Dulce exilio: a 24 años de la desaparición de Richey Edwards

Nuevo libro reabrirá el debate sobre el extraño caso del músico

La historia del rock está llena de eventos desafortunados. Muertes por sobredosis, asesinatos y suicidios han nutrido los episodios más oscuros del género, pero la desaparición de Richey Edwards es quizá uno de los más escalofriantes. Los sucesos son bien conocidos. El 1 de febrero de 1995, el guitarrista debía reunirse con el vocalista James Dean Bradfield para viajar a Estados Unidos e iniciar la gira promocional de “The Holy Bible” (1994), registro que a la larga sería el canto del cisne para Edwards. Abandonó el hotel Embassy de Londres a las 7:00 de la mañana, se dirigió en auto hasta Cardiff y lo dejó cerca del puente Severn, lugar muy frecuentado por suicidas. De ahí no se supo nada más de él,  su cuerpo jamás apareció y nunca se ha podido comprobar si realmente se quitó la vida o desapareció para no volver.

A casi un cuarto de siglo del fatídico día y con muchas preguntas aún por resolver, una nueva publicación escrita por Sara Hawys Roberts y Leon Noakes contribuye evidencia fresca sobre el caso, esta vez con la venia de Rachel Edwards, la hermana del músico que les permitió acceder a su vasto archivo personal, no solo para tener una perspectiva más amplia de los motivos que habría tenido para desaparecer, sino que también para retratarlo de manera más personal a fin de distanciarlo de la imagen de rockero torturado que la prensa ha esbozado durante tantos años.

“Withdrawn Traces: Searching for the Truth about Richey Manic” es el título de la obra que entrega aristas tan interesantes como la teoría de que Richey podría haberse autoexiliado a Israel en búsqueda de la paz que como figura pública nunca iba a tener. A medida que iban atando cabos, los investigadores se dieron cuenta de ciertos patrones que indicaban su fascinación por personajes que lo dejaron todo para esfumarse, incluso desde muy pequeño, sumado a que otros miembros de su familia que también decidieron aislarse para vivir en soledad.

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Otras conjeturas incluyen la posibilidad de que tuviera síndrome de asperger y que esta condición no haya sido diagnosticada en ese entonces, lo que ayudaría a entender por qué sentía tanto rechazo a las giras, por ejemplo. También llama la atención el contacto con dos misteriosas mujeres en la previa de los hechos. La primera es Vivian, quién se supone que estuvo con él la noche anterior a la desaparición y a la que intentó entregarle su pasaporte aludiendo a que “no iba a necesitarlo más”. La otra es una artista y académica que conoció en el Whitchurch Hospital y que decidió irse a Israel, lo que cuadra con las intenciones del músico por visitar ese lugar. Se intentó contactar a ambas, pero los esfuerzos fueron infructuosos.

Sobre las motivaciones para reabrir este episodio, Sara Hawys Roberts contó al Wales Online que su anhelo es que “la gente investigue por su cuenta, vea las pistas y se forme su propia opinión. Queremos celebrar a Richey y que se renueve el interés por el caso”.

Para algunos, la desaparición del otrora guitarrista tiene más profundidad en lo emocional que en lo netamente musical, ya que, en la frialdad de los números, fueron “Everything Must Go” (1996) y “This Is My Truth Tell Me Yours” (1998) los encargados de lanzarlos a la masividad total, justo los discos siguientes a su partida. Sin embargo, es imposible soslayar el aura peligrosa y la vibra rebelde de la que hacían alarde como cuarto, testimonio que engalana sus tres primeros discos de estudio y cimentó lo que vino después. A 24 años de su desaparición, solo queda esperar a las nuevas revelaciones que pueda aportar este libro publicado el 31 de enero, el cual permite visitar los recovecos de la mente de Richey Edwards, un personaje misterioso y atrayente que es mucho más que un prólogo en la historia de Manic Street Preachers. Siempre recordado.

Pablo Cerda

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