The Rolling Stones: Exiliados en sus obsesiones

La creación del caótico “Exile on Main St.”
The Rolling Stones: Exiliados en sus obsesiones

Pocas veces el título de un disco ha sido tan apropiado para describir un momento como este, lo que fuera el comienzo de década de los setenta para los Rolling Stones: cinco músicos exiliados de algo más que la usura de los impuestos en su país, artistas encerrados en sus lujosas mansiones, en los mejores hoteles, evadidos del mundo, tal vez demasiado imbuidos en su desquiciado y decadente modo de vida.

Por un lado, Keith Richards, sobre todo, exiliado en sus drogas y obsesiones musicales -a saber, el country que le enseñaba Gram Parsons en aquella época, el fantasma de Robert Johnson que le visitaba de vez en cuando y el soul en el que el guitarrista reconocía a sus hermanos espirituales- mientras que por el otro su compañero Mick Jagger quien disfrutaba de su ingreso a la socialité y el jet set de la mano de su mujer Bianca.

¿Charlie Watts y Bill Wyman? Frecuentemente marcaron ausentes en las tarjetas de asistencia al trabajo de las sesiones. ¿Mick Taylor? Como era su costumbre, tocaba a la orden de Keith y hasta se le permitió co-escribir un tema, ‘Ventilator Blues’, lo que en sí era algo impensado.

Keith Richards, en su reciente libro llamado “Life”, recuerda que, una vez instalados en la costa mediterránea, se consiguió una lancha con la que él junto a varios amigos solían bordear la costa francesa hasta Mónaco e incluso hasta Italia… para desayunar. Recorrían con tanta frecuencia esa ruta que comenzaron a llamarla Main Street -calle principal. Ello, unido al concepto del exilio (auto “impuesto”) y una sutil referencia al mainstream o corriente masiva, le dio el nombre al disco, que originalmente se iba a llamar “Tropical Disease”. Menos mal.

¿De vacaciones o trabajo?

Los Stones construyeron su obra maestra, su cumbre artística, casi sin darse cuenta de lo que se tramaban, nunca existió una hoja de ruta más allá de la que Keith diseñó en el momento en que se aburrió de su exilio y del campamento de amigos que montó cerca de Niza. La banda llegó a la Riviera francesa en el año 1971, potenciados por el éxito reciente de “Sticky Fingers” pero a la vez huyendo del largo brazo del servicio de impuestos británico y de las policías de Scotland Yard y la Interpol que estaban muy interesadas en el tráfico de drogas que representaba toda la “troupe" que acompañaba a la banda.

Más allá del detalle de la privilegiada y paradisiaca geografía europea, la dinámica interna del grupo decide que Villa Nellcôte, la mansión del matrimonio de Keith Richard y Anita Pallenberg, se convertiría en el centro de operaciones para “todo”, incluido (aunque tal vez no como máxima prioridad) la grabación de un nuevo disco.

Así es como el estudio móvil de los Rolling Stones (un camión trailer equipado con tecnología de punta que era una joya para la grabación de conciertos y que también emplearon en alguna ocasión Led Zeppelin y Deep Purple), se instaló en el exterior de la casa y comenzó a grabar, con toda la calma y las interrupciones del mundo, un álbum que finalmente se hizo tan extenso e intenso que se convirtió en el único disco doble de estudio de su carrera.


La Villa Stones

Las grabaciones en la Villa Nellcôte comenzaron a mediados de julio de 1971 y fueron por lo bajo, caóticas. La casa, como es esperable de un lugar de vacaciones en un país como Francia, tenía problemas con la electricidad, por lo que, para reemplazar el servicio eléctrico de la residencia, la banda se “colgó” del voltaje de las vías ferroviarias aledañas para darle energía a su estudio móvil. En una ocasión un ladrón entró por la noche a la mansión, como si estuviese en su casa, y huyó con parte de la colección de guitarras de Richards, y en otra, al cocinero de la banda se le olvidó cerrar la válvula del gas e hizo estallar la cocina provocando un gran incendio. Como el incendio que también pudo ser desencadenado por el propio Keith junto a su novia al prenderle fuego, literalmente, al mobiliario de la habitación principal.

Los estudios en los que las tomas fueron registradas se improvisaron en los sótanos y, en rigor se podían implementar en cualquier habitación de aquella casa que, convengamos, estaba poblada de malas compañías que llegaban a visitarlos dejándose caer sin aviso. Pues, en realidad, la vida en Nellcôte no se trataba tanto de la grabación y composición de nuevas canciones, sino más bien de un estilo de vida que incluía todo el sexo y las drogas que se pudiese imaginar.

Por las dependencias de la mansión pululaba una fauna variopinta en busca de diversión, los anfitriones incluidos: desde los amigos más aristócratas y famosos hasta el traficante de más baja estampa. El músico norteamericano Gram Parsons al menos vivió en Villa Nellcôte durante casi la mitad de la grabación, para influir significativamente en el aprendizaje country que Keith terminó plasmando en canciones como ‘Torn and Frayed’ (en la que el guitarrista expresa una última verdad: “Mientras suene la guitarra, deja que te robe el corazón” ) o la completísima ‘Sweet Virginia’.

Sobrevivientes del alma

La situación interna del grupo durante la grabación de “Exile on Main Street” no fue fácil -por momentos podía ser preocupante- sobre todo en lo referente al estado de salud de Keith, quien estaba tan enganchado a la heroína que por momentos recordaba al Brian Jones de su peor época, acompañado en su descenso a los infiernos por la usual Anita Pallenberg, aún más colgada que él. Ante el patético panorama de verlo desplomarse sobre su guitarra mientras estaba grabando, el mismo Mick Jagger comenzó a considerar la posibilidad de plantear un ultimátum cuando terminase la grabación -en la que digamos se involucró mucho menos que su compañero, quien pese a su estado físico y mental se adueñó del disco y de su proceso creativo para llevarlo a su terreno-.

Por eso y a pesar de este abandono y desenfreno (o tal vez debido a ello) “Exile on Main St.” terminó convirtiéndose en una obra repleta de una vitalidad desbordante y contagiosa que lo recorre de principio a fin. Desde los primeros acordes de ‘Rocks Off’ pasando por la inefable voz de Richards entonando ese himno definitivo a la mala vida que es ‘Happy’, hasta el siempre lamentado final del disco, el "fade out" de la guitarra de ‘Soul Survivor’.

Y así "Exile On Main St" es un álbum tan emocionante que, por momentos (especialmente en el lado 4 del “Exile”, porque en vinilo era un disco doble) desarrolla las virtudes espiritualmente curativas del mejor soul y gospel: el luminoso momento de ‘Shine a Light’ en el que Mick canta "When you're drunk... in the alley, baby,... with your clothes all torned...." O más atrás, abriendo la cara 2, el solo de saxo de Bobby Keys en la ya mencionada ‘Sweet Virginia’, también la mezcla de voces y la steel guitar en ‘Torn and Frayed’, las guitarras de la exitosa ‘Tumbling Dice’ y la entrada del piano y los coros de ‘Loving Cup’.

Un “tour de force" que explora toda esa música que tanto fascinó a Jagger y a Richards en la adolescencia y que hay que estimar en demasía porque que ésta fue una de las últimas ocasiones en la que el dúo estuvo bajo la supervisión y el control del equipo formado por el siempre subvalorado Jimmy Miller en la producción, y los Johns, Glyn y Andy en los controles con los que, ya es obvio a estas alturas, los Rolling Stones grabaron sus obras cumbres.


Misión Imposible

Que material tan diverso, y tantas canciones, se sostuviesen coherentes en la misma placa parecía algo imposible de lograr, equilibrar a la perfección todo lo que los Rolling Stones hasta ese momento habían tocado, más encima teniendo en cuenta el caótico estado de cosas en Nellcôte y el estilo de vida que rigió mientras se desarrollaba la grabación era al menos improbable.

“Exile on Main St.” es la última producción (tal vez la mayor por extensión) dentro de una racha de álbumes –“Beggars Banquet” (1968), “Let it Bleed” (1969) y “Sticky Fingers” (1971)- que colocaron definitivamente a los Rolling Stones en el panteón de los más grandes, existiesen o no The Beatles. Y de muchas maneras es el disco que mejor recoge el sonido que desde entonces es atribuido por la memoria colectiva como característico de la banda, ya casi sin rastro de aquellos desvíos psicodélicos o del pop a-la-British Invasion. Tampoco eran aquellos adolescentes fanáticos del blues de Chicago que intentaban copiar los discos que eran facturados en Chess Records, ni los segundones tras la estela siempre adelantada de The Beatles que inevitablemente les dejaban atrás.

El rock desnudo y primal del disco se desprende del folk country delirante de una banda que se encuentra en estado de levitación producto de sus desvaríos con el blues, el gospel, el R&B, el soul, el boogie, en fin. Re-descubren a Chuck Berry, a Slim Harpo y a John Lee Hooker, regresan al delta a través de sus cortes más pantanosos entre los que destaca ‘Stop Breaking Down’, otra de Robert Johnson que supieron cómo abordar. Es la conjunción de estilos la que explica la perfección del “Exile on Main St.”, en tan ensamblado eclecticismo hay un sonido unitario, la re-interpretación a la que son sometidos todos los elementos constituyentes de la receta, la traducción perfecta al sonido “Stones”.


La fiesta interminable

No lo hicieron solos, no es menor destacar la amplia nómina de colaboradores (los impagables teclados de Nicky Hopkins y Billy Preston y los vientos de Jim Price y Bobby Keys, más esos coros negros que parecen sacadas de una Iglesia, estos entre otros actores secundarios) que están aquí completamente al servicio de las canciones que ya sabemos, terminaron siendo muchas.

Tantas de hecho que cuando los autodenominados "Glimmer Twins" viajaron a Estados Unidos para ordenar y mezclar aquel caos de grabaciones y registros dudaron por un momento ¿debían editarlo como un disco doble o no? ¿Realmente el material sostenía un repertorio lo suficientemente brillante? Y sobre todo ¿estaba a la altura de sus últimos discos? No era momento de dudar, el daño estaba hecho. El registro fue concebido como un parto (“party") natural y así de espontáneo se dejo concebir. En palabras del propio Keith atendiendo a su estado alucinado de aquella temporada: “Mientras fui un drogo perdido, me las arreglé para aprender a esquiar e hice el ‘Exile on Main Street’”.

“Exile on Main St.” era su visión definitiva en que plasmaban lo que realmente les gustaba hacer, y además con una libertad completa para hacerlo, algo inimaginable cinco años antes. No había ya competidores para el disputado título de "la banda más grande de rock and roll en el mundo": habían sobrevivido (y no gratuitamente) a todos y a todo, y ahora se podían dedicar tranquilamente a vivir su regalada existencia, ignorar todo lo que aconteciese fuera de ella y grabar aquello que les daba la gana.

Alfredo Lewin

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