Brillante

A la memoria de Hernán Angulo

Hernancito, lo primero que pensé al conocerte fue que eras un nuevo estudiante en práctica. Tu nombre estuvo siempre ligado a proyectos que me gustaban y de los que escribía, pero no te cachaba de cara. Te dio risa cuando te lo conté, pero es cierto po, lo primero que me transmitiste fue juventud. Ni se me pasó por la cabeza que fuésemos más o menos de la misma edad. Menos que me ibas a cambiar la vida en menos de seis meses. Caleta de gente está hablando de algo similar en sus redes. Qué facilidad tuviste para armar y desarmar a las personas, hueón, es que la cagaste. Ayer, llorándote borracho, y a falta de palabras para explicarlo mejor, le decía a tu amigo Almeja que tus ojos tenían rayos X. Así me hiciste sentir siempre, como si pudieses ver mi interior más allá de las engañosas apariencias.

El Juanjo me llamó para contarme de tu muerte porque cachó que habíamos hecho clic de una. Ahora que escribo esto, me doy cuenta de que no había por dónde fallar: íbamos a caernos bien sí o sí. Cuando me contaron que el Hernán de Celadores iba a trabajar en Rockaxis, al tiro dije que me parecía bacán la idea. Y esos minutos que pasé sin cachar quién eras, pensé que eras un pendejo hardcoriento con mucho ímpetu y me simpatizaste caleta. Te vi tan monito animado que me provocaste ternura. Por lo mismo, quedé helado la primera vez que te pusiste a sacarme el rollo entero, la única ocasión en que esa costumbre tuya tan bacán me pilló desprevenido. Las cosas brígidas que dijiste sobre mí y mi cobardía respecto a querer y ser querido, todas absolutamente acertadas y todas mirándome a la cara como lo hacen los verdaderos amigos, llegaron de improviso en un contexto absolutamente inesperado, el de las chelas que nos tomamos la única vez que he ido a carretear al patio de Rockaxis en 10 años de trabajar acá. Porque contigo yo hacía esas excepciones, Hernán. Me invitaste a compartir un rato y echar la talla y llegué. Lo que el Cote no ha logrado en una década de invitaciones, tú lo conseguiste a los pocos días de conocernos.

Esa noche hacía frío y llegué con mi poncho. “¿Te puedo subir al columpio?”, me dijiste con una sonrisa maliciosa apenas me viste entrar. Te di luz verde y puta que fue chistoso, yo cacho que con Tudela nos vamos a reír para siempre de todas tus tallas. “Hoy estamos de fiesta, tenemos nueva casa y hay que inaugurarla como Dios manda”, declamabas con solemnidad, abrazándome. Al rato ya era “Panes, El Temucano”. Ayer hiciste que llegaran a mi living personas que te quieren mucho y, hermano, ¿me vai a creer que hice el show de ponerme el poncho para que vieran de qué te estabai riendo? Antes de conocerte nunca hubiese hecho algo así frente a personas del “medio musical” a las que no frecuento, pero contigo me saqué esas trancas hueonas y empecé a ser como soy de verdad, como soy en mi casa. Me quitaste gravedad y te lo agradezco tanto, tanto. En tu honor teníamos que encontrarnos, acompañarnos, abrazarnos, compartir recuerdos, llorar, emborracharnos, todo eso, pero también en tu honor había que payasear. Tú me sacaste un montón de carcajadas, erai tan gracioso. Con las cabezas de pescado que hablabai, nunca me reí por cortesía, contigo la hueá eran risotadas de las que dejan la guata adolorida. Echar la talla juntos era como hacer abdominales. Minutos después de eso, vino el momento de las verdades en el que me hiciste sentir como si estuviese en pelota en plena Alameda. Nuno y Juanjo supieron de esa conversa porque me marcó un montón espiritualmente, dejó preguntas que sigo tratando de responderme, aunque estoy dándome cuenta de que las respuestas nunca van a llegar en la forma concreta que espero y que en realidad este juego de vivir se trata de hacerse las preguntas correctas nada más. Pasé por caleta de emociones cuando caché que tenías el superpoder de llegar a mi centro cremoso como si no hubiese resistencia. En realidad, todo contigo era sentir mil emociones juntas. La noche en el patio de Rockaxis pasamos de una sensación a otra y fue cuando supe que, para ser tu amigo, iba a tener que acostumbrarme a estar en aprietos de vez en cuando. Fue hermoso cuando me dijiste que si no tuviésemos conflictos “esto no sería amistad, serían relaciones públicas”.

Soy más alto y mucho más ancho que tú, pero contigo al lado me sentí protegido como si fueses un peso pesado de la UFC. Y fuiste mi Bonini, hueón. El mío y el de tantos. Una de las últimas canciones que me mandaste fue Africa de Toto y me dijiste que escuchara el coro antes de salir a conquistar el mundo. Con esas palabras tuyas tan vehementes, esa canción que siempre ha estado ahí pasó a ser una canción nueva para mí. ¿Cachai lo que me hiciste? ¿Cachai el efecto que tuviste en mí? Fuiste una influencia maravillosa. Me hiciste sentir alentado siempre, como si tuviese un estadio lleno cantando mi nombre. Yo quería ser un estadio lleno para ti, Hernán. Por eso te llevé la contra cuando me dijiste que te daba plancha poner tu nombre en el afiche del programa radial que estabas haciendo acá, Selecta, que ahora es la cápsula del tiempo en la que voy a poder escucharte, aparte de los chorrocientos audios de Whatsapp que intercambiamos. Estuve a punto de chuchetearte por decir algo tan pavo. Trataste de explicármelo, así como eras capaz de explicar todo (¡hueón, debería haberte vacilado con Clarissa!) desde la moral punk y el ego y no sé qué. “Uuuuuy me creo panky, yo soy súper de verdad, mi inquinti il pink rick”, te dije y se te pasó la lesera. Pusiste tu nombre y tu apellido tal como correspondía porque era tu programa, tu idea, tu visión. Hiciste que me sintiera complacido de ser tan bruto y no enganchar con esa volá de lo que es punk y lo que no. Era una dinámica muy única la que teníamos porque, como nunca he estado ni cerca de ser tan inteligente como tú, jamás lograste hacer que picara ese anzuelo y todo ese discurso tuyo quedaba medio anulado conmigo. En todo caso, igual vas a ganarme el gallito mental desde la tumba porque no puedo ser el mismo de antes después de conocerte. El único motivo por el que no alcanzamos a sacar el fanzine que íbamos a hacer fue porque yo no fui tan punk como tú y no me quise tirar a la piscina de un día para otro. “Calmao, déjame pensarla para que hagamos esto bien”, decía yo. “Pero hueón, qué tenís que pensar, si a ti no te cuesta escribir, ¡escribe!”, respondías. Tenías un ritmo distinto al mío, pero ahora que no estai me dan puras ganas de seguirte el paso y acelerar.

Ayer lo hablamos con Nuno. Trabajar aquí va a ser distinto, ahora tenemos que honrarte con lo que hagamos. Porque todo lo positivo que ha pasado aquí vino con tu llegada. Le diste épica a un equipo recién armado. Entendiste que con Nuno y Tudela necesitábamos con suma urgencia ese “¡te quiero ver!”. Puta, hermano, fuiste tan lindo. Quiero que todos sepan que llegaste, usaste tus rayos X y de pronto ya no éramos más un comité editorial sino un verdadero núcleo humano. Te diste cuenta de que el Nuno y yo amábamos el rock, pero nos reíamos del rawk y sus caricaturas, y armaste un grupo de Whatsapp con un nombre que nos hacía sentir parte de algo: Vanguardia Disidente. Ahí se peló el cable a un nivel cuático. Hubo momentos en los que simplemente me senté a leer en tiempo real lo que se hablaba de forma tan frenética y apasionada. Puras ideas bonitas y emocionantes. La editorial que ibas a hacer me entusiasmaba mucho. ¿Ediciones realmente baratas de textos nuestros sin pedirle permiso a nadie? ¿Dónde firmo? Hernancito, eras brillante, y no me refiero al innegable valor intelectual de tus ideas, sino a la luz que entregaste.

La semana pasada estuviste aquí mismo, en mi pieza. Fue, ahora que lo pienso y lo pienso y lo pienso y lo pienso, una junta absolutamente representativa de nuestra brevísima amistad, que Almeja con mucho tacto describió como una relación cualitativa más que cuantitativa. Ese día cachaste que estaba pasando algo muy importante en mi vida y decidiste que yo debía estar acompañado. No me preguntaste si quería ver a alguien, ni a qué hora estaba desocupado, ni nada. Sabías que te hubiese dicho que estaba todo bien, que no te preocuparas. “Oye wn llego a tu casa en 20 minutos” fue todo el aviso que recibí. Apareciste con un par de latas de chela y un cogollo del hiperespacio y tus tallas y tus historias maestras (loco, nunca pensé que me iba a entretener tanto conversando sobre barras de cereal) y esa forma tuya tan bacán de ocupar el espacio que ocupabas. Como un amigo de verdad, no llegaste a revolver heridas, sino a sanarlas. Te sacaste las zapatillas, te apoderaste del cable auxiliar y pasamos de Sade a Jesus Lizard mientras de a poco íbamos subiendo el volumen hasta terminar gritándonos como un par de maniáticos. Porque eso siempre hicimos: nos gritamos. Había algo en ti que te hizo sonar muy fuerte dentro mío, hermano. Como si la mayoría de la gente susurrara y tu tuvieses un megáfono. “Te quiero Panes porque estás igual de loco que yo”. Me lo dijiste varias veces, me lo repetiste en nuestra última junta y es una frase que me va a dar vueltas por la cabeza para siempre. Ahora que no estai, me siento desorientado, pero donde sea que hayas ido a parar, te aseguro que estoy menos solo que antes y es gracias a ti. Te debo la vida, Hernancito. La gratitud que siento no cabe en palabras. Ojalá tu hijo lea esto y sepa que fuiste un hombre maravilloso.

Panes, El Temucano
13 de septiembre, 02:22 AM

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