El arquitecto de Rolling Stone desde cerca

Una biografía expone la pequeñez y la grandeza de Jann Wenner
El arquitecto de Rolling Stone desde cerca

Desde que fundó Rolling Stone, hace medio siglo, Jann Wenner ha sido uno de los arquitectos de la cultura del rock tal como la conocemos. Nacido en 1946 en el seno de una familia judía, sus padres se divorciaron antes de que llegara a la pubertad y se desentendieron de él. Estudió en un internado y luego en Berkeley, pero abandonó sus estudios universitarios para dedicarse a trabajar en medios escritos.

Con dinero prestado por la familia de su esposa, echó a andar su propia revista. Rolling Stone se convirtió rápidamente en uno de los estandartes de la revolución del rock, lo que significaría una considerable cuota de poder dentro de la cultura estadounidense para Wenner, quien siempre se destacó por ser un tipo sumamente ambicioso. "La grandeza se conoce a sí misma" fue la frase que escogió en el anuario de su colegio. Para Joe Hagan, el autor de "Sticky Fingers: The Life and Times of Jann Wenner", sus inmodestas aspiraciones se debían al trauma provocado por la poca atención que recibió cuando era niño. Lo dice después de las incontables entrevistas que le dieron forma al recién lanzado libro, que originalmente sería una biografía oficial, pero luego perdió el visto bueno. Sucede que el protagonista, quien recién puso en venta Rolling Stone, quería dar una vuelta olímpica y ser mitificado como los regalones de su magazine. Sin embargo, Hagan indagó en las historias que fue encontrando y muchas de ellas revelaban verdades incómodas.


No es que "Sticky Fingers" sea una crucifixión. Para nada. Sus páginas dejan muy claro que el hombre del que se habla hizo grandes cosas, como levantar un imperio editorial y darle tribuna a gente tan valiosa como Hunter Thompson o Annie Leibovitz. Quizás el problema para Wenner, y al mismo tiempo lo que hace sabroso al libro, es que Hagan no tiene ningún interés en canonizarlo a él ni a su trabajo. El deseo del dueño de Rolling Stone de salir bien parado es notorio e indiscutible: recién ofició como productor ejecutivo de un documental de HBO que no hace más que ensalzar su figura y todo lo que ha tocado desde 1967, mostrándolo casi como un altruista y revolucionario genio de la prensa. "Sticky Fingers" se encarga de humanizarlo y esclarecer la forma en que se abrió paso en el mundo, no sólo en el periodismo y la industria de la música, sino también en Hollywood y en la política, aprovechando la influencia que ganó con la revista.

Nadie logra lo que Wenner logró sin pegar codazos, plantea el biógrafo, quien revela su política tras bambalinas. Hagan lo critica por haberse enriquecido exprimiendo el jugo de un movimiento cuyas intenciones eran contraculturales y rebeldes, aunque balancea reconociendo su aporte a la hora de moldear la mitología en torno al rock y darle forma a su narrativa, además de difundirla.



El fuerte del libro está en su compromiso con la verdad, explorada en un montón de entrevistas, no sólo con Wenner, sino con prominentes músicos que han mantenido una relación con él a lo largo de los años. Hablan todos los querubines de Rolling Stone, desde Bruce Springsteen hasta Bono. Particularmente llamativo es el testimonio de Paul McCartney, quien a estas alturas parece otro más del elenco de artistas que se rotan la portada cada cierto rato, pero que no tiene la mejor opinión sobre el medio, ni sobre su mandamás.

El ex Beatle deja entrever que aún resiente la forma en que fue tratado mientras John Lennon vivía: su difunto compañero era el favorito de Wenner, quien gestó la idea todavía reinante de que uno era el genio artístico y el otro sólo era un niño bien, una lectura totalmente errónea de sus personalidades. La relación entre Wenner y McCartney llegó a un valle cuando el primero le pidió al segundo que indujera a John Lennon al Salón de la Fama del Rock and Roll en 1994. Paréntesis: el magnate editorial es uno de los que tiene la última palabra sobre quién ingresa ahí. Al comienzo, McCartney no quería hacerlo, pero Wenner lo convenció prometiéndole su propia inducción al año siguiente. Macca accedió y dio un conmovedor discurso, leyendo una carta abierta a su ex compañero. Sin embargo, doce meses después, Wenner no cumplió su palabra. Tuvo que pasar un lustro para que el buen Paul recibiera su merecida invitación. A modo de protesta silenciosa, su hija Stella usó en la ceremonia una polera que decía "About fucking time!".

A Paul Simon le iba aún peor con Rolling Stone, que nunca le dio a Simon & Garfunkel un reconocimiento acorde a la popularidad y la calidad de su trabajo. Resulta que Simon y Wenner estuvieron dos veces en triángulos amorosos, primero en su época universitaria y luego con la esposa del segundo, a quien nunca le tembló la mano a la hora de usar su poder como un arma contra sus enemigos. En ese caso específico, se trataba de ego más que de afectos, dice Hagan, quien pone énfasis en la homosexualidad de Jann Wenner, salido del clóset en los noventa cuando dejó a su mujer para irse con un modelo de Calvin Klein.

"Sticky Fingers" remarca la influencia que tuvo su protagonista, y su visión del sexo, en el desarrollo conceptual del rock. Aunque muchos se sorprenderán al saber que había un gay detrás del imaginario macho de la guitarra eléctrica, lo cierto es que Wenner es un personaje que siempre se movió en polos opuestos. De hecho, el libro insinúa que ni siquiera advierte sus propias contradicciones, como manifestarse contra Donald Trump en Rolling Stone y al mismo tiempo publicar un tabloide farandulero, Us Weekly, que trata al presidente como a cualquier otra celebridad.

Considerando que nadie conoce realmente a Jann Wenner, ni siquiera los músicos con los que ha mantenido relaciones por décadas (Mick Jagger queda mudo cuando le piden describirlo más allá del contexto laboral), la aproximación de "Sticky Fingers" es lo más cerca que se puede estar de uno de los arquitectos del mundo que vivimos. Por sabrosura, uno de los mejores libros del año.

Andrés Panes

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