La clase de festival que necesitamos

Rock al Parque visto desde Chile

Como chileno, mis primeras reacciones hacia el Rock al Parque son dos. En primer lugar, envidia. Los colombianos tienen un festival de música gratuito que convoca anualmente a cientos de miles de personas en un recinto al aire libre. Nosotros no. Al menos, no a esa escala tan grande. En segundo lugar, vergüenza. Si este país es tan próspero, ¿cómo es posible que no exista una política pública similar? Porque Rock al Parque es eso: una política pública. No importa si en Bogotá manda la derecha o la izquierda, el festival va sí o sí. Así ha sido desde su inicio hace un cuarto de siglo. Aquí los únicos espectáculos de una envergadura similar son eventos pagados que, si bien ofrecen carteles sabrosos, cobran precios restrictivos para el común de los mortales.

Superado el egoísmo, viene la admiración. Porque Rock al Parque es justo la clase de instancia que Chile necesita. Un engranaje gigantesco que rueda gracias al trabajo de comunidad y autoridades, juntas en un esfuerzo mancomunado por generar espacios de encuentro para gente joven. Si eres un fan de la música, tienes la oportunidad de vivir la siempre edificante experiencia de una jornada (o tres, si te animas a ir todos los días) de bandas y solistas en vivo. Si eres músico, tienes la posibilidad de participar porque se abren postulaciones incluso para que los más noveles grupos se presenten en el festival, si su calidad así lo amerita. De pertenecer a un plano intermedio, como en el caso de los gestores, también hay algo para ti: talleres, charlas, cursos. Todos ofrecen exactamente lo que se requiere: una oportunidad para ampliar redes. Cada señal que llega desde Rock al Parque nos dice una cosa: Colombia expresa una preocupación por su industria cultural que Chile no muestra ni por asomo. El evento bogotano lleva un cuarto de siglo ayudando a fortalecer la escena, creando mercado, haciendo que las cosas pasen.

El line-up de cada edición tiene como fuerte la música local, a la que se le da especial énfasis (el trato que reciben héroes cafeteros como Aterciopelados debería ser un modelo a seguir aquí), pero los invitados internacionales juegan un rol importante en redondear el espectáculo y darle un toque masivo. En Rock al Parque se concentra lo más bullado del rock latinoamericano. Piensa en grandes nombres de nuestra región y te aseguro que la mayoría pasó por ahí, desde Charly hasta los Lucybell y desde Café Tacuba hasta Los Amigos Invisibles, pasando por Spinetta, Cómo Asesinar a Felipes o Cuarteto de Nos. Pero la oferta no se queda ahí porque también abarca números en inglés. Durante las últimas dos décadas y fracción, nuestros hermanos colombianos han podido apreciar gratuitamente a los siguientes grupos: Anthrax, Dead Kennedys, Suicidal Tendencies, Black Rebel Motorcycle Club, Carcass, Atari Teenage Riot y Deafheaven, entre otros. Cuesta seguir enumerando sin volver a la envidia.

No todo es miel sobre hojuelas. Montones de obstáculos y problemas se han presentado en todos estos años, pero la forma en que han sido sobrepasados y resueltos habla de una férrea voluntad colectiva enfocada en conservar y mejorar el festival. Por ejemplo, a fines de los noventa, una autoridad bogotana quiso cancelar su realización, sólo para encontrarse con una vocal oposición que afortunadamente se lo impidió. Ante cada problema, surge una conversación que ayuda a conocer las posiciones de cada opinante. Por ejemplo, se ha discutido sobre el trato que reciben los artistas extranjeros, supuestamente mejor que el de los colombianos (lo mismo que se comenta sobre festivales por estos lares) e incluso acerca de su extrema comercialización debido a la llegada de marcas auspiciadoras. Desde acá, la impresión que dejan nuestros hermanos colombianos es que cada vicisitud solamente hace más fuerte al Rock al Parque. Deberían llenarse de orgullo. Acá en Chile todavía falta para poder sentir lo mismo.

Andrés Panes

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