El rol de Bowie en la muerte del rock 'n' roll

Su fundamental contribución a los cambios de paradigma de los 70 y los 80

Por mucho que hoy en día lluevan los homenajes, aún cuesta dimensionar el impacto de David Bowie en su época de máximo esplendor. Más que otra década, los setenta parecen otro mundo. En lo que respecta al funcionamiento de la industria discográfica, el contexto en el que nuestro héroe llegó a la cima no tiene mucho que ver con el actual.

Es cosa de pensar en su aparición de 1972 en Top of the Pops, cantando 'Starman' en la tele junto a The Spiders from Mars. Se trata, en la historia del rock inglés, del instante en el que todo el país le puso atención y un par de generaciones cayeron rendidas a sus pies. El momento exacto en el que miles de preadolescentes sintieron el llamado de la música, desde Phil Collen de Def Leppard hasta Ian McCulloch de Echo & the Bunnymen.

Quince millones de personas vieron el programa. Al día siguiente, no se hablaba de otra cosa, entre comentarios elogiosos y gente poniendo el grito en el cielo. Bowie no sólo choqueó a la nación con su apariencia extravagante y sus ademanes teatrales, sino también con su forma de tratar al guitarrista Mick Ronson, en el que casualmente apoyó un brazo durante la presentación. Ahora el gesto sería considerado inofensivo, pero en la Inglaterra de hace casi medio siglo escandalizaba a intolerantes y homófobos.

En aquel entonces, prácticamente no había nada como Bowie, quien aprovechó la indiferencia recibida en sus inicios para practicar cómo impactaría al mundo años después. Cuando las luces por fin lo enfocaron, ya sabía perfectamente qué hacer para que nunca más dejaran de posarse sobre el.

Pocos han causado tanta fascinación colectiva, y si bien las razones de su magnetismo dan para llenar miles de páginas, uno de sus atractivos principales fue su negativa a ser majadero. Cuando Bowie le hincaba el diente a una idea y la perfeccionaba como nadie, en vez de repetirla como le aconsejaban sus asesores discográficos, pasaba a la próxima fase. Y así sucesivamente.

Una anécdota: el master de "Low" causó pánico entre los ejecutivos de RCA, quienes le ofrecieron una lujosa casa en Filadelfia como incentivo si aceptaba desechar el álbum y regresar al soul del exitoso "Young Americans", con el que traspasó fronteras y se convirtió en uno de los pocos blancos en actuar en Soul Train, uno de los espacios televisivos más icónicos de la comunidad afroestadounidense.

Insobornable, Bowie siguió adelante con "Low", dándole inicio a la Trilogía de Berlín, un punto de inflexión no sólo para su discografía, sino para el pop y el rock en ambos lados del Atlántico, donde todos estaban pendientes de sus impredecibles movimientos. De las decenas de libros sobre Bowie, quizás ninguno explica la importancia de esa etapa mejor que "Dare: How Bowie & Kraftwerk Inspired the Death of Rock'n'Roll and Invented Modern Pop Music", firmado por David Laurie, un insider de la industria musical que escribe con entusiasmo de fan y conocimiento enciclopédico sobre el único artista al que considera tan influyente como The Beatles.

En palabras del autor: "Entre 1976 y 1978, Bowie estaba en modalidad científico loco, recluido en estudios de Alemania y Francia, ayudado por Brian Eno, Iggy Pop y el productor Tony Visconti. Juntos reiniciaron y expandieron el pop y el rock en diez direcciones distintas con cada disco que sacaron. Mientras el punk en Londres agitaba lujuriosamente las viejas ideas de The Stooges, "Low", ""Heroes"" y "Lodger", junto a "The Idiot" y "Lust for Life" de Iggy Pop, recogían y mezclaban aspectos de cada género imaginable para forjar un nuevo tipo de música".

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Folkie en "Space Oddity", psicodélico en "The Man Who Sold the World", funky en "Station to Station". Bowie siempre fue un camaleón, pero la Trilogía de Berlín fue su mayor golpe a la cátedra. Según Laurie, destruyó magistralmente los cimientos falocéntricos del rock para darle paso a una energía de esencia femenina que lo llevó a habitar las canciones de otra forma y a comportarse de una manera distinta, más introspectiva y autocrítica. Le abrió un espacio a la duda y al asombro, dejando atrás el pavoneo y la arrogancia. Influenciado por Neu! y Kraftwerk, buscó erradicar el ego del rocanrol reemplazando su calor humano por la frialdad maquinal de sonidos que parecían venir del futuro o directamente desde el espacio. Lo suyo en ese momento dejó de ser familiar y se volvió post-guitarrístico, alienígeno para cualquier oído habituado a instrumentos convencionales, pero absolutamente inspirador para sus oyentes y colegas.

Del libro de Laurie: "La segunda mitad de los setenta vio cómo Bowie sepultaba al rock'n'roll en la tumba contigua a la de Ziggy Stardust mientras todas las bandas cool asistían al funeral". Inspirados por el estilo de alguna de sus etapas o por su metodología de trabajo, un batallón de nuevos músicos irrumpió con la fuerza de un tornado. Sin su aporte, no habría post punk ni new wave. Para renovar al rock, Bowie primero tuvo que matarlo. Seguramente estaríamos perdidos si no se hubiese ensuciado las manos.

Andrés Panes

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