La grandilocuente obra de George Harrison

Una revisión a los 48 años de "All Things Must Pass"

George Harrison, hacia fines de 1970, publicó el más ambicioso de los álbumes de la historia, medido tanto por su propia vara a futuro como comparado con cualquiera de sus ex-compañeros en The Beatles. No obstante el hecho de que los otros Beatles sin duda tuvieron sus momentos como solistas, ninguno de ellos lanzó nada que pudiera rozar la obra grandilocuente que supuso “All Things Must Pass”. Ni siquiera el propio Harrison pudo superar su propio trabajo en las décadas que siguieron. Pero eso aún no lo sabía.

Queda bastante claro que, después de que la banda de Liverpool se separó, George tenía mucho que decir. Sin estar tan enfrascado - aunque si desgastado- en tratar de competir con esos dos monolitos (Lennon y McCartney) que se le cruzaron en el camino en tanto a compositores, todo lo que no tuvo espacio en un disco “Beatles” el guitarrista lo transformó en un triple álbum de canciones, algunas de ellas francamente increíbles. En 1970, el Beatle “discreto” pudo decir lo que pensaba. Finalmente y a sus anchas.

George Harrison había presentado algunos temas de “All Things Must Pass” a sus colegas durante las turbulentas sesiones de grabación del que sería su último álbum publicado, “Let It Be”, pero aquellas sesiones, que en principio se habían planteado como una vuelta a sus raíces y al sonido más directo de los primeros años, acabaron precipitando la disolución del grupo. John y Paul vetaron las canciones, lo que demuestra lo muy ocupados que estaban con sus propios asuntos para esos días. Harrison era un tema delicado para los dos líderes de The Beatles, quien a todas luces ya se había revelado como un compositor sublime y seguramente era el que estaba más preparado de todos: no por casualidad, los dos temas más destacados de “Abbey Road”, su último álbum grabado (‘Something’ y ‘Here Comes the Sun’) son de su autoría.

Cuando ‘Something’ llegó a los oídos de los fans de los Beatles en 1969, el grupo más grande del mundo ya no era exclusividad de Lennon y McCartney. Había un tercero en franca disputa, alguien nuevo, que emergía desde el paisaje como un artista por su propio derecho. Desde aquel “Abbey Road”, George Harrison ya no era el guitarrista solista o el hippie que salía con Eric Clapton o al que se le permitía una o dos canciones extrañas por disco: quizá muy tarde en la carrera de la banda, quizá al final, de hecho, se abrió el ancho camino de George. Paradójico porque los otros dos estaban luchando para que sus horizontes no los terminaran por obnubilar absolutamente.

El mismo George dijo que había comenzado a escribir y grabar su primer disco en los mismos complejos meses de la debacle Beatle y de la composición de la joya aquella llamada ‘Something’, cuidadosamente perfeccionando las canciones que había escrito incluso ya en 1966 (como ‘Isn’t It a Pity’) y en esos días negros de 1969, ‘Let It Down’ fue escrita durante esas llamadas “Get Back Sessions”.

A pesar de que se había dado a llamar un “solista” propiamente tal con los conceptos instrumentales de "Wonderwall" y "Electronic Sound”, Harrison no terminó por considerarse a sí mismo como un artista en solitario hasta después de que los Beatles estuvieron convenientemente enterrados.

Cuando la separación del cuarteto se hizo oficial en abril de 1970, George pudo al fin dar de sí todo lo que llevaba dentro y más allá de las razones que inspiraron su oda, obra magna, fatalista y optimista a partes iguales, a lo efímero de la vida y el amor, la intencionalidad del mensaje era clara como el agua: ahí estaba la portada con sus cuatro gnomos tirados por el suelo para que no cupiera lugar a duda. La fotografía tomada en uno de los amplios jardines de Friar Park, el nuevo domicilio de George, de acuerdo a quien la capturó -Barry Feinstein- era una representación de The Beatles. Se cuenta que a John Lennon, en particular, el chiste no le hizo ninguna gracia.

Y es que George ya no necesitaba ser uno de los gnomos, su estatura era tanto mayor que la que tenía cuando era una cuarta parte (y menos) de algo tan grande como los Fab 4. “All Things Must Pass” era una contundente evidencia de su enorme talento que había sido opacado de forma tan inexplicable, desde mediados de los sesenta. Por cierto Paul, John y Ringo debieron poner todo de lo suyo para reaccionar a este ejercicio musical de tanta consistencia, les tomaría años asumirlo.

En las anotaciones que acompañaron la edición del trigésimo aniversario de “All Things Must Pass” (publicada el año 2000) George Harrison, quien estaba tan solo a una temporada de morir, escribió: "Todavía me gustan las canciones del álbum y creo que pueden sobrevivir con estilo más allá de la forma en que hayan sido grabadas”. Era una típica declaración modesta y no exenta de autocrítica por parte de Harrison y una que tampoco es del todo exacta. De hecho, puede que haya habido un montón de reparos en tanto a la producción pesada y saturada de reverberación y ecos tan características del álbum, pero es difícil criticarla negativamente considerando la exitosa recepción, de los especializados y del público, que tuvo el disco en su momento.

Parecía que a Harrison le acomodaba la mano de producción que le ofrecía el dominante Phil Spector, sobre todo en sesiones que a veces sumaban a muchos músicos a los que había que coordinar. Pero también la inestabilidad y la falta de criterio de Spector fue la misma que hizo de George un mejor productor asociado en ocasiones sin darse cuenta, en especial en aquellos momentos en que el productor a cargo deliraba en sus excesos de alcohol.

Y pese a todo lo que parecía jugar en contra, el proyecto fue creciendo desde lo que era un disco doble para llegar a ser triple, en rigor la idea era un disco doble con un añadido de regalo, uno que fuera un extra construido por jams que debido a la naturaleza del proyecto terminó haciendo sentido en el todo de “All Things Must Pass”.

Sin contar el triple disco de Woodstock, ésta sería la primera obra de este tipo firmada por un solo artista. Al momento de ser publicado, pese a lo voluminoso de la entrega, se ubicó en el #1 de los rankings norteamericanos por varias semanas, en gran parte debido a la omnipresencia en radios de todo el mundo de aquel mantra llamado ‘My Sweet Lord’, una canción que apeló al fondo espiritual de los escuchas sin importar la religión que practicaran. El canto Hare Krishna, las voces íntimas y dulces, la que entona la melodía repetitiva suave que vivirá para siempre en nuestras memorias. Pero hay otras canciones en un álbum de veintidós pistas que incluyen historias del perro que le robaron a Clapton (‘I Remember Jeep’, coescrita por Ginger Baker de Cream), la del propietario original de la mansión de Harrison (‘Ballad of Sir Frankie Crisp’), y hasta un mensaje de cumpleaños para Lennon (‘It’s Johnny’s Birthday’).

Nadie puede decir que esto no se veía venir, factores y evidencias estaban a todas vistas. Durante una gira junto a los Delaney & Bonnie, un grupo que conformaba George junto a Delaney Bramlett, Eric Clapton y Dave Mason. Justamente debido a la deserción de Mason, Harrison se empezó a especializar en la guitarra slide. Tan diestro se haría en la técnica, que esta terminaría refulgiendo como su marca registrada. Por otro lado, estaba el creciente interés del ex Beatle por la música gospel, el punto intermedio entre la expresión musical y la religiosa; desde ahí se puede entender las influencias explícitas para ‘My Sweet Lord’ –‘He’s So Fine’ de The Chiffons entre ellas, un tema que lo lanzaría al súper estrellato. Si le sumamos el fallido intento de convencer a Paul McCartney de temas como ‘Wah Wah’, que terminó volviendo en contra del bajista, y de la canción homónima podemos entender con exactitud lo que George definía como un periodo de “diarrea musical”.

Tal grandeza - incontinencia musical si le quieren llamar así- era absolutamente necesaria para acompañar un conjunto de letras tan profundas como las contenidas en “All Things Must Pass”, una serie de canciones que suenan como si a George se las hubieras dictado vía un poder superior. Pese a que él ya había estado en el ojo público durante la mayor parte de la década y siempre pareció ser una vieja alma sabia de todos modos, es difícil imaginar que tenía sólo 26 años cuando compuso las primeras canciones de este disco a finales de 1968.

Este triple álbum no solo despliega en pleno a Harrison como un versátil compositor, uno que mezcla serenas y temperadas melodías inundadas de armonías con himnos de guitarras pesadas complementadas por los riffs de su partner Eric Clapton, sino que lo pone en un escenario aparte emocional y espiritualmente.

Para impulsar “All Things Must Pass” en el plano de la grandeza misma, más que los debuts de Lennon o McCartney incluso, está la variedad de talentos que accedieron trabajar mano a mano con George. Aparte de Clapton, una serie de otros amigos cercanos e indiscutidos talentos impecables se unió para el paseo: Ringo Starr, el percusionista Alan White, un Phil Collins de diecinueve años de edad, Gary Brooker de Procol Harum, Peter Frampton, Klaus Voorman, Badfinger, la base de Derek and the Dominos y para rematar Billy Preston. También Bob Dylan co-escribió ‘I’d Have You Anytime’ y siempre se rumoreó sobre John Lennon haciendo acto de presencia en el disco. Si a eso le añadimos un poco (bastante en realidad) del factor Phil Spector y su clásico Wall of Sound en la mezcla, ahí está la fundación sólida de esta “catedral” en solitario.

Con todos los colaboradores considerados no hay duda que este es un álbum 100% Harrison, su voz y su forma de tocar es inobjetable. Un disco que tras la ya mencionada remasterización digital del 2000, que atenúa la reverberación de la producción de Spector, se convirtió limpiamente en uno de “sonido Harrison” también. Él mismo declaro que al supervisar la nueva masterización lo que pretendía era liberar al disco de ese sonido de “producción gigante que parecía apropiada en ese momento, pero que luego se le hizo un poco exagerada”.

Fue una exageración apropiada entonces y lo sigue siendo hoy día a 48 años de su publicación. Cito por vez última a George.... Krishna -un equivalente a Jesús- le dijo a Arjuna en el libro Bhagavad Gita: "Nunca hubo un tiempo en que tú o yo no hubiésemos existido/ ni tampoco habrá ninguna clase de futuro cuando terminemos de "SER". ¡Cuánto te queremos George!


‘All Things Must Pass’: La canción

En el tema que da título al impresionante disco (que el cineasta Martin Scorcese definió como una catedral), las guitarras de Harrison y Eric Clapton golpean acústicas, mientras que la leyenda de Nashville, Pete Drake, llevó la composición al etéreo plano de lo espiritual con su steel guitar. Esto sin obviar la influencia de The Band en los arreglos que Harrison diseño para los vientos, todo para proveer a ‘All Things Must Pass’ de un tono ligeramente triste.

En apariencia es una canción de consuelo cantada por un hombre a punto de separarse de su pareja. La sensatez del enfoque en el refrán (”Ninguna de las cadenas de la vida puede perdurar”) no hace que el hito de la separación sea algo más fácil precisamente. Sin embargo, Harrison sugiere que incluso el dolor puede ser controlado con un poco de fuerza de voluntad en el verso adyacente "Una mente puede soplar lejos a esas nubes”.

El estribillo de ‘All Things Must Pass’, por su parte, es un simple reconocimiento a la naturaleza transitoria del mundo y la sabiduría inherente a ella puede ser un bálsamo para los que sufren momentos más difíciles. Harrison sutilmente sugiere que tanto lo bueno como lo malo pasa a un primer plano en diferentes momentos de la vida, así que lo importante en no dejarse llevar por cualquiera de esos extremos.

En contexto del cómo se escucha -e interpreta- esta canción no es menos importante, ya que en tenor de duelo, los fans de los Beatles lo percibieron como una forma de decir que habían cosas que se debían dejar atrás, entre ellas, los mismos Beatles tras su ruptura en 1970. Y cuando Harrison falleció en noviembre de 2001, la composición resonó como su mensaje final a los dolientes en todo el mundo. ‘All Things Must Pass’ se las arregla para ofrecer albergue a todos quienes lo escuchen gracias a su examen concienzudo de todo lo que es fugaz y pasajero, incluso tanto como la vida misma.

Alfredo Lewin

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