’ -que posa de avant garde- lo es.

Alfredo Lewin

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