Lujos, graffitis, pólvora y Diamante Eléctrico: Un viaje a Bogotá

Una estadía corta pero intensa en el marco del festival Rock al Parque

1.
En los noventa yo era chico y aún eran insospechados los drásticos cambios que la masificación de internet tendría en la industria discográfica, así que cuando yo soñaba con ser periodista musical, imaginaba un futuro que no tiene mucho que ver con el presente que vivo. En mi fantasía infantil, ser periodista musical significaba recibir infinitos discos gratis y viajar a cada rato por el mundo, pero el surgimiento de nuevas tecnologías, si bien trajo la posibilidad de acceder a más música que nunca antes en la historia, algo que no cambiaría por nada, también marcó la extinción del oficio que yo deseaba ejercer. En el 2018, ser periodista musical es una quijotada aun más grande que antes, con una cantidad cada vez menor de regalías para compensar las precarias condiciones laborales que plagan al rubro desde que existe.

Los cinco días que acabo de pasar en Colombia, para cubrir el festival Rock al Parque y sumarme a un tour por Bogotá con otros periodistas musicales a nombre de Rockaxis, fueron una alucinación en la que pude vivir una realidad como la que anhelaba cuando chico. Durante mi breve estadía, recibí mucho más de lo que se me hubiese ocurrido pedir, porque, además de una nueva experiencia conociendo un enorme festival gratuito que funciona bajo paradigmas no comerciales, conocí a gente con muchos años de circo que se dedica a lo mismo que yo en otros países, y como si fuera poco, fui atendido como un monarca por la gente de Procolombia y el Instituto Distrital de las Artes, que se encargaron de hospedarnos en un hotel cinco estrellas, armar un itinerario con diversas actividades y pasearnos por los mejores restoranes de la ciudad.

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2.
Noto que hay un montón de graffitis en el camino desde el aeropuerto hasta el hotel. Aprovecho el rato libre de mi primera tarde, salgo a caminar y veo más arte urbano en las calles, desde los trazados más complejos hasta los infaltables tags. Al día siguiente, nuestros guías nos llevan a la enorme fábrica de una bebida gaseosa, en la localidad de Puente Aranda, cuyas paredes fueron habilitadas el año pasado para el uso de 21 muralistas locales e internacionales, en el marco de una actividad llamada Distrito Graffiti. El resultado es una deslumbrante calle repleta de colores, ideas y estilos que divergen, se elogian entre sí y hablan de un respeto por el graffiti que me encantaría ver replicado en Chile. A cada artista se le asignó un muro de nueve metros de alto por seis de ancho, y las obras están una al lado de la otra en una sucesión muy estimulante.

El contraste de mensajes e improntas da para alucinar. Está el colorido de los barceloneses Pez y Xupet Negre, quienes, como sus nombres indican, se dedican a plasmar peces y chupetes respectivamente. Pero también está el trabajo en escala de grises de Sabotaje al Montaje, otro español, quien pintó a un anciano para incitar un diálogo acerca de la vejez. No soy dado a usar la cámara del celular, pero en un lugar así no hay cómo resistirse. Un deleite para los ojos que, me entero, tuvo un origen trágico. Resulta que el 2011 la policía asesinó injustificadamente a un joven graffitero bogotano, al que trataron de hacer pasar por criminal en un montaje finalmente descubierto. Instancias como Distrito Graffiti son el intento de las autoridades por entablar una conversación con los artistas urbanos con el fin de regularizar su trabajo, y aunque me parece que decirles dónde y cómo trabajar va de cierta forma en contra de la esencia misma del graffiti, creo necesario que los creadores tengan la opción de llevar a cabo su obra en un contexto algo más formal si es que así prefieren hacerlo. Se trata de una labor noble cuya realización muchas veces implica correr riesgos innecesarios.

3.
En Monserrate, a más de tres mil metros de altura, descubrí lo que es apunarse, pero lo olvidé rápidamente, maravillado por la vista de Bogotá que ofrece el cerro, muy frecuentado por todo tipo de personas por su basílica. Hay gente pagando mandas mezclada con turistas. Mientras bajo una escalera, pasa al lado mío un hombre sin piernas que venía desde abajo subiendo los peldaños apoyado en sus puños, y en la espera por el teleférico escucho voces en italiano y sueco. La sensación de la puna, o mal de la montaña, no es precisamente agradable, pero es nueva y para eso estoy aquí. Otra novedad para mí: el caprichoso clima bogotano. Hace frío, corre viento, después pega el sol, al rato llueve y así sucesivamente. Por la vereda, al mismo tiempo, transitan hombres con shorts y mujeres con parka. No tardo en congestionarme, pero pruebo una efectiva solución de origen ancestral: el rapé, una mezcla amazónica de hierbas medicinales que se ingiere en una especie de pipa con salidas a la nariz y boca. Aspiro, soplo y santo remedio, mis vías se despejan. Deberían tener rapé en todas las farmacias.

Mis otros descubrimientos fueron culinarios y mucho más agradables. Por obra y gracia de mis generosos anfitriones, degusté sabores impensados. Salmón con trufas, langostinos con chorizo, un irresistible postre de Milo, una hamburguesa gourmet, un medallón de carne de un cuarto de kilo, la verdadera bandeja paisa, más entradas de las que podría recordar, comida de autor que ni siquiera sabría describir, una bebida hecha a base de cáscara de café, entre un montón de otras cosas. En cada lugar que visitamos para comer, traté de pedir lo más local posible. “Deme lo más colombiano de la carta”, “recomiéndeme algo que sólo pueda comer aquí en Colombia”. Mi sabor favorito de todo el viaje: el lulo, un fruto que aquí no existe, ácido de entrada y con un regusto dulce.Bebí el delicioso jugo de lulo y, mi preparación favorita, la lulada, que incluye trozos del fruto, hielo picado y leche condensada. La descubrí el primer día y me debo haber tomado tres, después pedía lulada en todas partes, hasta en la calle. Me compraría un indoor solamente para cultivar lulo, aunque supongo que tendría que cambiarle el nombre. Mis compañeros de viaje no aguantaron la risa cuando les conté lo que significaba lulo en Chile. Pese a que debo haber bajado cerca de tres litros de ese brebaje de los dioses, estoy arrepentido de no haber bebido más. Qué delicia.

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4.
Lo más disparatado del viaje fue jugar tejo. El tejo consiste en dispararle pesados proyectiles metálicos de más de medio kilo a una gran bandeja de arcilla ubicada a unos siete metros de distancia. La idea es que el proyectil quede inserto en la arcilla, pero hay más puntos si le aciertas a una de los triángulos de pólvora (!) dispuestos en la bandeja. Largas y angostas, las canchas de tejo están situadas una al lado de la otra y separadas imaginariamente, así que los primeros minutos los pasé pensando que me iba a llegar un camotazo en la cabeza. Cuando no pensaba en eso, estaba saltando de susto con las explosiones de la pólvora, similares a un balazo. Unos sorbos de cerveza después, tenía las manos embarradas de arcilla y del nervio pasé a la diversión. Afortunadamente, mis acompañantes eran atletas igual de mediocres que yo, con cero presiones por hacerlo bien, todo era una enorme humorada que rematé haciendo explotar una mecha a medio metro de distancia. Con cerveza y explosivos a mano, definitivamente no soy confiable.

Todas las comidas, actividades, traslados en van y recorridos por Rock al Parque fueron amenizados por muy grata compañía, desde Miguel, el conductor que me mostró la oferta radial bogotana y me decía cosas como “mire, acá a la derecha en este edificio tiene un departamento Shakira”, hasta Hernando, nuestro guía turístico, una enciclopedia ambulante cuyo saber iluminó las visitas a lugares como El Museo del Oro o la feria de las pulgas de Usaquén. Mención aparte para dos colegas que también formaban parte del grupo: el argentino José Bellas de El Clarín y el español Sergi Marqués de Mondo Sonoro. “Los quise”, fue la despedida de Bellas en el grupo de Whatsapp que armamos, y el sentimiento es mutuo. El trasandino y el ibérico, de 48 y 50 años respectivamente, llenaron mi cabeza de recomendaciones musicales e historias sabrosísimas e irreproducibles como la de un famoso cantautor que pedía enanos como catering sexual de sus giras. Con el chiste a flor de labio, José me sacó un promedio espectacular de risas por hora, mientras Sergi, al conocer algunas de mis preferencias, me recomendaba cosas similares con la sensibilidad que nunca va a tener un algoritmo. Ojalá los periodistas musicales mayores de 40 fuesen así de buena onda en Chile.

5.
Mi última tarde en Colombia la pasé en el departamento de Juan Galeano, el líder de Diamante Eléctrico, para escuchar el próximo disco del grupo, “Buitres”. Llego invitado por Cote Hurtado, el capo di tutti capi de Rockaxis, quien ha hecho muy buenas migas con Juan durante sus visitas de trabajo a Bogotá. Este medio, para los que no lo saben, tiene una versión colombiana (con una fuerte presencia, como corroboré en Rock al Parque, cuyas pantallas gigantes entre bandas mostraban el logo del Axis), así que Cote aquí ya juega de local en la ciudad. El dueño de casa, por su lado, me recibe con cerveza helada y muchas ganas de mostrarnos su nueva música, así que nos envuelve una atmósfera de entusiasmo cuando pasamos a su estudio, donde, por cierto, están los tres Grammys que se ganó con Diamante Eléctrico. Primeros gramófonos que veo en la vida.

“Buitres” resulta ser, en mi estimación, lo más cercano que se ha hecho en Latinoamérica al maravilloso “AM” de Arctic Monkeys, un rock sensual, diseñado para la seducción, en el que hay rastros de la sonoridad noble y retro que Galeano ama (dato: en sus paredes tiene cuadros de Black Keys y Jack White), pero con más soul que nunca. El tipo, que resulta ser todo un personaje, ha trabajado con Andrew Loog Oldham y conoce a uno de los autores de 'Despacito', o sea, tiene un grado de separación con el Mick Jagger de los sesenta y otro con Daddy Yankee y Luis Fonsi. Lo cuento porque Diamante Eléctrico habita un espacio en el que la sabiduría rockera y el pop más descarado conviven en perfecta armonía. Una de las canciones, 'Rotos', se estancó en mi cabeza desde ese día y, ahora que se lanzó como sencillo, con un video que me recuerda tanto a 'Corazones rojos' de Los Prisioneros como a 'This Is America' de Childish Gambino y a 'Numb' de U2, me pregunto si por fin los medios colombianos van a abrazar la maravilla que tienen entre manos. Por lo que pude recabar, la miopía respecto a los grandes productos locales no solamente es un mal de la prensa chilena.

Andrés Panes

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