Suede revela su hora oscura

La naturaleza lacerante del gótico “The Blue Hour”

“The Blue Hour”, el recién estrenado álbum de Suede, se beneficia mucho del proceso personal por el que atravesó Brett Anderson al escribir sus memorias. “Coal Black Mornings”, un volumen dedicado a su hijo Lucian, exploraba sus vivencias de niño en las afueras de Haywards Heath, en una vivienda social que limitaba inmediatamente con el borde del poblado. Y es que, la paternidad, desbloquea el propio pasado. Se desatan imágenes y retazos, que en un ejercicio de reconstrucción tal como escribir un libro pasan a cobrar significado y entregar revelaciones inesperadas. Si bien el anterior “Night Thoughts” necesitó de un filme de acompañamiento para terminar de condensar su propuesta, lo cierto es que “The Blue Hour” es cinemático por sí mismo. La niñez está llena de fantasmas, y son muchas las imágenes que nos siguen aterrando en la adultez que proceden precisamente de aquellos tiempos. La infancia es un período clave de nuestra vida psíquica y, para Sigmund Freud, los traumas y recuerdos provenientes de aquella etapa de nuestra existencia son una de las fuentes claves del sueño. El mundo puede ser un terreno salvaje y desconocido para un niño, y hay una ansiedad que se gatilla y que se cruza entre la curiosidad y lo enigmático, lo ominoso. De ahí nacen nuestras peores pesadillas.

“The Blue Hour” -”La hora azul”-, aquel momento en que la noche empieza a teñir el firmamento, fue editado precisamente el 21 de septiembre recién pasado, el día que marca el Equinoccio de Otoño en el hemisferio norte, el momento en que las sombras caen. Así lo manifiesta el primer track: ‘As One’, una intro sinfónica siniestra y suntuosa, que sería de todo el agrado de King Diamond, donde son las sombras lo que importa. En aquella primera escena se encuentra un niño, un personaje amenazante e inasible, y una supuesta abducción: "El me guía por las ortigas que se balancean, que crecen bajo el túnel. Cuando me sonríe parece un zorro, pero cuando me abrace, seremos como uno solo. Acá estoy, hablándole a mi sombra, con mi cabeza entre mis manos". Pérdida, angustia, desolación. La consciencia de mortalidad, que va de la mano con la aventura paternal, otorga un filo determinante. “El reloj hace tic. El viento nos llama”, canta Anderson en ‘Wastelands’, el segundo track, que bien podría haber sido otro de los sólidos lados b del clásico “Dog Man Star”. El entramado de “The Blue Hour” es un relato seductor, con ruidos de ambiente y voces de algunos personajes -incluyendo la escena de un entierro bastante críptica, y la imagen reiterativa de aves muertas- donde lo esencial es rodear al oyente, envolverle y no darle explicaciones.

Es notorio el hecho de que la infancia del pequeño Lucian trajo consigo la infancia del mismo Anderson y, de paso, la infancia impetuosa de los Suede de los primeros días. ‘Cold Hands’, con su talante gótico desatado en las guitarras salvajes y ácidas de Oakes y la maciza base rítmica de Osman y Simon Gilbert, recoge la pasión del debut y del punk negro de The Mission y Bauhaus. La balada heroica ‘Life Is Golden’ -sobre la continuidad de la vida-, es una pieza maestra capaz de hacer a U2 finalmente firmar la renuncia, y se encuentra al nivel de ese gran lamento de soledad suburbana llamado ‘The Wild Ones’, firmado en 1994, con un urgente "You're not alone" en el estribillo, que remite al Bowie al borde del éxtasis mesiánico en 'Rock 'n' Roll Suicide". En ‘Chalk Circles’, la atmósfera funesta y solemne -digna de unos Blind Guardian leyendo a Tolkien- es el tapiz sobre el cual lo desconcertante y escalofriante se hilvana. Es la tradición de los poetas de tumba como Keats y Young (quién escribió su propio ‘Night Thoughts’, entre 1742 y 1745) sumada al horror melancólico de Poe, pero también emerge del esoterismo del Bowie que se deja sodomizar por Dios en ‘The Width Of A Circle’, y que encarnaba el lugar embriagante de la locura en ‘Bewlay Brothers’. Difícil es encontrar un final más aterrador que el de “Hunky Dory”, anclado a las rimas y jugarretas de la infancia. De igual forma, estos círculos de tiza aludidos por Suede pueden ser tan solo un simple juego, o herramientas de magia pagana.

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Mucho antes de ser catapultados a la primera división del naciente britpop por la revista Select -¡sin haber editado un disco todavía!- y de todo el vértigo posterior, los primeros discos que Brett compró en su adolescencia no fueron del cuarteto quejica de Moz, Marr, Joyce y Rourke, sino que de los pendencieros Sex Pistols y los anarcopunks de Crass. En su pieza, en una casa marginal y en un tocadiscos cualquiera, “The Feeding Of The 5000” y “Stations of the Crass” reventaban por los parlantes mientras su obsesivo padre, en el piso de abajo, ponía Rachmaninoff a todo volumen. De alguna forma, ese afán orquestal y glorioso se coló tras las guitarras y se ha querido apoderar de Suede desde los tiempos de ‘The Next Life’ (una canción dedicada a la madre de Brett en el debut) y con efecto avasallador en cortes como ‘Still Life’ y ‘Black and Blue’, de su volcánica segunda placa. Como parte de este reciente examen personal, y después de saltarse dos décadas, aquellos ímpetus palpitaron nuevamente en ‘When You Were Young’ del anterior “Night Thoughts”, para simplemente tomar el control definitivo en esta nueva ocasión, casi marcando un reencuentro con su padre. Acá, los arreglos de cuerdas de Neil Codling en ‘All The Wild Places’ son celestiales, e intensifican el entramado onírico. Pero es en la dupla de ‘The Invisibles’ (con arreglos de Craig Armstrong) y ‘Flytipping’, cerrando el registro, que la banda escapa a todo margen, marcando la cúspide no solo de esta entrega, sino que tal vez de su propia carrera hasta la fecha. Aquí, el rol de la Orquesta Sinfónica de Praga y de los coros -presentes también en la introducción- no puede ser más protagónico, pues el coda de la última composición es simplemente imponente, volviendo al riff incial de 'As One' y delineando un círculo.

Si bien la canción que abre el primer disco de Suede era la desesperada ‘So Young’, en la antes mencionada ‘When You Were Young’ la juventud se transformó en nada más que un espejismo. Hoy, es la vida misma la que se revela como un sueño, algo que se escapa, una (re) construcción impalpable. Y si en su gestación Suede situó las escenas de sus canciones en la urbe (‘Stay Together’, ‘The Asphalt World’, ‘Picnic by The Motorway’), es porque el anhelo del joven Brett siempre fue llegar a Londres. En su libro cuenta cómo solía escuchar el sonido del metro en los túneles, e imaginar su trayecto -millas más allá- rumbo a la gran ciudad. 25 años después, su vida personal se ha mudado en reversa: del Big Smoke a Somerset, la campiña. Las canciones de “The Blue Hour”, vuelven también con él a las afueras, a la tierra de nadie. De un modo lyncheano, a través de saltos temporales y lagunas en la historia, las olas de sonido se suceden y sumergen al oyente -la producción de Alan Moulder es sobresaliente-, tal como se explicita en la lacerante ‘Tides’: una corriente que lleva hacia abajo, ahogando, mareando pero, a la vez, renovando. “Es maravilloso, me da miedo (...) me aferro a la nada, me trepo al vacío”, canta en ella, al tope del drama. Es porque provienen precisamente de la periferia que Brett y su gente no temen aventurarse más allá de los bosques, en la desolación y lo incierto. Ahí, donde el ser humano es solo un eco y pasa a ser parte del paisaje, la naturaleza es lo otro, lo alienígena por definición: indiferente e inasible, en sus dominios la vida y la muerte son una sola. Bowie, en su también lyncheano “1.Outside”, lo dijo con vehemencia: “Está sucediendo afuera. La música está afuera”.

Nuno Veloso

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