Andrés Bobe, desequilibrante

El creador de La Ley le subió el nivel al pop chileno

Parte de la realeza de nuestra música popular, Andrés Bobe dejó este mundo el 10 de abril de 1994, tras un accidente en moto luego de su última presentación en vivo con La Ley, el grupo que fundó y moldeó con una pulcritud inédita para su época. Los estándares de calidad de Bobe estaban muy sobre la media nacional, seguramente por una crianza en el extranjero que lo liberó de las constricciones mentales chilenas. De mediocre, ni un pelo: su crecimiento musical está documentado en todos los registros que dejó antes de consagrarse, como los del valioso recopilatorio “AB” del año 2010, en el que es posible advertir cómo pasó de emular el pop español (La Ley incluso le debe su nombre al disco “La ley del desierto / la ley del mar” de los madrileños Radio Futura)  a desarrollar un sello más personal, siempre atento a la prolijidad. Su abultada biografía como músico, llena de proyectos anteriores a La Ley como La Banda del Pequeño Vicio, Aparato Raro o Paraíso Perdido, da cuenta de un multiinstrumentista que no destacaba solamente por poseer una técnica muy pulida, sino también por su entusiasmo hacia el desarrollo de instancias creativas.

Hablar de Bobe es hablar de profesionalismo, el fruto de su talento y su motivación, los primeros motores de La Ley en su breve, aunque intensa, época previa a llegada a Chile de Beto Cuevas, cuyo carisma desbordante completó el puzzle e hizo del grupo una irresistible combinación de factores atractivos. Cuentan que Bobe se pasaba horas encerrado practicando la forma de que su guitarra emitiera un sonido único, característico, irrepetible. Era amo y señor de los efectos, le gustaban las improntas de Johnny Marr y The Edge, quería algo prístino que fuese al mismo tiempo detallado y enorme, y ensayó hasta conseguirlo. Su meticulosidad fue siempre un punto a favor de La Ley, una banda que respondía a su propio diseño visionario, informado por tendencias foráneas adaptadas a una idiosincrasia no tan local, como delata la animadversión que causaban en ciertos segmentos retrógrados, críticos de sus inclinaciones comerciales y burlones de su cuidada estética, pero decididamente exportable al mercado hispanoparlante como comprobó su éxito posterior.

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Andrés Bobe era un melómano que dejó una generosa colección de discos. Sus gustos e intereses están desperdigados por todo lo que firmó. Con la muerte de Mark Hollis, el genio de Talk Talk, la lectura chilena de la noticia en las redes sociales implicó uno que otro comentario acerca de su influencia en La Ley, evidente en la forma de cantar de Beto Cuevas (que también citaba a Moz, otro guiño a los Smiths), pero también en la perfeccionista forma de abordar la música de Bobe. El impacto que le causó escuchar a otro artista inapelable, Bryan Ferry de Roxy Music, explica el porqué de esa cualidad seductora que definió a La Ley en “Doble opuesto” y su disco homónimo. Para qué hablar de New Order, absolutamente claves en nuestro pop, con rastros en “Corazones” de Los Prisioneros (con los que Bobe tuvo un lazo por haber ido a la universidad con Narea y asistir a una de sus primeras tocatas) y, por supuesto, en los trabajos del conocedor guitarrista, que además se hacía cargo de los teclados de su grupo, en los que es posible escuchar el eco de los mancunianos.

Su fe en la escuela popera que lo formó nunca se vio doblegada en época de grunge. Lo suyo nunca fue deslavado, sino impecable. Su visión terminó siendo la predominante años después, con la llegada de la generación de Javiera Mena y Gepe, quien reconoció abiertamente la importancia de La Ley con su cover acústico de ‘Doble opuesto’. Cuando Germán Bobe estrenó “Heaven”, un cortometraje del 2010 en el que su hermano vuelve momentáneamente a la vida, Andrés es retratado como un personaje de muchas facetas (de hecho, tres actores lo personifican) que siempre está en movimiento e intentando exprimir el presente al máximo. Antes de morir, tenía varias ideas en carpeta, entre ellas, la internacionalización de La Ley (cuando pocos grupos chilenos se atrevían siquiera a usar esa palabra), un disco solista en inglés para el mercado anglo y la producción del debut de una banda joven en la que vio tanto futuro que decidió apadrinarla. Unos tales Lucybell.

Andrés Panes

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