Michael Gira y la palabra hablada

The Egg: Stories By Michael Gira

2018. Young God Records

I

Lydia Lunch declamando en su álbum “Oral Fixation” (1988), en la extensa compilación de “Crimes Against Nature” (1994), y en la reciente y siniestra recitación musicalizada de “Marchesa” (2018).

Jim Morrison leyendo sus poemas y pensamientos, recitando sus sueños y visiones de muerte, vacío y desesperación en “An American Player” (1978) de The Doors, noveno y último disco de los californianos, editado varios años después de la muerte de su vocalista, y en el que Ray Manzarek, Robbie Krieger y John Densmore se volvían a unir para musicalizar la voz de Morrison y los versos inmortales que nacían de ella, esos que exaltaban incluso la parte más siniestra de la psicodelia. 

Violeta Parra explicando el texto, instrumentación y sentido de su extensa e inconclusa composición para ballet, “El Gavilán” y, a su vez, leyendo algunos de los textos de su “Cantores a lo Divino y a lo Humano” en la Radio de la Universidad de Concepción en el año 1960, discursos que Nicanor Parra había rebautizado, en su particular estilo, como “Los Maestros Cantores de Puente Alto”. 

Henry Rollins intentando derrumbar el statu-quo social en la pista que da nombre al tercer disco de Black Flag, “Family Man” (1984), una violenta retórica que también abordaría extrañas y morbosas historias. Personales, por instantes. Ajenas, por otros. Soliloquios que también desarrollaría en sus discos solistas, esos en cuyas caratulas aparecía continuamente un esqueleto como personaje central, y en los que transita por todos los posibles estados: lo absurdo y paradójico, el pesimismo, la cólera y el tedio. 

II

Mauricio Redoles en el “No Importa” de “Bello Barrio” (1987). 

Nick Cave en los 17 minutos de “The Flesh Made Word”, pista publicada en “The Secret Life of The Love Song” (2000).

Pablo Neruda y su triste voz leyendo íntegramente cada uno de los versos de su “20 poemas de amor y una canción desesperada”, lectura publicada por el sello Odeon en 1964. 

Jello Biafra declamando en “No More Cocoons” (1987), “I Blow Minds For A Living” (1991) y en otros tantos de sus discos solistas, todos nacidos luego de la separación de los Dead Kennedys y muchos paralelos a la vida de su otra banda, Lard. Discursos que hablan con humor y rabia contra la política, el mercado y la guerra. Toda su ideología punk fundamentada en una absoluta libertad de expresión. Una posición siempre presente pero que había proliferado aún más luego de los problemas legales que los Dead Kennedys habían afrontado debido a la censura de "Penis Landscape", pintura de H.R. Giger que se encontraba en el booklet del progresivo, atonal e insuperable “Frankenchrist” de 1985.

III

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Michael Gira, líder de los neoyorkinos Swans, desarrollando su faceta de escritor y leyendo sus historias en el presente “The Egg: Stories By Michael Gira”, publicado por su propio sello, Young God Records. Especial edición que cuenta con un booklet en el que cada relato es acompañado por una imagen que, como un símbolo, expresa lo narrado. Un ejercicio hablado y nada comercial en el que ya había incurrido hace más de dos décadas con “The Somniloquist” (1997), y que ahora arroja otras once extrañas y metafísicas ficciones, ocho de las cuales son completamente nuevas y las restantes tres están tomadas de uno de sus libros de cuentos, “The Consumer”, publicado en el año 1995. 

Michael Gira leyendo la historia que da nombre al álbum, “The Egg”, en la que un minúsculo huésped se aloja dentro del cuerpo del narrador, creciendo y expandiéndose lentamente en su interior hasta poseerlo completamente. Un relato que en un principio asoma como de características monstruosamente kafkianas, sin embargo, tiene una naturaleza distinta, alejada del pesimismo existencial, sino más bien cercana a un núcleo material y cálido, a algo parecido al amor. Sentimiento que en forma mágica termina por volverse físico y que va expandiéndose suavemente sobre el uno y luego sobre el todo. Una idea escrita que transmite esa emoción ambivalente que se desprende de algunas de las composiciones de Swans, sobre todo las nacidas a partir de la segunda mitad de su discografía, creaciones que se encuentran entre lo celestial y lo sombrío, música que emite la profundidad del horror pero, a su vez, destila una emoción bellamente parecida a la piedad. Hay un sonido misericordioso y delicado que se escapa entre los feroces gestos de los estadounidenses Swans. 

Michael Gira elevando su prosa a través del relato carcelario “The Young Boy”, de la metafísica y cósmica “I am the Stars” y de la fantasiosa y violenta “His Name is Fuck”, tres breves relatos que se contraponen en extensión al tétrico “Why I Ate My Wife”, narración de más de ocho minutos en el que incluso la grabación permite escuchar el pasar de las páginas del libro que se encuentra leyendo, y cuyo necrófago contenido refiere a una historia de amor deteriorado, siendo una especie de desarrollo narrativo de los resumidos versos de la pista del mismo nombre que aparece en el debut solista del mismo Michael Gira, “Drainland” (1995).

Michael Gira leyendo narraciones que dan luces acerca de los títulos de algunos discos de Swans, tales como “The Great Annihilator” o “The Seer”, discos publicados en 1995 y en 2012, respectivamente. En la primera de ellas, el título arroja como epígrafe -o nombre alternativo- la frase “Or, Francis Bacon´s Mouth”, siendo un cuento o poema en prosa que comienza con un verso enorme: “Hidden by distance, the darkness behind the stars reached an impenetrable black density”. Un conjunto de palabras que podrían ser la definición de una personalidad. Por otra parte, y como se intuye, “The Seer” es una narración metafísica en la que su narrador puede llegar a observar hasta lo imposible, haciéndose parte de aquello que incluso ha dejado de existir o que existirá en el futuro. Como si de algún modo su narrador sea distinto y, a la vez, parte de todo aquello que vive en un mismo instante: El calor abrasivo del fuego, el brillo de una estrella que se enciende, un pensamiento extinto. El todo y el uno separados y unidos en una danza de límites físicos y mentales destruidos. La conciencia disparada a través de un rayo expansivo y de luz infinita.

IV

Víctor Jara explicando al público cubano -un año antes de su cruel asesinato en 1973- los detalles de “Las Casitas del Barrio Alto”, esa canción nacida a partir de otra de Pete Seeger.

William Burroughts y su voz trémula dando lectura a su intrincada y fragmentada técnica narrativa “cut-up”. Una prosa indisciplinada que se refleja en las grabaciones de distintas secciones de sus primeras novelas: “Naked Lunch”, “Nova express” y “The Soft Machine”, todas impresiones aparecidas en “Call Me Burroughs” de 1965, ese disco que The Beatles y sus amigos escuchaban obsesivamente mientras descendían desde cielos centelleantes. 

Raúl Zurita en “Desiertos de Amor” (2011), álbum publicado junto a González y Los Asistentes.

Richard Ashley mencionando de forma metódica, mecánica y sin silencios, una interminable y continua enumeración de nombres de artistas o personajes importantes de la historia humana en los cuarenta minutos de “In Sara, Mencken, Christ And Beethoven There Were Men And Women” (1974), todo un listado hablado -como si se tratara de un solo gran verso- que flota mecánicamente sobre simples y escasamente rítmicas capas de sintetizador. 

Carlos Navarro A.

Presentacion

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