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Fuimos al Teatro Biobío a rememorar "El resplandor" de Carlos Cabezas

Entre ida y vuelta, viajé cerca de doce horas para ver a Carlos Cabezas tocando por noventa minutos y fracción en Conce. Feliz lo haría de nuevo porque la ocasión lo ameritaba. Era el vigésimo primer aniversario de "El resplandor", un disco cuyos veinte años exactos no fueron conmemorados porque Electrodomésticos estaban en plena actividad y su líder prioriza el ahora por sobre el pasado. Pese a que la nostalgia no es lo suyo, mirar a los noventa por el retrovisor lo estremeció al punto de que, en una de sus intervenciones habladas durante el show, simplemente se quebró y tuvo que hacer de tripas corazón seguir cantando a los pocos segundos con su voz de catacumba de siempre. Concepción también fue el lugar donde en 1997 se presentó "El resplandor" en sociedad, así que el festejo sureño no fue tanto un antojo caprichoso como un flashback a la época cuando aun existía el Cariño Malo, que a mi entender es lo más cercano que ha tenido la Octava Región a La Batuta, aunque Casa de Salud no lo ha hecho nada mal en convertirse en un lugar mítico de congregación musical. 

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Casa de Salud, sin ir más lejos, fue donde Cabezas la noche del viernes realizó una tocata express para precalentar, 35 minutos de estiramientos antes del evento principal en una locación que ya nos quisiéramos los santiaguinos: el hermoso Teatro Biobío, imponente desde fuera y acogedor por dentro, situado con pose desafiante al frente de un mall y, qué envidia más grande, con vista al río. Si hablamos de acústica, cumple con creces. De hecho, estoy convencido de que la versión de Bailando en silencio’ con la que empezó el show ha sido una de las experiencias de más alta fidelidad de mi vida. Sentí que se me venía encima un torbellino y lo fascinante de la escena era la calma y la suavidad con la que Cabezas se movía mientras él y su banda de expertos comparsas soltaban una descarga eléctrica sobre mí y 700 personas más. Fue un momento en el que no sentí que estuvieran tocando para nosotros, sino contra nosotros, que es justamente lo que "El resplandor" simboliza como gesto. Cabezas el 97 sorteó las expectactivas de los seguidores de Electrodomésticos oponiéndose a ellas. En vez de un disco electrónico, hizo uno de rock, un rock a veces virulento y cáustico como el de ‘Bailando en silencio’, a veces derechamente agresivo como en ‘Newfastcar’ o aplastante como ‘Alegarikous’, todas muy logradas en sus versiones 2018 que, a falta de una espabilada de parte de la EMI (¿hasta cuándo las multinacionales van a seguir descuidando el histórico catálogo chileno que tienen?) con el álbum original, estarán disponibles en streaming para todos los que alguna vez hemos rebotado buscando "El resplandor" en Spotify. 

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Quiero subrayar, a propósito de que el concierto será inmortalizado, el cariño con el que fueron tratadas las canciones. La banda del disco de estudio tenía a gente de Shogún, Glup! y Lucybell. Ahora lo recrearon integrantes de Santos Dumont, Los Bunkers y los mismos Electrodomésticos. A la izquierda, Mauricio Melo. A la derecha, Gonzalo López. En la batería, Edita Rojas. Además, Paolo Murillo de Julia Smith en guitarra y el tecladista Nicolás Quinteros. En suma, una formación estelar a la altura de sus credenciales, fiel a todos los vaivenes de un disco que tiene como uno de sus rasgos más seductores un sano desdén por la etiqueta y una seductora afición por los extremos. La misión no era fácil porque "El resplandor" posee un cariz muy visceral, casi bruto, pero fue ejecutado por excelentes músicos y, más encima, está al borde de la sobreproducción porque Cabezas no dejó de meterle cosas hasta el último día. A mí me gustaba cuando chico porque en mi puta vida había escuchado una cosa tan mutante, tan marciana. Algo así de raro tenía que ser honesto. Veintiún años después, me sigue pareciendo así. Sentado en la quinta fila del teatro, sentí que, si bien me parecían algo más estilizadas, todas las versiones daban en el clavo una y otra vez a la hora de capturar su correspondiente emoción, como la ternura primitiva de ‘Lo mejor de ti’ o el postapocalíptico instrumental ‘Kor-o-Wok’, equivalentes sonoros de las temperaturas extremas, calurosa la primera y bajo cero la segunda, una llena de conmovedora esperanza y la otra a medio devastar. 

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Luego de agotar el tracklist de "El resplandor", y porque resulta cada vez más difícil pararse sobre un escenario en Chile, en especial si se cuenta con una buena vitrina (no solamente la grabación de un disco en vivo, sino la transmisión del show por la señal online de Chilevisión) sin aludir a lo que está pasando en nuestro país, empezó a sonar un coro de niños envasado cantando ‘Arauco tiene una pena’. La triste vigencia de las palabras de Violeta Parra suena aun más pesada a tan pocos kilómetros del lugar donde se siguen violando los derechos de nuestros mapuche, la expresión más grosera de cómo los ha muteado esta cultura que se niega a reconocer su grandeza y que no se deja permear por su sabiduría, reduciendo a problema de orden público un asunto infinitamente más denso. Con Melo y López, en una postal de varias generaciones y con distintas implicancias noventeras, Cabezas se paró a entonar la canción de Violeta, que no sería el único cover contemplado en el bis. Luego de un popurrí con temas como ‘Un pez’ y ‘Has sabido sufrir’, Pancho Molina ocupó la segunda batería dispuesta en el escenario para rematar todo con la marchante ‘El viaje’ y, tremenda sorpresa, un cover de ‘Bolsa de mareo’ de Los Tres, icónica rojada del cancionero de 1997. 

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Me quedo con la fineza con la que fueron capturadas las sensaciones del disco, desde el aire industrialoide de la acuosa ‘Monopolygamia’ hasta la atmósfera ritual de ‘Un cirujano turco’, en la que el histórico Melo y Murillo (crack total, a todo esto) dialogaron mediante sus guitarras acústicas, pero también me quedo con los dichos de Cabezas a la hora de hablar de este disco. Tanto en la entrevista que me concedió para Rockaxis como en las publicadas por otros medios, de donde destaco su charla con los amigos de Nación Rock, el cantautor, uno de los viejos sabios de la tribu a los que siempre deberíamos escuchar, ha hecho hincapié en la naturaleza colaborativa de "El resplandor" rescatando lo unidos que estaban los músicos chilenos en los noventa. Si uno mira la hoja de vida de Cabezas, está llena de trabajos con otros, desde su alianza con Silvio Paredes en los ochenta hasta sus actuales colaboraciones con gente como Rubio, pasando por su trabajo con Rama y Tiro de Gracia en los noventa e incluso por desconocidas apariciones junto a músicos más jóvenes como la de este video en el que sale junto a Napalm y los Matemáticos (la antigua banda de Fanny Leona de Playa Gótica) en un trabajo del ramo de tele de unos estudiantes de periodismo. Colaborar ha sido una de sus políticas de carrera, un rasgo a imitar especialmente porque lo ha hecho con gente fuera de su círculo y de su rango musical. 

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Cuando Cabezas destaca en sus entrevistas, e incluso durante este show, el valor de involucrarse creativamente con otros está sintonizando con la dimensión de la música y el arte que funciona como una brújula que le indica dónde ir a la sociedad. Soy majadero en esto porque yo recuerdo haber escuchado "El resplandor", un disco que su propio autor reconoce como irrespetuoso de la educación musical, siendo muy chico, en la básica, a través de las radios porque el disco tenía el apoyo de una multinacional y, además, en torno a Cabezas circulaban muchas buenas voluntades me imagino que no solamente por su prestancia, sino por su buena disposición con el resto. Por ejemplo, recuerdo perfectamente al Rumpy en la Rock & Pop hablando maravillas de "El resplandor" en “El Chacotero sentimental”, cuya película fue musicalizada por Cabezas un par de años después. Sobre la camaradería, cito un poco de lo que dijo en el Teatro Biobío: “Ha sido muy emocionante revivir este disco que habla de una época, de los años noventa. Pasaba algo bien especial entre los músicos, había mucha colaboración, mucho apañe, muchas cosas muy trasgresoras en cuanto a estilos y propuestas musicales (...) Había mucha actividad y mucha horizontalidad y mucho cariño entre los músicos”. Yo no niego que ahora no pase algo similar, pero afirmo que debería ocurrir aun más, que las instancias deberían abundar. Encuentro ejemplar que un tipo como Cabezas, con todos sus años de circo, insista en lo importante que es pertenecer a un conjunto humano más grande. Que toque canciones de Violeta y Los Tres me indica que se reconoce parte de ese gran continuo que es la música chilena. Lo del sábado no fue no solamente brindar por un disco, sino por una forma integradora de hacer las cosas y de ver el mundo que nunca debería pasar de moda. 

Andrés Panes

Fotos por Mariana Soledad

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