El ocaso del rock clásico

A propósito del libro “Twilight of the Gods” de Steven Hyden

Separo en dos categorías a los periodistas musicales que admiro: los que escucharía en una charla y los que invitaría a tomar cerveza. Desde que leí su libro “Your Favorite Band Is Killing me”, una colección de ensayos sobre el trasfondo extramusical de rivalidades tipo Beatles v/s Stones o Blur v/s Oasis, el estadounidense Steven Hyden (41) pertenece al segundo grupo, el de los que son fans por sobre todo, incitan conversaciones y valoran la entretención. Como lector, disfruto de su pluma amena. Como colega, me siento identificado con su desinterés en parecer cool. Pese a que el tipo escribía en Pitchfork, viene del Midwest gringo, del Estados Unidos más normal, un dato que siempre sale a relucir en los apuntes autobiográficos que mezcla con interesantes observaciones y mucha trivia pop.

El segundo libro de Hyden se llama “Twilight of the Gods” y es otra colección de ensayos, ahora sobre el ocaso del rock clásico, una etiqueta escurridiza, nacida como un formato radial definido en última instancia por el criterio (léase caprichos, antojos e intereses) de los programadores, y enmarcada temporalmente por el autor entre los lanzamientos de “Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band” de los Beatles (1967) y “The Fragile” (1999) de Nine Inch Nails. Pese a que el concepto nunca queda completamente amarrado, los tres datos siguientes aterrizan la abstracta categoría. Primero, la redacción del libro se inició cuando murió Bowie y finalizó cuando murió Tom Petty. Segundo, “Twilight of the Gods” posee la estructura de un LP doble: dos partes con dos lados cada una. Tercero, la portada imita el diseño de “The Dark Side of the Moon” de Pink Floyd. Claro como el agua.

Para afirmar que el rock clásico está en su crepúsculo, Hyden usa como principal argumento el inexorable paso del tiempo. El loop de cumpleaños de sexagenarios y septuagenarios en el mejor de los casos, anuncios de muerte en los peores. El ciclo de giras de aniversario, enésimas ediciones de lujo, reuniones sin fallecidos integrantes originales. En esa lista, perfectamente podría añadirse este libro, junto a las decenas de textos que se han escrito sobre la muerte del rock, uno de los temas favoritos de la prensa musical desde que tengo memoria. Lo que destaca del montón a “Twilight of the Gods”, aparte de su desdén por lucir inteligente y pontificar, es que su autor es un verdadero amante del rock clásico y aborda el tópico con un cariño que traspasa las páginas. Yo fui un niño que descubrió el mundo a través de los discos que escuchaba y puedo verme reflejado con nitidez en frases suyas como “hasta que llegué a “Rumours” de Fleetwood Mac, y por tonto que suene decirlo, jamás me imaginé que a una mujer pudiese gustarle el sexo tanto como a un hombre”.

Aunque aplaude la longevidad del rock clásico, cuyo poder de permanencia atribuye parcialmente a su fascinación con las raíces, y también elogia su foco en el álbum como cuerpo de trabajo, Hyden no es un enceguecido apologista ni mucho menos. Cuando corresponde, escribe sin empacho sobre los puntos débiles que terminaron convirtiendo al rock en una pieza de museo, en “el nuevo jazz” como dijo el ex editor musical de The Guardian, Michael Hann. Siempre desde el sentido común, preguntas incómodas son formuladas a viva voz: ¿Cuál será nuestro futuro juicio de estos personajes a los que hemos visto envejecer hasta la decrepitud sobre un escenario? ¿Qué clase de legado dejarán las bandas y solistas que se entregaron por completo al capitalismo? Además, llega a una conclusión similar a la que alcanzó Jorge González en 'We Are Sudamerican Rockers': este juego es de hombres blancos.

Tal como en su primer libro, Hyden reconoce en la música un recipiente en el que las personas proyectan mucho más que sus gustos. También depositan ahí sus valores, sus creencias, lo que son o, más comúnmente, lo que intentan ser. Su convicción es que el mayor encanto del rock clásico eran los ideales representados por sus grandes estrellas. Por ejemplo, Jim Morrison o Bruce Springsteen, reconocidos por el autor como sus propios modelos de masculinidad: asegura que fue reventado y decadente en su juventud como el Rey Lagarto, luego trabajador y responsable en su adultez como El Jefe. “Cuando un rockstar muere, lo que la gente lamenta es su propia mortalidad”, sentencia. Optimista sin ser iluso, Hyden declara la obsolescencia de los viejos modelos de conducta, sepultados bajo el peso de sus propios pecados (machismo, racismo, falsedad, etc), pero cree que el rock, al menos como postura contracultural, seguirá vivo bajo nuevas formas. En nombres como Laura Jane Grace o Kendrick Lamar, ve la posibilidad de contar otras historias, las de minorías oprimidas que necesitan una banda sonora rebelde. Un recambio de héroes y leyendas.

Andrés Panes

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